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31 diciembre 2009

Vidas en Sueño - 57 (Todo un parto)



Era una calurosa mañana de junio en Marbella. La humedad se adhería a la piel como un parásito, dejándola pegajosa. El sol era despiadado: golpeaba directo asfalto, cráneos y cristales, dejando un rastro de vapor que difuminaba el horizonte en ambos sentidos de la carretera nacional, que dividía la playa de la hilera de edificios. Enfrente, el mar brillaba y dejaba una misma melodía en forma de bucle; sonaba a eco de catedral y dejaba en el ambiente un olor intenso a madera abrasada, a salitre y a pescado frito. Lorena se retiró del marco del ventanal y posó las manos en su vientre hinchado. Sentía una presión, con un ligero dolor, que poco a poco se iba incrementando. Ya llegaba. Se emocionó, pero decidió mantener la calma hasta donde la cordura le dejase; había visto a otras madres en su misma situación actuar poseídas por una histeria extrema, contagiando a parientes y ajenos con el mismo virus. Ese miedo a perder ella también el control de la situación la había prevenido. Inspiró y se llenó de aire caliente sus pulmones. Con paso tranquilo fue hasta el dormitorio, sacó del armario una bolsa de viaje de cuero, y metió en ella un par de bragas limpias, un camisón doblado, cepillo de dientes, hilo dental y pasta dentífrica, colonia, jabón, una toalla que olía aún a suavizante, unas tijeritas plateadas para las uñas de las manos, su par de pantuflas y el reloj de la mesilla de noche. Cerró la bolsa, y con el mismo ritmo pausado llegó hasta el salón, tomó asiento en el sofá, abrazó el petate y sonrió como si acabase de hacer una travesura a su marido y a su hermana Carolina, que en ese momento estaban hojeando una revista de muebles y accesorios para habitaciones de recién nacido. Dejaron la revista de lado, y observaron con el cuello rígido a Lorena, sin hablar, con el sudor bajando en afluente por frentes y brazos. Una bocanada de aire cálido asaltó la habitación.

—Chicos —tamborileó el vientre con los dedos—, ya viene.
—¿Ya viene? ¿Ya viene quién? —Julio apuntó con el bolígrafo la panza, tieso como el tronco de una palmera— ¿Ya vas a…a…parir?
—Sí.
—¡Joder, joder, joder! —Carolina se levantó del sillón de un brinco y empezó a dar vueltas sobre sí misma, a cerrar la manos en puño y abrirlas hasta tener las palmas amarillentas— Nos tenemos que ir, ¡rápido! ¡No hay tiempo que perder!
—¡Hostias, yo me tengo que afeitar!
—Tranquilizaos, que sólo es un parto. No hace falta perder los papeles ni afeitarse.

Lorena sonreía con la boca abierta. Le dolía todo el cuerpo, pero desde sus entrañas ella sentía una explosión de euforia y de dulce embriaguez que le hacia olvidarse de lo demás. Julio y Carolina revoloteaban de un lado para el otro, cacareaban, se chocaban mutuamente con las alas en tensión, resbalándose, golpeándose con marcos de puertas y esquinas de paredes; se escuchaban sus cabalgadas por el pasillo, el zumbido grave de algo o alguien golpeando la pared, abrir y cerrar de puertas, armarios y arcones, blasfemias, el respirar frenético. Lorena giró el cuello y escrutó el horizonte a través de la ventana: el mar de cobalto estaba en calma.

—¡Vamos, vamos! ¡No hay tiempo que perder! —aulló Carolina— Julio, ¡rápido! ¡Ve poniendo en marcha la furgoneta! ¡Lorena, vamos mi amor! Te ayudo a levantarte. Tú tranquila, ¿vale?
—Lo estoy hermana, pero si seguís a este nivel me vais a poner a mí también de los nervios.
—¡No, no te pongas de los nervios! Tú acuérdate de lo que te dijo el ginecólogo: Inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira,… —volteó el cuello, dejando a la vista la carótida, demasiado inflada— ¡Julio, espabila, que tu mujer tiene que ir al hospital a dar a luz a tu hijo!

Ruido de pasos apresurados desde el pasillo y un portazo que hizo estremecer los cristales del ventanal.

—Este hombre, Dios Bendito, menos mal que estoy aquí, que si no tendrías al bebé en las escaleras del bloque, o vete a saber en qué sitio peor —suspiró Carolina.

Cuando Carolina y Lorena salieron del portal del edificio frente a ellos una furgoneta roja y humeante rugía como un toro en celo. El motor barruntaba. Algunos vecinos estaban asomados a sus ventanas alimentando la curiosidad, y algún que otro viandante se paraba a observar la escena; pronto hicieron corro alrededor. ¿Qué estarán mirando toda esa gentuza? Carolina se enjugó el sudor que resbalaba por las patillas de sus gafas. Subieron al coche las dos mujeres, y al cierre de las puertas un tremendo rechinar de ruedas, una humareda blanca, y el olor de la goma pegada quedó en el lugar. Una vecina agitó su mano derecha como si fuese una bandera vieja.

***

—Con precaución, Julio, que lo importante es llegar —dijo Lorena.
—¡Sí, Julio, que nos vas a matar!
—¡Hago lo que puedo joder! ¡No me pongáis de los nervios!
—¡Cuidado! —Carolina sacudió el asiento de su cuñado.

Julio estuvo apunto de empotrarse contra el coche que le precedía. Carolina sacó la cabeza por la ventanilla e insultó al conductor con el puño en alto meneándolo, al tiempo que lo adelantaban. Lorena nunca había escuchado tanta injuria seguida en tan poco tiempo. Contempló a su hermana, puro temperamento, con sus ojos marrones apunto de salirse de sus órbitas, aplastándose los labios, mordiéndolos y humedeciéndoles una y otra vez. Todos chorreaban el mismo líquido viscoso y salado. Bajaron las ventanillas y el aire ensordeció lamentos, insultos, radios, pensamientos y el motor del infierno de aquella destartalada furgoneta.

—¿Cuánto queda Julio? ¡Acelera coño! —arengó Carolina a su cuñado, zarandeando el reposa cabezas de su asiento— Tranquila cariño, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira; tú inspira y expira.
—¡Hago lo que puedo Carolina! ¡No me pongas más nervioso!

Lorena había cerrado los ojos, los oídos y la boca. Quería abandonar aquel escenario y concentrarse en su pequeño bulto, que daba golpes bruscos con sus piernecitas; todo apuntaba a que había heredado parte del genio de su tía. Durante su embarazo, la pequeña criatura desarrolló un amplio repertorio de patadas, puñetazos y cabezazos, llegando a hacer movimientos combinados de karateka experimentado. Tenía energía, y sólo la música clásica que sonaba por la radio cuando ella andaba por la cocina parecía calmarle.

El hospital más cercano estaba en Málaga, a unos cuarenta kilómetros de donde estaban ellos. Entre ambos puntos, una carretera de un carril por sentido, serpenteada y pegada al litoral. Cada curva que tomaba el vehículo derrapaba y hacía bambolearse a sus pasajeros. La furgoneta se inclinaba con bastante ángulo en las curvas; el guardabarros afeitaba la gravilla.

—¡Que nos vamos a matar Julio! ¿Te crees que estamos en un rally o qué?
—¡Ya sé que no estamos en un rally, joder, pero lo hago lo mejor que puedo!

En el asiento de atrás, Carolina se dedicaba a insultar con los colmillos visibles a aquellos conductores sobrepasados que no habían facilitado las maniobras suicidas de su cuñado, a agitar un gran pañuelo verde (no encontraron uno blanco) con su brazo izquierdo fuera de la ventanilla, y a atenazar de forma codiciosa la mano de su hermana, que hacía ejercicios de respiración con los ojos cerrados y la cabeza echada ligeramente para atrás. Julio cambiaba de marcha, aceleraba, tocaba el claxon, daba ráfagas de luz a los que tenía delante, aceleraba, daba un frenazo, embragaba, tocaba el claxon, maldecía, aceleraba, daba ráfagas de luz, aceleraba, embragaba, metía marcha, tocaba el claxon, aceleraba.

Al poco de pasar un cartel donde se anunciaba que Málaga distaba aún veinte kilómetros, y en una zona de curvas peligrosas, donde Carolina tuvo que soltar el pañuelo y meter su brazo dentro del vehículo porque si no una señal de tráfico se lo hubiera arrancado de cuajo, un golpe violento y un ruido seco alertaron a todos. Lorena abrió los ojos como si hubiese salido de una sesión de hipnosis. Julio daba puñetazos al volante ¡Mierda! ¡Mierda! Deceleró y ocupó el arcén. Detuvo el coche y se bajó a inspeccionar la zona trasera. El motor gargajeó unos instantes. Carolina asomó el pescuezo a través de la ventanilla con el rostro enrojecido.

—¿Se puede pasar que ocurre ahora? ¡Tenemos que llegar Julio! ¡No hay tiempo para que te embeleses con la rueda!
—Carolina, hemos pinchado —gimió.
—¿Pinchado? ¿Cómo qué pinchado? ¡No podemos pinchar! ¿Qué quieres, que tu mujer dé a luz en mitad de este… de este desierto lleno de gaviotas y coches?
—¡No soy un mago coño! —negó con la cabeza— Tardaré un poco en sustituir la rueda.
—¿Cómo qué un poco? ¿Crees que nos sobra el tiempo? Tu mujer aquí con contracciones y tú relajado cambiando una maldita rueda. ¡Ya tendría que estar cambiada, joder! Estos hombres, de verdad, no valéis ni para llevar a vuestras esposas a parir a un sitio decente.
—¿Y si paramos un taxi y nos adelantamos nosotras? —sugirió Lorena.
—¡Qué buena idea nena! —apretó su mano— Menos mal que tú piensas algo, no como tu marido, que por chapuzas y fitipaldi nos tiene aquí tiradas en mitad del mar. Apeémonos de este ataúd.
—Esperaos un momento, ¡joder!, que termino en un periquete
—¡No esperamos! El niño no puede esperar a que su padre cambie una rueda de un coche.

Julio resopló y empezó a murmurar mientras daba vueltas a las tuercas de la rueda con la llave inglesa. Las mujeres se bajaron de la furgoneta, y Carolina empezó a agitar ambas manos como una epiléptica. Lorena tenía que sujetar a su hermana, que en más de un momento estuvo apunto de lanzarse contra un par de taxis que no pararon. ¡Idiotas! ¡Más que idiotas! ¿No veis que esta mujer va a dar a luz ya?

Al final paró un taxi. Era un coche blanco con una franja morada en cada una de las puertas. El conductor llevaba un bigote que le tapaba la boca y tenía el cuello encogido. Carolina agarró la mano de su hermana y tiró de ella. Se dirigió al taxi a zancadas, casi arrastrando a Lorena ¡Nos vamos! ¡Ahí te quedas con tu trasto! ¡No tardes que te vas a perder el nacimiento de tu hijo! Entraron en el vehículo y éste reemprendió la marcha. Al mismo tiempo que el polvo levantado por los neumáticos del taxi ascendía Julio terminó de apretar la última tuerca de la llanta de la rueda de repuesto. No se había fijado en la matrícula del taxi, pero recordaba el color y el modelo del coche. Subió a la furgoneta y aceleró a fondo embragando la primera velocidad. Sonido de frenazos y toque de claxon confundidos con otra nube más de polvo. Sobre el arcén, una rueda pinchada y una llave inglesa de medio kilo de peso bajo el vuelo de gaviotas.

El taxista fue puesto al día de todo lo sucedido, aunque él no solicitó la información. Carolina hablaba de modo atropellado, escupía pequeños cogollos de saliva que se estrellaban en el respaldo del asiento; acompañaba el relato con gestos, como si tratase con un subnormal o un sordomudo. En todo momento se dejó claro que aquel viaje era a vida o muerte. El taxista se dedicó a asentir y a agarrar el volante con las dos manos. Llevaba un buen ritmo, sin llegar a correr lo mismo que Julio con su trasto; tomaba las curvas con prudencia, señalizaba en todo momento los adelantamientos y respetaba los límites de velocidad que marcaban las señales. Sin embargo no dejaba de tocar el claxon y dar ráfagas de luz. Carolina no dejaba de incitarle. ¡Vamos! ¡Más rápido hombre, que esta mujer va a dar a luz! ¡Avise usted a esos mamarrachos de delante! Dé usted las largas, o toque la bocina, ¡pero haga algo, coño! El taxista movía la cabeza de arriba a abajo como un pelele. Lorena regresó a su ejercicio de respiración y cerró los ojos. Se llevó las manos a su barriga y la acarició. El dolor se hizo más intenso, notaba la presión martillear sus tripas con más intensidad.

Tras ellos, Julio aplastaba la cucaracha del pedal del acelerador. Pasaban los kilómetros y no daba con el maldito taxi ¿Dónde se habrán metido éstas dos? Succionaba el humo del cigarrillo hasta hundir los carrillos. La furgoneta se inclinaba, formando ángulos imposibles, en cada una de las curvas. Escuchó un sonido agudo parecido al de las sirenas de una ambulancia. Echó un vistazo hacia atrás a través del retrovisor. ¡Cojonudo, ahora encima la Guardia Civil! Un coche patrulla parpadeante estaba a escasos metros de la furgoneta de Julio; podía ver con claridad el gesto serio de las dos figuras que iban en el auto. Intentó apretar más el acelerador, pero éste ya había llegado a su tope. Perseguido y perseguidor adelantaban cambiando de carril con latigazos de volante. Julio no dejaba de acelerar, de embragar, de tocar el claxon, de maldecir; de fondo el mismo sonido de sirena y dos pares de ojos pegados en su retrovisor. El copiloto hablaba constantemente a través de una especie de micrófono. ¡Le iban a detener! ¡Cojonudo! Un padre encarcelado es lo que tendría su hijo como referencia en la vida. ¿Y dónde pelotas estará el taxi ése? Y todo por no hacerles caso.

Carolina gritaba consignas en pro del caos al conductor cuando por su lado de la ventanillo observó una mancha roja y humeante adelantarles, seguida de otra verdiblanca con las sirenas destellando sobre el techo. Los siguió con la mirada, con la boca abierta y el brazo en vilo, sin decir tan siquiera una palabra. Cuando se pusieron delante empezó a chillar.

—¡Julio! ¡Mira, tu marido! —agitó a Lorena y a su cóctel reflexivo— ¿A dónde va ese hombre, por Dios Bendito? ¡Acelere hombre, acelere, que ahí va el marido de esta señora! ¡Toque el claxon! ¡Déle las largas! ¡Haga algo coño!

Durante diez kilómetros interminables, un convoy formado por una furgoneta destartalada, un coche patrulla de la Guardia Civil y un taxi blanco, con una señora histérica braceando a través de la ventanilla, iban a gran velocidad, derrapando entre las curvas de la costa malagueña, adelantando sin cordura, envueltos en un mismo frenesí de luces y berridos, en una mañana calurosa y pegajosa, con gaviotas planeadoras que no paraban de arrojar su mierda a las rocas.

¿Aquél es el taxi? Se frotó los ojos anegados en sudor y abrió los párpados hasta dolerles. ¡Sí, es el taxi! Julio vio un coche blanco y en su techo la palabra “taxi” luminosa; era el mismo modelo de coche que memorizó. Empezó a dar las largas con más frecuencia, a tocar el claxon; pegó el morro de la furgoneta al maletero del coche predecesor. Éste aumentó el ritmo. ¡Maldita sea! ¿Dónde narices va el tipo éste? Julio aprovechó una curva para sobrepasarlo; blocó el freno, lo suficiente para tomar una trayectoria más abierta, se emparejó con el taxi y volvió a estrujar el acelerador. Una vez pasado, tiró con todas sus fuerzas del freno de mano. La furgoneta se deslizó varios metros por la carretera, del mismo modo que un pedazo de mantequilla sobre la superficie de una sartén caliente. El taxi frenó, el coche patrulla frenó, el otro taxi, donde Carolina estaba apunto del infarto, frenó. Tras ellos, una consecución de frenadas y algún sonido de cristales rotos.

Carolina se bajó del taxi y vomitó, los agentes bajaron de su coche, el taxi predecesor bajó de su coche. Cuando Julio hizo lo propio, vio cuatro rostros serios y, unos con los puños cerrados, otros enarbolando porras negras, dirigiéndose hacia él. El taxista bigotudo no bajó del coche, ayudaba a Lorena a respirar mientras le sostenía una mano. Lorena seguía concentrada, con sus párpados tensos y respirando, cada vez a mayor ritmo. El dolor se intensificaba. Notaba al pequeño perforar sus intestinos, como si estuviese haciendo su primera gamberrada.

—¡Alto, no se mueva!
—¡Hijo de puta, casi me estrello por tu culpa!
—¡Pero Julio por Dios! ¿Qué coño haces? ¿Nos quieres matar a todos?
—Apártense ustedes dos, y dejen a la autoridad que se encargue de esto, por favor.
—¿Qué autoridad y qué leche santa, agente? ¡Que su mujer va a dar a luz y ustedes aquí tan panchos! ¡Hombres, todos iguales!
—¿Qué dice usted señora?
—¡Pues digo que no podemos perder tiempo aquí con pamplinas! ¡El es el marido de mi hermana, que está en ese taxi de mala muerte apunto de dar a luz! ¡Tengan compasión, por Dios Bendito!

Pasaron unos segundos sin que nadie hablase. Los agentes se miraron y se ajustaron las gorras.

—Está bien, está bien señora. Pero a este señor le tenemos que multar. No puede conducir así como lo ha hecho. Podría haber provocado una tragedia.
—¡Pues múltenle en el hospital! ¡Pero lo primero es lo primero! Cuando lleguemos hagan ustedes lo que tengan que hacer; por mí como si lo meten en la cárcel.
—¿Y yo qué? ¿Quién me compensa a mí? —dijo el taxista afectado por la maniobra de Julio.
—¡Tome, joder, cinco mil pesetas y va que chuta! ¡Siempre pensando en las malditas compensaciones!

El taxista tomó el billete y se dirigió a su coche sin rechistar.

— Señora, dígale al conductor que les lleva que nos siga, por favor. Y en cuanto a usted —se dirigió a Julio—, luego hablaremos. También síganos.

Julio había enmudecido, estaba paralizado. Notaba la adrenalina escalar por su garganta, abrirse paso por sus oídos. Los agentes pusieron su coche en marcha y encendieron las luces. Carolina agitó a su cuñado y cuando éste recobró el sentido se dirigió al taxi. ¡Siga a los guardias civiles! ¡Rápido caballero!

—Carolina, cuando nazca el pequeño, habrá que contarle esta historia.
—¡Jesús, hermana, qué tonterías dices! ¿Quieres causarle un trauma a tu hijo, o que odie a su padre de por vida? —besó la mano de Lorena— Aguanta, que ya queda poquito, muy poquito. Tú inspira y expira, inspira y expira. Y usted —ladeó la cabeza hacia la posición del conductor—, concéntrese y siga a los guardias, que ya sólo nos faltaría perdernos.

Crepitar de bujías, de aleteo de gaviota y de goma rasgándose sobre la calzada.

***

Al cabo de veinte minutos los tres vehículos llegaron a la entrada de urgencias del Hospital Materno de Málaga. El sol percutía sin piedad las cabezas, zumbaba la abeja del desconcierto. Un par de enfermeros fumaban refugiándose en una porción de sombra; observaron las piernas hinchadas de Lorena salir del taxi y su brazo derecho protegiendo el vientre redondo. Uno de ellos apagó su cigarro y entró al edificio. Al cabo de un minuto o dos aparecía empujando una silla de ruedas. No hubo gritos, ni insultos, ni toques de bocinas; tan sólo el dialecto ignoto de la ciudad. Sentaron a Lorena en la silla y entraron en el edificio trotando. Mientras tanto, Carolina pagó al taxista el triple de dinero de lo que tenía que haber cobrado -por las molestias-, y los agentes amonestaron verbalmente a Julio, imponiéndole además una multa de veinte mil pesetas por conducción temeraria. Les dieron la enhorabuena por adelantado: el taxista dio un beso a Carolina, los guardias civiles mascullaron unas palabras cargadas de trivialidades, y se mantuvieron petrificados, con sus gorras apretando las sienes. Parecían un grupo de trovadores nostálgicos. Una ambulancia llegó hasta su posición y cada cuál tomó su rumbo.

Julio y Carolina aguardaron en la sala de espera durante muchas horas. Sus paredes eran de azulejos verdes, y el suelo de mármol. En el ambiente atmósfera de lejía y pasos perdidos. Un par de hileras de sillas de plástico, una máquina de café, varias papeleras, dos plantas con el tallo torcido y las hojas arrugadas, y un radiador ennegrecido acompañaron a la pareja. No había nadie más, ni tan siquiera un enfermero o un médico apresurado. Estaban muy quietos, y muy juntos. Hablaban a susurros, con frases breves y rotundas, quizá queriendo conservar la profundidad del momento. Hablaron del tiempo, del pasado y del futuro; del viaje no se comentó nada, no hacía falta. Entre los dos se fumaron unas tres cajetillas de tabaco; encendían un cigarrillo, daban unas caladas rápidas y lo estrellaban contra el cenicero. No había ventanas, tan sólo un ventilador en una de las esquinas de la sala ¿Es normal que tarden tanto en sacar al nene? Sobre la papelera sobresalían un puñado de vasos de plástico vacíos y un par de latas de coca-cola. En el cenicero un bosque de colillas torcidas. El ventilador apenas conseguía contener su sudor.

A las tres de la tarde el doctor abrió las puertas giratorias de la sala; tras él se intuía un enjambre de piernas aceleradas y tintineo de botellas de cristal. El oxígeno se desperezó. Llevaba puesto un gorro de tela y batas verdes, y la mascarilla blanca ajustada en la boca. Andaba con pasos cortos y muy seguidos. Retiró la mascarilla y en su rostro se dibujó una sonrisa

—¡Enhorabuena a ambos! El parto ha sido un éxito, y tanto la madre como el bebé se encuentran en perfecto estado.

Julio y Carolina saltaron de sus sillas, se abrazaron y brincaron, dando vueltas sobre sí mismos. Se dieron muchos besos, achucharon al médico; también le besaron. En otro lugar los hubieran tachado de borrachos, o de bohemios quizá.

—¡Gracias al cielo! ¡Gracias doctor! Gracias, gracias, gracias —replicó Carolina con las manos unidas por las palmas y sus ojos circundados por decenas de pequeñas raíces rojas y azulonas— Sabía que todo saldría fenomenal.
—Sí,… esto… gracias doctor —tartamudeó Julio, con el labio inferior temblando como si fuese de gelatina.

Cuando el médico consiguió zafarse de la euforia colectiva, Julio y Carolina se abrazaron de nuevo, esta vez fundidos en lágrimas de emoción. Estaba siendo un día realmente caluroso.

21 diciembre 2009

Gafanhotos - 6 (Alterne con Catulo)





Tengo una oferta que hacerte:
¡de putas nos perderemos!
Olvídate de esas ninfas,
no valen ni de mechero.
¿Quieres un coño a la carta?
Agarra tu billetero,
y busquemos a unas mozas
en algún buen club selecto.
Al plan Cassano se apunta.
¡En su Ferrari gestemos!
Fornicarás, ¡oh Catulo!,
y se escucharán berreos,
muelles de cama partirse,
insultos, chocar los huevos.
Se terminó tu calvario.
¡Que vivan los agujeros!
¿Quién quiere amores, Catulo,
si por cincuenta ves cielo?
Las putas dan un cariño
que en Roma otras no aprendieron
de la magnífica Venus,
azote de los puteros.
Alza tu copa, follador,
¡abriremos berberechos!
Cassano pide mulatas
de culo suave y blasfemo.
No lee un maldito libro
este zorro puñetero,
pero se monta la vida
como si fuese un banquero.
Prepárate libertino,
invito al primer liguero.
¡Demuéstrale tu valía
al gilipollas de Homero!
Habrá rubias y morenas,
dulces y tiernos buñuelos,
esperando bien abiertas
a que asomes el muñeco.
Si ves a Lequio en el lugar
¡Supervisa tu trasero!
Que por muy conde que sea
goza con culos abiertos.
Tus zorras lamentarán
la ausencia de su faldero.
¡Vámonos! Cassano aguarda
ansioso por ir al huerto.

17 diciembre 2009

Buscando, buscando... (primera parte)




Como hoy tengo un día relativamente "tranquilo" en el trabajo, me he puesto a echarle un vistazo al Google Analytics; no voy a explicar qué es, ni poner enlaces, ni nada. Creo que todos tenemos ya sabiduría suficiente como para teclearlo en el buscador de Google y enterarnos un poco. Sólo diré que es una aplicación de Google que te analiza bastante bien, con gráficas y estadísticas, las visitas que has recibido en un rango de fechas que tú determinas.

Hay en el Analytics un par de secciones que me gustan. Una, la ubicación geográfica de las visitas. Te saca un mapa del mundo, y te colorea por intensidad aquellos países donde recibes más visitas. España, y más concretamente Madrid y Málaga, se lleva el récord de visitas. También Murcia, Alicante, Leganés, Barcelona, Vigo, La Laguna y Córdoba son otros puntos de visita habituales. Y en otros países, Argentina y México van a la zaga. Lo que me sorprende es tener a un tipo de Mongolia más o menos habitual; me da ideas para escribir un relato. Mongolia, ahí entre fríos y caballos, un tipo con un portátil oxidado lee mis tonterías. Ahí está la magia de la vida, ver quién destaca sobre lo normal. También hay un par de jefes en Madagascar adictos, y otro perdido en la tundra siberiana. Tendremos que empezar a dedicar relatos a esos merodeadores exóticos.

La otra sección que me gusta del Analytics, y es en la que me quiero centrar, es en las palabras que se teclean en el buscador para llegar a este blog. Las principales son esperadas. De hecho, y me complace decirlo, si tecleáis en el buscador "Madriguera zorro" sale este blog en segundo lugar, por detras de una web que tiene alojadas fotos de zorro (que por cierto, son cojonudas). En abril del 2006, cuando todo esto empezó, creo recordar que estaba el blog en la página cincuenta y pico del buscador. Claro, también pensándolo, este blog será consultado sobre todo por activistas de Greenpeace, tipos en contra de la caza del zorro, cazadores leoneses, zoólogos, biólogos, zoofílicos, adictos al crack que se tienen que esconder donde sea para chutarse y sobre todo gente que se aburre y se pone a buscar la primera tontería que se le ocurre. A este blog llegan perturvados, neuróticos y gente extraña.

Generalmente, lo más buscado es: "La Madriguera del Zorro", "madriguera de zorro", "blog zorro pablo", y "dardos zorro benidorm". En cierto modo es normal. Lo que se escapa de lo normal, y que sinceramente me divierte mucho son estas búsquedas que os listo a continuación. Son mis favoritas (pongo las palabras tal cuál fueron buscadas, con faltas de ortografía):

- "Dios le dijo a noe tapate que va a llover": lo grande de esta fras ees que en casi cuatro años se ha buscado más de setenta veces. Esto me lleva a pensar que hay una secta detrás de mis pasos.

- "Zorras benidorm": ¿A quién no le apatece conocer la fauna del sitio que va a visitar? Lo mejor es que la búsqueda proviene de varios países del planeta. Así que imaginaos el concepto que tienen de nosotros, sobre todo de Benidorm.

- "Zoofola": ya sabemos éste que iba buscando más o menos...

- "Zorro en madriguera": me juego el pescuezo a que éste buscaba una foto para ponerla en su perfil del facebook y dárselas de bohemio.

- "Hombre con manzana": algún físico queriendo saber más de gravedad, o quizá un adicto a Guillermo Tell.

- "Miguel David Peragon junio": creo que a Miguel le ha salido un romance en junio y alguien quería recordarlo en el buscador.

- "Follando en la cueva": muy grande esta búsqueda. Tenemos a un tipo que le gusta fornicar en cuevas, en homenaje a nuestros antepasados neandertales. Lo mejor del asunto es que en ninguno de mis textos hablo de sexo en una cueva, pero ya tengo idea para otro relato.

- "Murciélago rabudo": otro tipo con tendencias zoofílicas.

- "Zorro vampiro ron vida cartílago": no le veo ningún sentido, sobre todo por lo de cartílago. Creo que éste después de buscarlo acabó sus días con sus sesos aplastados bajo un puente.

- "Esqueleto zorro": un estudiante de veterinaria aplicado. Lástima que este blog no tenga el toque academicista que espera encontrar.

- "Como kagan los murcielagos": otro estudiante puteado por su profesor de biología, pero éste lo rebajamos al instituto con esa "k" maravillosa. quiero pensar que es eso y no que se trata de un coprófago analfabeto...

- "Ana Cordon": a Ana le han salido más de 100 admiradores, hasta en Finlandia.

- "Orugallo": otro analfabeto.

- "Abuelos zorros": alguien que vive en el mundo de las piruletas.

- "Manzana por el culo": me llegó al corazón. Una persona apunto de cometer un crimen que se desahoga con el buscador google.

- "Tomás Turbado": no podía faltar esta búsqueda. Pervertidillos...

- "El principe de las tavernas": otro analfabeto en busca de un bar de homosexuales.

- "Fabula fabulosa": vale, no soy el único subnormal que hizo el mismo anagrama. Es un consuelo.

- "Necesito una fabula corta": No, lo que necesitas es un tiro en la sién. Esto no es un buen blog de ejemplo de nada.

- "pajilleros.con": ¡Di que sí! Por fin alguien que reconoce masturbarse con Internet; prefiero pensar eso y no que lo hace pensando en mí.

- "que pasaria si no recliclaramos": gente con dudas existenciales, eso está bien. Seguramente esté en estos momentos partiéndose la cara con algún policía danés.

- "Chuck Norris jefe universal": ¡claro que sí coño! Por fin una búsqueda con sentido. Me cae bien el irlandés que buscó esto.

- "El zorro de los teclados": otro escritor con problemas de construcción de metáforas buenas.

- "Preñadas follando": quien reconozca la autoría de esta búsqueda le invito a una cerveza. Es una búsqueda de Alemania; esa gente está muy jodida con el frío.

- "Armas nucleares": parece ser que a este blog acuden terroristas, o lo que es peor, dictadores de ciertos países con ganas de liarla parda. Me ha llegado al corazón esta simpatización.

- "Subnormales todos hijos de puta": otro tipo que se desahoga en el buscador.

- "Como jugar bien a los dardos": sólo decir a esa alma cándida que llegó hasta aquí que no juego bien a los dardos, pero si quiere podemos quedar un día y eemborracharnos; es lo que tiene el alcohol.

- "como respira el zorro": aquí tenemos el perfil de un poeta misántropo, seguramente con una cuchilla bien afilada en su otra mano esperando respuestas a sus voces internas.

- "follada en una cueva": y que luego digan que el ser humano no es original.

- "juegos essoticos": primero aprende a escribir y luego te diré dónde puedes comprarte pollas de goma para desgarrarte el esfínter.

- "musica del zorro": poeta misántropo golpea de nuevo.

- "peliculas de hostias": por fin alguien con personalidad, que se deja de remilgos y busca lo que importa de verdad. Muy jefe el tipo.

- "¿por que tienes que irte?": a esta maruja se le acabó el chollo del butanero.

- "que significa madriguera": para qué buscar el significado en un diccionario. Para qué. El diccionario, ese extraño objeto que decora estanterías empolvadas.

- "Alberto Monforte rey": Alberto, tienes admiradoras (o admiradores) en Chile.

- "elena nito pajilleros": el perturbado de la cueva decide cambiar al fin de fantasía.

- "en la web tu imagen es de todos": seguramente la búsqueda fue efectuada por una quinceañera que ha descubierto que media clase suya se pajea con su foto en bikini del verano pasado. Mala suerte mona.

- "exnovia laura": Pobre chico con su corazón roto en mil pedazos.

- "alvaro remacho": Alvarito, alguien de Honduras te quiere follar.

- "ardillas sangrientas": gran búsqueda. Me jugaría algunos euros a que esto lo buscó un sádico.

- "barbacoas el zorro": qué buenas son las barbacoas del zorro.

- "bud spencer y terence hill se reuinieron hace poco": otro nostálgico -como yo- de sus películas. Quiero conocer a este tipo que lo buscó desde un punto de Soria.

- "chiskeros": mal escrito, y sí, se refiere a "chiscar", a follar. Es la versión urbanita de "pajilleros". Normal que la búsqueda proveniese de Sevilla.

- "comisario rebollo": nuestro comisario se hace famoso.

- "chistes de mapaches": otra búsqueda para el recuerdo. Gente así debería llegar a Presidente del Gobierno de España.

- "como ser un buen vendedor de enciclopedias": regresamos a las preguntas retóricas y de autoayuda. A éste le puedo dibujar: diecinueve años, con su novia de dieciseis embarazada, pastillero los fines de semana, y sus padres son testigos de Jehová.

- "coplas del rey de la galleta": a otro tipo que quiero conocer. Le adoro.

- "cuantos dedos tiene un zorro": deberíamos quemar algunos ordenadores de gente inquieta.

- "de lobas y zorros": o mejor dicho, de putas y puteros. Aquí tenemos la versión metafórica de nuestro pajillero de las cuevas.

- "el comisario zorro": a veces la gente escribe auténticas pamplinas sin sentido en el buscador. ¿Éste qué buscaba? ¿Qué se proponía encontrar? No lo quiero saber.

- "españa tiene misiles nucleares": y también tiene España un par de naves espaciales. Aquí tenemos al típico crédulo que se cree todo lo que cuenta Iker Jiménez.

- "manikomio dos mujeres cagando en una copa de helado": le voy a perdonar la "k" de manicomio sólo por la búsqueda que efectuó. Sin palabras.

- "marujas infieles": a ver si conoces alguna y te la follas, ¿no? Bueno, tendré que plantearme el blog como una página porno.

- "manuel rapero": supongo que busca, o a Manuel que es rapero, o un manual del buen rapero. Justamente la música que aborrezco.

- "pierna en descomposicion de vagabundo": ya echaba de menos algún comentario necrofílico.

- "pilladas en los matorrales": nada mejor que descubrir marujas infieles y preñadas tocándose tras los matorrales.

- "relatos subidos": pillín, pillín.

- "soñar con chicles": tenemos a un amigo en Portugal que soñó con chicles. Yo una vez con chicles también.

- "tio zorro y los peces": alguien mirando a ver si le han plagiado su título de fábula.

- "bastardo francés": y lo pone con tilde. ¡Calro que sí, todos los galos a las hogueras!

- "pablo chapo": aquí me siento confuso. No sé si me quieren sodomizar o elogiar; la importancia de escribir bien las frases y acentuarlas como es debido.

- "revelencia en el plan de desarrollo en el equipamiento turistico": aquí viene gente seria, con dudas serias en la vida.

- "rey de las hostias": y tiene más de cincuenta búsquedas. Tenemos un planeta muy violento.

- "abrigos de ante en la calle montera de madrid": vamos, que se va de putas.

- "abuelas sodomizandose": simplemente magistral.

- "accidentes coches a causa de jabalies en autopistas de barcelona": ¡pobres jabalíes catalanes!

- "actos masturbatorios": el pajillero se nos vuelve culto.

- "ahogarme con la goma de mis bragas": mira que es difícil ahogarse con la goma de unas bragas. Pues aquí tenemos a una persona dispuesta a ello.

- "amigas de mis amigas pajilleros": volvemos a las pajillas.



Os prometo seguir otro día, de momento aquí hay suficiente material. Como podréis observar tenemos varios perfiles de internautas bien definidos: el onanista de vocación, el necesitado de ayuda, el poeta incomprendido, el pervertido de turno, la maruja nostálgica, y luego los analfabetos con tendencias macarras.

La Madriguera del Zorro da mucho juego...

15 diciembre 2009

Parpadeos - 10 (Final)




Alfonso se estrelló contra el tronco de un roble. Todo fue demasiado acelerado. Empotró su reluciente coche deportivo contra un roble escondido tras la curva de una carretera comarcal mal iluminada y bacheada. Escuchó un chasquido de ramas proveniente de sus entrañas, como si fuese una galleta partida en dos. El roble aún se sacudía por el choque. Sucedió la misma noche en que España ganó la Eurocopa de fútbol. Fue un golpe seco y cruzado. Millones de gargantas coreaban desde sus casas y bares los nombres de los futbolistas. Alfonso dejó sobre el asfalto una chirriada de ruedas, una explosión de cristales y el amargo doblarse de la chapa metálica de la carrocería. La sangre le impedía toser. Fernando Torres fusiló al guardameta alemán y perforó las redes de la portería. Alfonso reaccionó tarde; dio un zapatazo al pedal del freno pasado el vértice de la curva, arrancó de cuajo una señal de tráfico y escuchó el quejido de su vehículo plegándose como un acordeón. La Selección española jugaba al toque, tranquila, sin precipitarse, disfrutando de la ventaja en el marcador. Él, cegado y con las manos temblorosas tanteó nervioso en el vacío, intentando aferrarse a algo. Jadeaba y tenía miedo a dejar de moverse. Al mismo tiempo que Iker Casillas levantaba la copa de los campeones de Europa, entre confetis y palmas, un par de agentes de policía echaban sobre su cuerpo tendido en el suelo una manta que le cubría de pies a cabeza, entre luces parpadeantes y voces distorsionadas a través de los walki-talkies. Más allá de unos cerros se escuchaban petardos y cohetes detonar sin coordinación.

14 diciembre 2009

Gafanhotos - 5 (Agua y espuma de jabón)




Agua caliente, espuma de jabón. Froto platos de diciembre con ojos cerrados. Espuma de jabón con agua caliente, escucho alrededor. Una radio canta, otro plato escurriendo agua de otoño, de domingo frío. Nudillos que aprietan el vaso, mis uñas que rallan el cristal que nunca fue espejo. Espuma que desborda, que confunde a mis ojos. Se queda inmóvil, hace memoria del calor. Ruge la radio. Agua, espuma, la bayeta se empapa. Suspiro al tenedor. Estropajo con quemazón, desgarra mis dedos, disfraza mi sangre de limpieza. Cojo más platos, los baño en espuma, lo atenazo, lo aprieto, como si fuese a partir en dos mis sueños; ¿o quizá son los dientes? Friego el pasado porque no tengo un futuro limpio, y diciembre nunca lo comprenderá. El locutor raspa los altavoces del vecindario. No me gusta la espuma que viola, el agua no ayuda, sólo canturrea.

Sartenes, dos platos, ningún tenedor, siete vasos tumbados, que apuntan al desagüe; fregadero que despeja sus dudas gélidas de otoño. Roña, frota roña, que nadie come de un plato sucio. Lucha con tu basura, gime, berrea, roe; ¡grite locutor! Observa tus manos que luchan con la espuma de jabón. Agua: limpia, caliente, cortina de seda que consuela. Aire del océano en mi casa. Mis labios están secos, friegan al sol. Chorro de grifo, sinfonía que relaja al compás de una canción. Contienda con unos cuantos cacharros guarros la que sufro porque sin lágrimas no hay amanecer. No sale el sol; ¡falso! Siempre asoma, y quiero verlo rígido. Chasco mis dedos con el mango de la sartén. Un violín calla la radio, rápido rayo de cuerdas. Y con el choque del vaso en el escurridor, más violines, y flautas amargas, dos tambores, un saxofón, el piano del basurero, armónicas interpretan el diagrama del frote del agua caliente, con espuma de jabón. ¿Cerraré el grifo? Cuando no vea la basura adherida, y desfile aullando por el desagüe.

Vapor, espuma con agua, mis dedos crujen solos. Empeño en limpiar basura del tuétano. Huele a calor. Sonrío al metal del fregadero. ¡Ya lo observo! Fregadero que sostiene lo negro, esperando al jabón, que confunde al principio, que limpia el recuerdo, y que me acerca los besos de agosto, con el frío empañando la terraza. La radio ya no suena, el partido finalizó. Pero la melodía de violines se escucha clara. Belleza pura de cuerda, organiza al agua caliente, al agua sonrojada, al agua seductora de mis dedos, al agua amarga, al agua de océano en calma. ¡Más espuma! Froto porque quiero, sin firmar acuerdos con cerveza. Menos cacharros mendigando sobre la plata de los pobres, gélidos aires que enmudecen la salida de un nuevo sol. Miro al frente y el mármol abre paso para que observe una sonrisa líquida, un recuerdo que huye del contenedor. Bésame agua, ardan mis labios con tu roce del verano.

Locuras de carretera, cigarro fumado con nervios, latas vacías dobladas en un saco de basura, penas que te escriben cartas de amor, realidad que es sueño; imágenes que arranca el agua caliente, la espuma de jabón. Un vaso, dos, tres, limpio, cuatro, cinco, danzan mojados con deseo. La música de fondo termina, pocas luces de neón observo tras el cristal empañado con mis manos hundidas en fuego de galeones. Silbo el himno de los cubiertos limpios, que tintinean con gotas tibias. Un plato se resiste, froto con orgullo la grasa que resiste atrincherada en el fondo, donde una vez la cuchara rebañó. Mi frente suda por la electricidad; centellas dirigidas a la mugre recorren mis venas, arengan a los dedos, a los nudillos, a las uñas, a la espuma, al violín que ya cesó. ¡Ha salido! La grasa ya no está, el agua se desliza blanca por el esmalte. ¿Ensayamos? Volteo el plato y observo mi mirada de otoño.

Agua caliente, espuma de jabón. Aclaro bayeta, estropajo y miradas al suelo; el grifo está en mis orejas deslizando su oro, como la princesa de mi radio, que toca el violín; ¿o era algún vaso musical? Cierro el grifo, nada en el metal, todo escurrido y reluciente. Sonrío en púrpura, en blanco. Brindemos en un diciembre frío, con un sol estridente y salado, bajo aire frío e indiscreto. Fin de agua, fin de espuma, todo regado en el corazón. Hay calor, ¡lo siento! La basura canta baladas camino de las cloacas, de donde no regresará.

02 diciembre 2009

Vidas en Sueño - 56 (Aborto en diferido)




Tres figuras se aproximan al pequeño parque del barrio, al olvidado y viejo parque del barrio, frecuentado por drogadictos, por jóvenes borrachos, por parejas que buscan la intimidad de la noche. Las tres sombras se van haciendo más nítidas: a cada lado una mujer, muy parecidas entre sí, una anciana y la otra con las marcas de los treinta y muchos. En medio, aferrado a la mano de cada una como una bolsa de supermercado compartida, un niño de no más de cinco años. Sentado en un banco del fondo hay un octogenario mascando un palillo de dientes, con la mirada perdida en algún punto de la arena del parque. “Modo Estatua” activado. Los ve aparecer y agita el brazo derecho como si espantase moscas. “Modo Estatua” desactivado. La vieja hace un gesto con la cabeza y el carroza vuelve a su estado inerte; el lenguaje mudo de los seniles. “Modo Estatua” reactivado. La anciana y la mujer se sientan en un banco cercano a los columpios, alejado del carcamal. El niño se tumba en la arena, la coge a puñados y la lanza al aire.

—Mamá, eso que me has comentado hace un rato no me convence —masculla la mujer.
—Cállate Claudia, y hazme caso —la vieja toma la mano de la treintañera—. Va a salir todo bien.
—¡ABUELA! ¡ABUELA! MÍRAME, SOY UN ELEFANTE.
—Si niño, muy bien, muy bonito.
—NO ME ESTÁS MIRANDO ABUELA.
—Manolito, deja a la abuela tranquila.
—PERO YO QUIERO QUE ME MIRE LA ABUELA.
—Nada, que o lo miras o no se levanta del suelo —murmura Claudia a su madre—. ¡Manolo, o te levantas de la arena o te doy un par de guantazos!
—Haz caso a tu madre, Manolito —dice con tono lento la anciana, dejando escapar un largo resoplido—. La abuela te ve, pero está hablando con mamá.
—¿A QUE SOY UN BUEN ELEFANTE, ABUELA?
—Tu hijo a veces resulta todo un coñazo —murmura a Claudia.
—¡MAMÁ! ¡No digas sandeces! —chilla.
—Sí, muy buen elefante eres, Manolito —se dirige la abuela a su nieto—. Y ahora levántate, anda, y vete a jugar con los columpios —señala con su dedo de uva pasa el amasijo de barras oxidadas con forma de cuadrados entrelazados que hay a unos quince metros desde su posición..
—¡Niño, ni se te ocurra montar en el columpio! —replica la madre.

El niño sigue boquiabierto la dirección del dedo de su abuela. Se queda muy quieto, con los codos flexionados y sus manitas suspendidas en el aire, como un perdiguero concentrado en el rastreo del conejo. No se mueve. El carcamal del otro banco no ha pestañeado en ningún momento; ¿escudriña el más allá? Claudia zarandea el brazo de su madre.

—Mamá, ¡hay otras opciones menos contundentes!
—Entonces da al niño a la adopción.
—¡Joder mamá!¡Chocheas! —brama la treintañera— Tiene que haber otras soluciones.
—¡No Claudia! No hay más opciones que internar al niño en un colegio infantil. Las hubo, pero no quisiste llevarlas a cabo, cojones.
—La famosa percha, ¿no?
—Por ejemplo.
—¡Que estamos hablando de mi hijo! ¡De tu nieto! ¡Por Dios Bendito mamá!

Claudia resopla y se aparta de su madre. Cada una está en una esquina del banco. El niño está aferrado a un barrote vertical del columpio; mientras las mujeres discutían él se había acercado hasta allí.


—MIRA MAMÁ, UN ELEFANTE.
—¡Manolito, no te subas ahí!
—Igual de sensiblera y melodramática que tu padre —arrastra las sílabas—. Deberías entender a estas alturas de la vida la forma que tengo de expresarme.
—Sabes que no me gusta que hables así, y menos de mi hijo.
—Hijo del que te quieres deshacer.
—¡NO! Pero siendo madre soltera, con trabajo y sin tiempo para cuidar del niño necesito buscar soluciones. Si quisieras hacerte cargo de él durante el día...
—Ya te he dicho mil veces que a mí no me cargues con tus muertos.
—No tienes corazón mamá. ¡Es tu nieto! —bufa Claudia.
—Me da igual quién sea. Lo siento, soy una abuela atípica.
—¡MANOLITO!

Claudia se levanta como un resorte del banco. Se distrajo discutiendo con su madre, y su hijo logró subirse a lo más alto de los cuadrados oxidados. El niño sonríe divertido. Se lleva una mano a la boca. Se lleva la otra. Da un par de saltitos. Pierde el equilibrio. Se golpea con la barbilla en un barrote, y con la cabeza en cada uno de los demás; hasta el suelo. Cae a plomo en la arena, como un pelele.

—¡¡MANOLITOOOOOOO!!

El anciano del banco del otro extremo del parque se apoya en una pierna y hace esfuerzos para incorporarse; ha escupido el palillo de dientes al suelo. Claudia galopa hacia la posición del cuerpo inmóvil de Manolito. La abuela se incorpora del banco y anda con paso tranquilo hasta el columpio. Llega la madre, se arrodilla y rompe a llorar. Golpea con ambos puños la arena. Zarandea a su hijo. Golpea. Zarandea. Golpea. Zarandea.

La abuela permanece de pie frente a su hija. Apoya la palma de la mano en su hombro. Repite varias veces “Jesús Bendito, Jesús Bendito” de forma acelerada, pero en su fuero interno piensa otra cosa: está satisfecha con lo sucedido. El plan funcionó; sólo había que enseñarle al niño aquel columpio del infierno. Gracias al aborto en diferido —con un senil en el parque como testigo de lujo— su hija tendrá más tiempo para las cosas importantes de la vida, y de paso un buen pellizco del ayuntamiento por daños morales y perjuicios.

01 diciembre 2009

Parpadeos - 9 (La mala educación I)

(Dedicado a Álex, que me dio la idea)




El vagón de metro se retuerce como una cobra enfurecida, como una epiléptica, como un asmático en primavera, como la chuleta al tacto de la brasa, como cartón reseco, como una lombriz herida, tracatá tracatá, el aire está congelado, es denso, pesado, tracatá tracatá, huele a sudor y a mierda, a perfume de canela, a chicle de menta, a crema de manos, tracatá tracatá, se escucha el raíl arañado por las ruedas del convoy, el hilo de cobre chisporreteando, el eco ennegrecido, tracatá tracatá, repaso con la lengua mis labios resecos que saben a polvo, a fruta reseca, a pasta de dientes, a tabaco, tracatá tracatá, el vagón frena, acelera, frena, da un tirón, tracatá tracatá, la gente bambolea como peonzas, tracatá tracatá, alguien se sorbe los mocos, trascatá tracatá, la gente pierde su mirada en libros, en revistas, en los planos del metro, en sus informes del trabajo, en recetas médicas, en sus hijos, en la chica mazizorra de enfrente, en la propaganda de supermercados, en sus anillos, en sus bolsos, en los zapatos del que está apostado en la puerta, en el suelo de chicles y alcohol reseco, en las paredes de humo del túnel, en los tubos fluorescentes, en sus uñas, en sus rodillas, en su teléfono móvil, en su reproductor de mp3, en sus sueños, en sus rutinas, en el jefe, en la puta de anoche, en los Evangelios, en el nudo de sus corbatas, tracatá tracatá.

Frena el convoy. Se escucha un fuerte resoplido, se siente la vibración; es el gas que libera el vagón. Se abren las compuertas; salen del vagón caballos salvajes, entran bueyes con el yugo ceñido al cuello. Suena el pitido. Se cierran las compuertas.

Y de nuevo acelera, y frena y acelera y frena, tracatá tracatá. Me sumerjo en las páginas de mi libro. No oigo el tracatá. Segundos más tarde algo frío toca mi brazo, se interpone entre la celulosa y la retina; es un bolso negro, zarandeado sin criterio, danzante en el vacío. Alzo la vista. Una señora con abrigo de piel de imitación y tacones de charol charla de modo animado con otra señora con abrigo de charol y zapatos de piel de imitación. De nuevo tracatá tracatá. Ríen, se contorsionan; parecen epilépticas. Tracatá tracatá. El bolso de negro de charol golpea mi libro, tracatá tracatá, golpea mi hombro, mis muñecas, la barra vertical de mi lado, roza el pelo del que hay sentado a mi vera, se incrusta en las uñas de mis manos, dobla una página, se intenta colar en mi boca, me quita el aire, tracatá tracatá. Suspiro, tracatá tracatá, el bolso se columpia, resoplo, tracatá tracatá, la cremallera del bolso golpea la barra a mi lado, rebufo, tracatá tracatá.

Cierro de golpe el libro. Se libera hacia arriba una columna de aire. Tracatá tracatá. De un manotazo aparto el bolso. Frena el vagón. De nuevo el bolso me acosa, me viola. Aprieto los dientes. Me levanto y pateo el bolso, la señora cae al suelo, los libros caen al suelo, los informes, las mazizorras, los anillos, las pestañas y las rodillas. El vagón me escudriña como un anciano sin memoria sentado en el banco de un parque olvidado por los niños y los drogadictos. Se oye una tos lejana. La otra señora no se mueve, se congeló.

-¿QUIEREN DEJAR DE ROZARME CON EL PUTO BOLSO DE LOS COJONES? ¡HOSTIA PUTA! –aúllo y de mi boca salen disparados pequeños grumos de saliva reseca.

Se escucha otra tos. La señora se reincorpora con la mirada agachada. Nadie la ayuda, ni siquiera su amiga. Nadie se mueve, crujen todos los músculos. El vagón acelera. Tracatá tracatá. Tomo de nuevo asiento, tracatá tracatá, las pupilas regresan a sus rutinas, tracatá tracatá.

30 noviembre 2009

Gafanhotos - 4 (Pareados de Periódico)





Aristófenes, ¡que es lunes, coño!
Encima con frío, ¡maldito otoño!

Préstame tu destreza unos segundos,
he de quemar algunos vagabundos.

Insultaré a políticos casposos,
a famosos y cerdos verrugosos.

¿Repasamos noticias españolas?
¡No escurras el bulto con amapolas!

Montilla se enfada; anticatalanes
nos llama. También sucios haraganes.

Mucho fallecido en la carretera.
Y la DGT sigue ampliando la chequera.

Me desperté con resaca de gol.
Jugó el Madrid. ¡Alcohol! ¡Alcohol!

Zapatero, cabroncete, no mientas;
los del Barça sois unas cenicientas.

Cristiano Ronaldo indulta a Valdés,
y yo ahogué penas en aguapiés.

Vale, perdimos. ¡Árbitro mamón!
Pitó muchas chorradas; ¡Paredón!

Cuatro chicharros del Madrid Atlético.
¡Van al revés! Demasiado patético.

Lobo en Honduras comicios ganó.
A las pobres ovejitas valló.

En tierras charrúas un guerrillero
ha ganado; ¡Gobierno bananero!

Decrece en Europa el cáncer maligno.
¡Falso! Rebosa el político indigno.

¡No jodas! El Euríbor ha bajado.
¿A quién cojones han crucificado?

Récord de la máquina de partículas.
Miedo tengo; me agarro las vesículas.

Del metro se marchan las taquilleras.
¿Quién nos cobra ahora? ¿Las rameras?

España en alerta. Nieves y vientos:
frío. ¡Comiencen los enterramientos!

Con el maltrato nos hemos pasado.
¿Pisas cucarachas? ¡Degenerado!

Una mierda de lunes, Aristófenes.
Temo contraer síndrome de Diógenes.

25 noviembre 2009

Vidas en sueño - 55 (Camino a Villamuelas)





Las gotas de lluvia golpeaban la chapa del coche como si fuesen piedras lanzadas desde lo más alto del cielo. Se estrellaban en el parabrisas y formaban cortinas de agua. El repiqueteo era constante. Parado en mitad del viejo camino que conducía a Villamuelas, mi pueblo, y sin cobertura en el móvil, me entretuve contando el intervalo de tiempo que separaba un relámpago de su hermano trueno. ¿Qué hacía allí, como un bohemio, contando rayitos? Pregúntenselo a la maldita aguja de la gasolina; había vuelto a fallar, y pensando que tenía gasolina de sobra tomé la ruta de todos los días, desde la fábrica al pueblo. A mitad de trayecto el coche empezó a dar tirones, como un asno en celo, hasta quedarse completamente parado. Dios sabe la de veces que giré la llave de contacto, pero el coche no arrancó más; me había quedado seco. La lluvia arreció. Me encendí un cigarrillo y seguí contando rayos, centellas y la madre que los parió a todos ellos.

Escampó, y a través de una rendija abierta en la ventanilla se filtró el olor a tierra mojada. Entre las montañas, hacia el norte, algún relámpago travieso iluminaba sus laderas. En todo el tiempo en el que estuve parado no pasó ni un coche, y el móvil seguía sin cobertura. Probé a colocar el teléfono en todas las posiciones: boca arriba, boca abajo, oblicuo, apuntando a las montañas, apuntando a los campos de trigo, apuntando a mi barriga, y así hasta completar más posturas que las del Kamasutra. No aumentó ni una mísera raya de cobertura. Me abroché la chamarreta, cogí las cuatro cosas que tenía desparramadas en el asiento del copiloto y salí del coche. No me quedaban más narices que andar. Cavilé sobre mi situación geográfica en mitad de aquel yermo; la fábrica estaba más cerca que el pueblo, pero a esas horas, las diez de la noche, no quedaría nadie en la planta. A lo mejor sí, pero preferí no arriesgarme e ir a lo seguro, que no estaba la tesitura como para darse paseitos de trasnochado; tomé rumbo al pueblo. Tardaría una hora, más o menos. ¡La maldita aguja de la gasolina!
La decisión no me gustaba en absoluto; estaba oscuro, y —según los viejos chismosos del pueblo— una supuesta virgen fantasmal se manifestaba ante los que circulaban por ahí de noche, y nadie más volvía a saber de aquellos infelices. No es que creyera en esas tonterías, pero usando el teléfono móvil como linterna, sin ver un pimiento más allá de lo que aquel trasto alumbraba —que era bien poco— y sin escuchar más ruido que el de mis pisadas sobre la gravilla mojada, he de admitir que “alertado” sí que iba.

El aire frío de las montañas hizo acto de presencia y se coló por la ropa. Los pies los tenía helados: las suelas de mis zapatos eran finos y tenían alguna rajilla que otra, por lo que el agua helada empapaba mis calcetines. Llevaba un buen rato andando, más de quince minutos, con ritmo de marcha olímpica. Quería llegar cuanto antes. Intenté animarme silbando el himno del Real Madrid, el de España y un par de coplillas de Manolo Caracol. Incluso me imaginé a esa virgen fantasmal, con el típico vestido de espectro de harapos blanco, descalza y con una trenza muy larga, montada en vespino y trayéndome una lata con un litro de gasolina. Pisé un charco y noté el agua calarme por encima del tobillo. ¡La maldita aguja de la gasolina!

Notaba los dedos de los pies entumecidos; creía andar con muñones o sobre tapas de bote de Cola Cao. Estaban siendo los peores minutos de mi vida. Ni un alma. El haz de luz de mi teléfono convertía las piedrecillas sobre las que trotaba en luciérnagas. A los lados ni una sombra, sólo aire gélido. Deduje que no estaría muy lejos de la cima del cerro, a una media hora del pueblo. Una vez ahí ya tendría el pueblo a la vista, y al menos sabría que andaba en la dirección correcta. Sólo faltaba que me perdiese en mitad de todo aquello, con un espíritu merodeando. ¿Espíritu? ¡Qué espíritu ni qué ocho cuartos! Joder, ya me empezaba a sugestionar demasiado. Me tuve que repetir varias veces que no existían los fantasmas, como un niño frente a la mesa de su pupitre aprendiendo la tabla de multiplicar. Incluso le puse el mismo ritmo. Parecía un subnormal escapado del psiquiátrico. Habría pasado por ese itinerario en coche mil veces de noche y nunca pensé sobre la leyenda. Por lo visto necesitaba un peregrinaje nocturno para vivir la experiencia. Al tiempo que me acercaba a una curva, fantaseé de nuevo con la impúber, con su trenza kilométrica desparramada por el suelo, apareciendo entre los matojos, con los brazos agitados como si fuese mongólica, y acompañándolo con un lamento largo y psicofónico; la vi en esa curva, plantada como un espantapájaros astral, y cómo la arrollaba al instante con mi coche. Me reí y me encendí un cigarrillo. La ruta tomó una inclinación más empinada.

Pasaron los minutos y por fin llegué a lo alto del cerro. El viento tomó el protagonismo; ululaba y agitaba las ramas de un par de olivos solitarios. Villamuelas se veía desde mi posición, con las luces anaranjadas de sus farolas y la torre iluminada con focos de la iglesia. Unos veinte minutos —calculé— me quedaban de paseo. Reanudé la marcha y me dejé arrastrar por la pendiente descendente. No fui dando saltos porque no sentía los pies, pero ganas tuve. Me fumé otro pitillo. ¡Qué ganas tenía de llegar a casa y meterme un buen trago de orujo!

El paisaje se modificó, y ahora estaba la senda franqueada por sombras de olivos y otros árboles, que se estremecían por el viento. No deberían quedar más de diez minutos para llegar al pueblo. Comencé a sentir pinchazos en mis rodillas, y dado que estaba cerca del destino bajé bastante el ritmo, pasando de marcha olímpica a paseo de geriátrico con andador. Escuché algo parecido a un trueno; no parecía un trueno. A lo mejor era un pedo de la virgen fantasmal. Me reí con una carcajada. Tras un árbol escuché el ruido, ahora más nítido; no era un trueno, sonaba como un gruñido. Alumbré con la luz de teléfono móvil el tronco del árbol y un hocico con su hilera de dientes y colmillos asomó, con unos ojos que brillaban con el destello de mi teléfono. ¡Menudo bicho! Era un pastor alemán gigante, o lo más parecido a los dinosaurios; tampoco me paré a reflexionar sobre la raza del animal. Cambié el modo “paseo de geriátrico con andador” por el de “final de los mil quinientos metros lisos... o de los tres mil... o de los cinco mil”. No sé cuántos metros fueron pero galopé como un potro salvaje, con fuego recorriendo mis piernas. Sentía al animal tras mis pasos. Me ladraba. Aceleré al máximo. Lo sentía pegado a mí, apunto de hincarme sus colmillos en el culo. Ahora entendía porque no se me apareció la virgen: este monstruo la habría devorado con trenzas y todo. ¡Maldita aguja de la gasolina!

En el pueblo los cuatro viejos de siempre, atemporales, con sus cuatro garrotes, sus cuatro boinas y sus cuatro mondadientes mordisqueados, que se sentaban en una piedra a la entrada, me vieron llegar desbocado. Parecían jueces de línea de meta. Uno de ellos levantó el brazo y me saludó; los otros tres cabecearon. ¿¡Serán cabrones!? Yo con un perro del infierno detrás y ellos ahí tan panchos. Debí dar unas tres vueltas a Villamuelas hasta que me di cuenta que ningún chucho me perseguía. Cuando me acerqué a los ancianos, éstos me dijeron que no me perseguía ningún animal, y que pensaban que estaba echando unas carreras. Lo extraño es que no me tomaron por un tarado cuando les expliqué el verdadero motivo; aquellos tipos se limitaron a escupir a través de sus boinas y emitir quejidos internos al tiempo que les relataba la historia.

A partir de esa noche hubo ciertos cambios: me compré unos zapatos nuevos y una linterna, las rodillas se me hincharon como globos, cambié el coche por un todo terreno de ésos japoneses, pasé a ser llamado “el Fermín Cacho” en el pueblo, y la virgen espectral del camino fue sustituida por un perro de dos cabezas —también espectral— que devoraba a los viajeros perdidos por la noche. Y todo ello gracias a la maldita aguja de gasolina.

23 noviembre 2009

Parpadeos - 8 (Celos)




¡Mírala! Otra vez esa maldita zorra se ha acercado a Alfredo. No pierde comba la tía. Es separarse de mí un momento y ya le acecha. Anda que no se le nota a la legua que va detrás de él. ¿Será posible? Le pone la mano en el hombro la muy descarada. ¡Que tiene novia, bonita! Es que me pone negra, te lo juro, con esa sonrisita de mosquita muerta, como si nunca hubiera roto un plato, la muy… Y encima el otro le sigue el rollo. Mira cómo sonríe.
Y claro, dile algo a Alfredo, que te suelta el mismo rollo de que son fantasías mías, que si me quiere a mí, que si sólo hay amistad entre ellos. ¿Pero es que no lo ve el muy idiota? Que te quiere follar Alfredo, ¡te quiere follar!

Hasta aquí llega su perfume; se habrá echado litros de ese líquido. ¡Qué peste! Atufa el bar ella; ¡qué protagonista la tía! Tiene que ir llamando la atención, la muy zorra. Y mira cómo va vestida. Si parece una ramera, anunciándose con esas tetas que se le van a salir del vestido de lo apretadas que las lleva. Y Alfredo, como es así de limitadito, ¡pues venga a mirarle las tetas! Me están poniendo negra. Sí, ¡lo sé! Tengo que calmarme e intentar ver las cosas de forma objetiva. Voy a pensar en otra cosa. A mí esa tía no me va a amargar la noche, y si el tonto de mi novio le quiere seguir dando coba, que se la dé, que se la dé. Me da igual.

Pasan cinco minutos. No lo dice la tía, lo digo yo, el narrador en tercera persona; la narradora en primera persona tuvo que ir al baño a mear, o a cagar, o a hacerse un dedo, ¡qué coño sé yo!
Ya vuelve...

¿SE PUEDE SABER QUÉ ANDAN CUCHICHEÁNDOSE AL OÍDO? Seguro que están quedando para follarse un día, como seguro habrán quedado otras mil veces. ¡El muy cerdo! ¡No puede ser, no lo soporto más! ¡A la mierda con las calmas!

Claudia lleva un rato observándoles, sin prestar atención a la charla del grupo en el que se encuentra. Se levanta de la butaca y se acerca hasta la barra del bar, donde se encuentran Alfredo y María.
-¡Es mío!- aúlla.
Alza su brazo izquierdo y le da una bofetada a María; el cigarrillo que tenía en la boca sale volando por los aires. María cae al suelo, y se escucha el golpe sordo de su cabeza golpeando el reposapiés de hierro. No se mueve.
-¡Es mío!- chilla al mismo tiempo que patea el costillar de María.
Alfredo se pone firme como un soldado y le grita, nervioso. Intenta inmovilizar a Claudia, pero ella se revuelve y se zafa del intento de presa. Agarra el cuello de un botellín de cerveza junto a ella, y lo revienta contra el mármol de la barra.
¡Eres mío!- dice rechinando los dientes.
Su mano sostiene ahora el cuello de un botellín partido en dos, con dientes afilados de vidrio. Alfredo recula mostrando las palmas de sus manos, y ella le clava la botella partida en el vientre. Repetidas veces. Alfredo se desploma en el suelo. La sangre se desliza por los costados.
-¡Eres mío!- rompe a llorar mientras deja caer al suelo el trozo de botella.

18 noviembre 2009

Vidas en sueño - 54 (Un pedazo de mí)





El sol se reflejaba sobre la cal de las fachadas de los edificios. Brillaban como llamas de velas, y el resplandor se filtraba a través las callejuelas estrechas, que se escondían entre las sombras, que serpenteaban. Por ellas, como una hilera de hormigas, una multitud de personas en chanclas, y con la sombrilla sobre sus hombros llevaban rumbo hacia la playa. Claudia y yo nos mezclamos en aquel arroyo de crema solar y bermudas de flores estampadas. Nosotros no llevábamos bañador; ella, un vestido blanco y sandalias, y yo unos pantalones piratas, chanclas y una camiseta sin mangas. El empedrado de las calles de Conil se clavaba en mis pies. Escuché con atención las pisadas de la gente: arrastre de chancla, arrastre de chancla, arrastre de chancla. La misma melodía, tan distinta a la de Madrid: tacón, zapatilla veloz, goma contra chapa de metal, y vuelta a empezar. Aquella monotonía en el andar de los playeros me relajó de forma temporal, y me vino a la mente el sonido meloso de un saxofón. Seguimos cuesta abajo, y los edificios se separaban cada vez más entre sí. Una brisa cálida y el olor a salitre me envolvieron. El mar estaba justo enfrente. Claudia resopló como un caballo.

─Sigo pensando que esto es una gilipollez, Alfredo.
─No digas eso mujer ─repliqué─, ya te dije que podría estar por aquí, escondido en algún lado. Tiene que estar aquí, tiene que estar.
─ Venga anda, volvamos al hotel y disfrutemos de todo esto ─me miró a los ojos y me acarició el muñón de mi brazo derecho, atrayéndome hacia ella.
─¡No coño! ¡No!
─¿Es que te vas a poner a poner a buscar el trozo de brazo que te falta por la arena de la playa? ─dijo abriendo en abanico el brazo.
─¡Pues eso haré Claudia, eso haré!
─Me parece ridículo. Te tiras un año evitándome y poniendo excusas para no quedar; me ignoras por completo. Y un año después, ¡UN AÑO!, te presentas en casa con cuatro rosas y con ese muñón, diciéndome que un trozo de ti se quedó en Conil, y que por eso me esquivaste ─resopló de nuevo─ ¿En serio me crees tan estúpida como para creérmelo?
─No.
─¿Entonces?
─Ya te dije que era verdad, que un pedazo de mí se quedó en Conil.
─Alfredo, ¡DEJA DE DECIR GILIPOLLECES!
─¡Cálmate!
─¡No me da la gana! ─movió con brusquedad la cabeza y chasqueó la lengua─ Encima me cargas a mi el muerto, en lugar de a tus colegas. ¿No te lo pasaste tan bien con ellos? ¡Que te ayuden ellos!
─Cálmate nena –moderé mis propios nervios. Tomé aire─. Empecemos a buscar cerca del chiringuito, que es donde estuvimos la mayor parte del tiempo.
─¿Cerca de un chiringuito? ¿Tú? ─suspiró─ No sé por qué, pero no me extraña. Lo raro es que no te hubieras puesto a servir copas ya de paso.
─Vamos.

Tiré de Claudia y entramos en la playa. El calor de la arena trepaba por mis pantorrillas, se colaba entre la ropa. Estaba sudando. Caminamos por la pasarela de madera. A cada paso se escuchaba con más nitidez la marea deslizándose como una culebra en la orilla (no sé cómo podía fijarme en esos detalles en mi situación; ¡parecía gilipollas!). El mismo sonido que escuché la última vez que estuve allí, con Manolo y Gaspar. Fue una semana sólo de chicos. Hicimos de todo lo que se podía hacer en Conil: tomar el sol en la playa, comer pescaito, beber cerveza, jugar a las palas, bebernos muchas copas, follar con desconocidas, y ver el amanecer, medio borrachos, sentados en la arena de la playa. Un bucle que se repitió los siete días que permanecimos en este pueblo. El día que regresábamos a Madrid, después de hacer las maletas, nos paramos en el chiringuito de la playa, y brindamos por Conil, por la playa, por nosotros. Les confesé a mis amigos que algo de mí se quedaba allí. En cuanto monté en el coche empecé a echar de menos todo aquello. Los kilómetros iban aumentando, y tras cruzar el Paso de Despeñaperros, en pleno yermo de la provincia de Ciudad Real, noté un hormigueo en mi brazo derecho. Llegamos a Madrid, me despedí de mis amigos y me dirigí a mi piso. El hormigueo era mucho más intenso; notaba pequeños pinchazos desde los dedos hasta el codo. En cuanto abrí la puerta de mi casa la maleta que asía mi mano derecha cayó al suelo. No sentía ningún hormigueo, ni tampoco los dedos de la mano; era como si la tuviese anestesiada. Observé mi brazo derecho ¡No tenía mano! ¡No tenía antebrazo! En su lugar, un muñón. Grité, empecé a correr sin dirección ni sentido concreto, golpeándome con las paredes y los muebles. Estaba histérico, sentía la sangre moverse dentro de mi en forma de tsunami. Tardé muchos días en calmarme y en asimilar que no tenía brazo derecho.
Pasado ese tiempo volví a salir a la calle. Cuando fui al médico, éste me recetó calmantes y me dio cita con un colega suyo psicólogo; no se creyó mi historia. Él decía que la pérdida de un miembro podía provocar brotes sicóticos. No estaba loco, sé que antes de llegar a mi casa tenía dos brazos, dos manos. Durante meses busqué mi mano por mi casa, por el portal del bloque, incluso por la calle, ampliando poco a poco el perímetro de búsqueda. También pregunté a mi amigo Manolo si no se había encontrado nada extraño en los asientos de su coche; no me atreví a contarles, ni a él ni a Gaspar, lo que me sucedió. Bastante tenía conque el médico me llamase tarado.
Sólo me quedaba por buscar aquí, en Conil. ¡Pero era ridículo! ¿Cómo coño podría haber llegado mi pedazo de mí hasta Conil? ¿Haciendo autostop con el dedo pulgar hacia arriba? Era absurdo tan sólo planteárselo, pero decidí regresar para buscar mi trozo de carne en el último lugar donde lo sentí vivo, sin hormigueos. Cuando no quedan balas en la recámara lo mejor es tirar piedras, supongo.

Anocheció cuando Claudia y yo regresamos al hotel. Estuvimos todo el día peinando una gran parte de la playa, además del chiringuito y un par de bares donde estuve con mis amigos. ¡Nada, ni rastro del puto trozo de brazo! Pensé que quizá alguien lo encontró, y lo escondió en su casa como el que atesora una reliquia religiosa. También me imaginé a un perro olfateando los dedos, la muñeca, dejando sus babas pegadas en los pelos, clavando sus colmillos y desgarrando la carne ¡MI CARNE! Dejé de pensar en mi brazo, en mi trocito.

Miré de reojo a Claudia. ¡Pobre Claudia! Un año sufriendo por mí, y cuando regreso a su vida lo hago con un cacho de brazo menos, le cuento todo, discutimos como subnormales, y la convenzo para venir a Conil un par de días, sólo para buscarlo ¡Eso es romanticismo! Aún no sé cómo aceptó venir conmigo, ni cómo me perdonó ese año de ausencia; el amor provoca comportamientos anormales en las personas. Yo siempre la he querido, pero necesité un año para asumir que no tenía brazo derecho, y no quería que me viese tullido. No sé, soy un tipo extraño. La abracé con mi brazo izquierdo, y ella recostó su cabeza en mi hombro.

Conil de noche escondía su calor en el mar, barría el polvo que empujaba el viento, y se perfumaba con flor de Lis, Jazmín y Dama de Noche. Los tipos de chanclas y sombrillas se habían transformado en pijos de camisas ajustadas y zapatos de punta fina, y en pijas de vestidos apretados y sandalias de tacón de quince centímetros. Había mucho ambiente por las calles; ruido de copas, risas y música pachanguera. Estaba jodido por no haber encontrado mi mano y mi antebrazo, pero aquel ambiente, el tener a Claudia a mi lado hizo que me contagiase.

─Venga nena, te invito a un mojito antes de entrar al hotel. Te lo has ganado.
─Estoy un poco cansada Alfredo. Me apetece una ducha y luego dormirme.
─Sólo uno –insistí con voz melosa.
─¿Es que no ves que estoy muerta? De verdad, déjalo para otra ocasión. No me encuentro bien.
─¿Y TÚ CREES QUE YO SÍ? ─le apunté con el muñón─ Es lo último que te pido relacionado con esto. ¡Por favor!
─Al final si no me tomo el maldito mojito tú explotas, ¿no? ─suspiró─ Está bien, está bien, pero uno rápido, que nos conocemos.
─¡Esa es mi chica!
─¡Ah!, y deja de hacerme chantajes emocionales con eso –apartó de un manotazo el muñón.
─Descuida. ¡Vamos!, conozco un sitio muy bueno por aquí.
─Pachasco que no conozcas tú un sitio bueno allá donde vayas.

Entramos en el “Duende Verde”, una especie de cortijo reconvertido en bar de copas. En sus paredes colgados habían rastrillos, redes, cañas de pescar y demás aparejos relacionados con la mar. Cruzamos un par de salas repletas de chicos y chicas compartiendo cubatas, sudor y saliva y accedimos a un patio descubierto; la quintaesencia andaluza. Por las cuatro paredes que lo limitaban, colgadas de aros de hierro, macetas con flores de todo tipo. El suelo era un mosaico de baldosines azules y blancos. En el centro, una fuente pequeña, con su chorrito de agua que salía a través del pico de un pez de piedra. Sonaba flamenco por los altavoces; sólo guitarreo y palmas.
Nos acercamos a la barra, y pedí al camarero un par de mojitos. Claudia tenía la mirada perdida entre las macetas. Parecía estar relajada. Ella se merecía unas vacaciones, no hacer de detective, ni de arqueóloga escarbando entre la arena; ¡pondría remedio a ello a partir de ese momento! Vacaciones improvisadas y a tomar por culo. Giré la cabeza sintiendo que alguien me observaba. ¡LA MIERDA DEL BRAZO! Di un brinco y tropecé con Claudia.

─¿Se puede saber qué mosca te ha picado?
─M─mira ─tartamudeé, señalando con mi mano izquierda mi mano y mi antebrazo derechos.

Ahí estaba sobre una silla, en el otro extremo del patio, el trozo de mí que se había quedado en Conil. Sabía con certeza que era mi mano; en la muñeca reposaba una pulsera de tela de color verde y morado. La mano sostenía un mojito. Claudia y yo nos quedamos callados, muy quietos. La mano soltó la copa y se cerró en un puño. Claudia se colocó tras de mí y me clavó sus uñas en mis hombros. Mi mano derecha se quedó en esa posición varios segundos, y poco a poco fue alzando el dedo corazón, hasta tenerlo firme y recto como una barra de acero. Un corte de mangas, pero sin mangas, claro. Luego se ayudó del antebrazo y se deslizó de la silla. Corrimos hasta allí, pero no había ni rastro de la mano. La busqué, juro que la busqué; me lancé al suelo y repté entre los pies de la gente, palpé las paredes y escudriñé entre las macetas. Incluso metí la cabeza dentro de la fuente. ¡No estaba! Salimos del bar, echamos un vistazo por la zona; ¡nada! Me abrí paso entre toda esa multitud de borrachos perfumados, los zarandeé, los insulté, arrojé sus copas al suelo. ¡Necesitaba ese brazo! ¡ERA MI BRAZO! ¡Mi jodido brazo! Se contrajo mi garganta, me apoyé sobre una papelera. Rompí a llorar. Sentí la mano de Claudia acariciando mi cabeza, escuché sus palabras de consuelo. ¡Qué sé yo el tiempo que estuvimos en esa posición! Me besó en la mejilla, y me dijo que sólo era un brazo, un jodido brazo, que la vida continuaba, y que allá él si no quería estar conmigo. Se me acabaron las lágrimas, y decidí ser fuerte. Me costó mucho tiempo salir de mi casa, aceptar que no había dedos a mi diestra. No tenía que caer de nuevo en lo mismo ¡A tomar por culo ese brazo de mierda! Inspiré, expiré, inspiré, expiré, inspiré, expiré. Claudia seguía acariciándome. Al cabo de un rato estaba calmado. Volvimos al bar, tomamos asiento y agarramos nuestros mojitos. Algunas personas se apartaron de mi camino al verme entrar de nuevo al patio.

─¿Sabes Alfredo? Me empieza a gustar tu muñón.
─¿En serio?
─Pues claro, bobo ─me acarició el pelo─. Te quiero como eres.
─Pero si estoy tullido Claudia. ¿Cómo te voy a gustar?
─Porque si no no hubiese venido a Conil contigo, ni te hubiese esperado un año a que dieses señales de vida.
─Gracias –le abracé con mi brazo izquierdo─. Está claro que un trozo de mí se quiere quedar en Conil por cojones. ¡Que se quede, coño! ¡Pero a mí no me va amargar más!

Cogimos las copas, brindamos por el futuro, y luego nos besamos.

17 noviembre 2009

Gafanhotos - 3 (Carta a Homero. Ruge, mi mamón)




No me sale tu romance,
Homerito, gran cabrón.
quiero insultarte con verso
melódico, bramador.
Hablemos de fútbol rojo,
hablemos de Selección.
Olvidemos el poema
¡Vayamos al Calderón,
con tu bufanda de España,
con tu vino de porrón!
Malditos sean los gauchos
que usaron el azadón
para romperles sus piernas.
Iniesta, chuta, ¡JUGÓN!
Maradona, el Pelusa
a los árbitros vejó.
Y al público drogaba
con mamadas de putón.
¡Que la chupe! Gritó Ulises,
cuando Alonso gol marcó,
y tú insultaste con ganas
al colegiado zampón.
Dos penaltis sin señalar
¡Se cabrea la afición!
A coro nos revolvimos
pidiendo la sangre de gol.
Maradona se chutaba
en la vena del llorón.
Hacía frío de otoño,
pero Alonso fusiló
con zapatillazo seco.
¡La parroquia fulguró!
Homero, entona fuerte
el himno del Calderón,
y déjate de bobadas
que aún no existe color
más brillante, más potente
que el de mi Selección.
Vete a Grecia, insolente,
a cantar odas, ¡mamón!

11 noviembre 2009

Vidas en sueño - 53 (Tu cumpleaños)




Lo primero que me recuerdas cuando tomo asiento a tu lado es que he tardado mucho en llegar. ¡Coño mamá, he llegado en coche, no en un reactor espacial! Algún que otro vecino de mesa en el restaurante se gira para observarte; seguramente esperen verte soltar una bofetada, o quizá que te rompas a llorar en cualquier momento. Sin embargo tú sonríes. Ése es nuestro juego particular, que sólo tú y yo entendemos; poli bueno -tú-, poli malo -yo-. Me preguntas cómo se encuentra el pájaro, y yo te respondo que no muy bien, que lo he metido en el horno. Me dices que tengo mucho cuento. Ambos reímos; poli bueno, poli malo. Saludo con un beso sonoro en la mejilla o un apretón de manos riguroso -según procede-, a todos los de la mesa: a papá, a tu hija, y a tu yerno. A ti te doy un beso apretando fuerte los labios contra tu mejilla, mientras te zarandeo con suavidad el cuerpo, agarrado a tus hombros. Me dices que me deje de cuentos y que pida algo de comer a la camarera. Me tocas con tus dedos la cara y dices alegrarte de verme afeitado. Hago una mueca, y me recuerdas de nuevo lo guapo que era de niño, cuando no tenía pelo en la cara y no me echaba gomina. Todos en la mesa reímos. A veces con tus comentarios me da la impresión que te has vuelto toda una abuela entrañable, con su rebeca de lana y sus mejillas coloreadas.

Una camarera se acerca y toma nota de mi pedido; los demás en la mesa ya estáis comiendo desde hace un rato. Tomo prestada la copa de vino de mi padre y brindo contigo, por tu cumpleaños. Son cincuenta y seis los años que cumples. ¡Cincuenta y seis años madrecita! Pero no te preocupes, que los sabes llevar estupendamente; en tu cara el tiempo nunca fue sincero. La misma mirada de párpados relajados, la misma sonrisa que deja al descubierto tus dientes, la misma nariz redondeada y chata, los mismos lóbulos de las orejas, firmes y esponjosos, pero sobre todo, las mismas cejas. Si me dejasen elegir algo de tu rostro, sin duda alguna me quedaría con tus cejas; cimitarras de hoja fina y muy curva, negras, con todos los pelos perfectamente alineados; portavoces de tu personalidad. De nuevo me saltas con que tengo mucho cuento. Es tu forma de dar las gracias. Tú no eres de esas personas que se enrojecen como tomates al recibir un halago. Eres una ajedrecista experimentada: lanzas un contragolpe maestro en cada uno de mis ataques.

Como sé que con las zalamerías tengo la batalla perdida contigo, cambio de tema y te pregunto qué tal han ido tus clases de metafísica. Un tipo de la mesa de enfrente se gira prestando atención a lo que conversamos ¡Si quiere usted le invitamos a tomar asiento aquí, cotilla de los cojones! Me tomas la mano y me dices que no debería estar en el campo de la lucha, que tengo que sosegarme. El campo de la lucha, los poderes que quitas a las palabras cuando alguien dice algo negativo, los siete rayos divinos, el arcángel San Miguel, y cómo no, la reencarnación. Cada día me sorprendes con algo nuevo de la metafísica. Te encanta hablarme de todo ello, aplicarlo a la rutina diaria, aun a sabiendas de que no lo comparta. Pero tú eres el poli bueno -que enseña- y yo el poli malo –que se revuelve en el pupitre-. Empiezas a enlazar temas de metafísica como un locutor de radio dando resultados de la jornada de fútbol. Observo a los demás; te escuchan hablar sin pestañear, con el cuello rígido y sosteniendo en el aire sus tenedores cargados de arroz tres delicias; ¡los tienes entregados! Con tu voz de fondo abro la ventana de la habitación de casa, donde te entregas a la metafísica por completo. Estoy viendo en ese momento todos tus libros de santos y yogas apilados en la estantería, tus inciensos de dioses tropicales, tus cintas de colores, tus estatuas, tu ordenador portátil reproduciendo algún vídeo chill-religioso-out, tu atril de madera que sostiene esas imágenes de ángeles, arcángeles, mártires, y otras entidades de peso espiritual. Te imagino acariciando el lomo de uno de esos libros, con un hilo de humo denso -que huele a vainilla- saliendo del incensario, que te envuelve; te veo sentada frente al ordenador, con tus ojos clavados en la pantalla. Me gusta soñarte e imaginarte a través de las ventanas. Regreso a la mesa. Sigues hablando, ahora acerca de que el mal no existe; cuando te pones nihilista me encantas. Jugueteo con los palillos chinos aplastando granos de arroz en el plato, hasta que noto cómo bajas el ritmo de tu narración. Entonces intervengo; poli bueno, poli malo. Abrimos un debate tras otro, donde tú eres la creyente y yo el escéptico. Te rechisto con énfasis, usando sarcasmos; hay confianza, ¿verdad mamá? En el fondo te gusta que rebata todos tus argumentos, los cuales denomino como fábulas fantásticas. Ambos sabemos que tengo razón, pero nunca me la darás; yo tampoco te la daré, pero en este caso porque tú no la tienes. No obstante sabes de sobra que me encanta escucharte, y me encanta ver tu entusiasmo, aunque tenga que ver con espíritus. Vuelves a decirme con ese tono de voz cantarín que tengo mucho cuento. Reímos.

Te acaban de traer una pequeña tarta, para que soples la vela; no te esperabas esa sorpresa. Sonríes como un niño desenvolviendo un regalo. ¡Es tan fácil ilusionarte con pequeños detalles! Nos dedicas a todos los de la mesa una sonrisa; todos te la devolvemos. Al final parecemos una pandilla de niños desenvolviendo regalos. Me coges la mano y soplas la vela, y no la apagas a la primera. Ni a la segunda. ¡Joder mamá! Todos los años te pasa lo mismo, y aunque hemos ido reduciendo el número de velas en las tartas sigues soplando como un pajarillo. ¡Por Dios Bendito mamá, más intensidad de inspiración en esos pulmones! Te doy un beso y te abrazo, y te susurro al oído que es un orgullo y un privilegio ser tu hijo, que disfruto escuchándote, jugando a polis buenos y polis malos, observando tus cejas como cimitarras afiladas. Me das un beso en la mejilla. Luego te intentas zafar de mí con suavidad mientras repites aquello de que tengo mucho cuento.

10 noviembre 2009

Parpadeos - 7 (Recogida de ganancias)




─Esta vez no erraré el tiro. ¡Págame lo que debes! ─ le grité.

Enarbolé mi escopeta y le apunté al entrecejo. Él de rodillas. Lloriqueaba. Luces de neón en las paredes. Cerré un ojo y tensé el dedo sobre el gatillo. Se echó sobre mis pies. Le di una patada en el mentón. Aulló. Olía a amoniaco: alrededor de aquel infeliz un charco amarillento, y su pantalón empapado.

─¡N-no t-tengo dinero! N-no me m-mates, p-por f-favor─ tartamudeó.

Apreté el gatillo. Explosión de sangre y carne. Un cuerpo sin cabeza se desploma en el suelo. Sangre en mi ropa. Nunca supo apostar a los caballos.

03 noviembre 2009

Vidas en sueño - 52 (Caos a distancia)





Ruido de bocinas y de pasos desacompasados; ajetreo y bullicio… se escucha una detonación, repentina, como si hubiese sido un trueno.

A la altura del número siete de la calle Armonía yace sobre la acera el cadáver de un muchacho de pelo rizado y con pecas en sus mejillas. En su frente, hay dibujado un punto negro; está boca arriba, con la mirada perdida en algún punto indefinido del cielo encapotado de nubes negras, y rodeado de una capa viscosa de sangre, que avanza poco a poco hacia la alcantarilla. Se escuchan alaridos. Muchas personas se han escondido dentro de las tiendas, otros han huido dejando atrás sus maletines y bolsas con el logotipo de una tienda de ropa. Los coches que pasaban en ese momento por la zona han colisionado entre sí; de sus capós salen columnas de humo blanco. Corren desordenados, alguno tropieza y cae de bruces al suelo. Se empujan y zarandean entre sí. Caos.
Los gritos poco a poco dejan paso al silencio, los motores de los coches se han apagado, nadie corre, nadie respira, nadie aúlla. Calma. Pasan varios minutos, y sólo se escuchan las ramas agitarse con las ráfagas de viento. La sangre ya se filtra por el agujero de la alcantarilla.

Comienza a oírse un rumor de fondo, que de forma gradual es más intenso. De sus escondites van saliendo, de modo prudente, a pequeños pasos, como una procesión disciplinada; cercan el cuerpo inmóvil como si fuesen buitres y hienas. El rumor aumenta el volumen, silencia al viento. Una muchacha espigada y de pelo lacio se destaca entre la maraña de personas y se acerca al cadáver hasta rozarlo con sus zapatos. Rompe a llorar y grita. Se deja caer de rodillas, y del movimiento brusco se salpica la blusa blanca con la sangre. Agarra su mano y la aprieta contra su pecho. Grita su nombre, y niega a voces lo sucedido; grita su nombre otra vez, con más fuerza. Tiene el rostro congestionado y los ojos cerrados. Su grito trepa por las fachadas, entre las ramas de los plátanos de sombra. La mujer acaba desplomándose encima del cuerpo inerte. El corro que se ha creado alrededor de ellos se mantiene rígido, como un escuadrón de soldados: nadie se mueve, observan con el cuello rígido y los ojos muy abiertos la escena. Nadie de ellos parece reaccionar durante varios minutos. Todos procuran mantenerse a una distancia prudencial para no mancharse los zapatos con la sangre. La mujer continúa llorando desconsoladamente, apoyada su cabeza sobre el pecho del muchacho, golpeando con los puños sus hombros. Un par de tipos salen de su petrificación: levantan sus cabezas, y repasan con la vista ventanas de los edificios cercanos; también parece que miren por sus azoteas. Señalan con el dedo y asienten, como si fuesen un par de arquitectos intercambiando opiniones técnicas. Comienza a llover.

Las gotas de lluvia caen amortiguadas entre las hojas del árbol donde me encuentro subido. Una de ellas ha caído en la mirilla de mi rifle M-76, y se difumina la visión de conjunto que tengo de la escena. A unos cincuenta metros de ese lugar no tengo otro modo de observarlos. Huele a tierra mojada. El ritmo de goteo es cada vez mayor; ahora el agua de lluvia cae en chorros fríos, que se cuelan dentro de mi cazadora. Se empiezan a escuchar muchas sirenas; serán coches patrulla de policía, ambulancias, incluso algún camión de bomberos. Pienso que lo mejor será desaparecer de ahí. Ha muerto mi objetivo de un disparo limpio en la frente, por lo tanto mi trabajo está hecho. Despiezo el rifle con calma y coloco las piezas en una bolsa de deporte. Me aseguro que no hay nadie cerca del tronco del árbol donde estoy situado, y desciendo de él. Me alzo las solapas de la cazadora, y camino con ritmo tranquilo. Se escucha un alarido de mujer, y al rato, otra negación.

02 noviembre 2009

Parpadeos - 6 (Declaración)




Son las cinco de la madrugada y tú duermes. Estás abrazada a la almohada, con rostro relajado; tu pelo está desparramado por el colchón, como lombrices sobre tierra mojada. Tu boca está abierta, lo suficiente para ver tus dientes, y la carne de tus labios colgando en el vacío. Duermes de perfil, con las piernas medio dobladas, sin taparte. Eres vulnerable, y eso me excita; saber que tengo el poder, y que puedo hacer contigo lo que quiera en ese instante. Quiero acariciarte, pero temo que si lo hago me quedaré sin este paisaje. Suspiras, y te tambaleas como un flan; eres frágil, de cristal. Te tapo, ¡y sonríes! Cierras los labios y los estiras. Ahora el que se estremece soy yo.

Me siento un ladrón de tu intimidad, usurpador de tus sueños, y quiero besar la fruta de tus labios, saborear el néctar mientras te acaricio el pelo enmarañado, rebañar con mi lengua todo tu cuerpo. Respiras entrecortadamente, algo te posee, pequeña. Siete años compartiendo una vida, como otra cualquiera, y es en este instante cuando más te amo; siete años violando tu madrugada. Vuelves a respirar normal. Huele a sudor, y también a tu colonia. No se escucha nada, sólo el aire entrar y salir por tu nariz, por tu boca, con diferentes ritmos. Con el dedo marco tu compás. ¡Eres preciosa!

Claudia, esta noche eres mía. El resto de las horas te obedezco y no rechisto. No me gusta discutir contigo, ya lo sabes pequeña. Ese temperamento me ha hecho beber muchas cervezas solo en el bar, por no afrontar tu acantilado de rocas afiladas. Te gusta dominarme, pero hasta la fortaleza más inexpugnable tiene su ladrillo hueco; y aquí estoy yo, observando ese ladrillo, comprobando que es arcilla húmeda, que es otra pieza más del conjunto, que aún siendo débil, es hermano de otros que aguantan con orgullo embestidas de arietes, de piedras catapultadas. Me voy a colar por aquí, voy destaparte, y a repasar con la yema de mis dedos tu contorno, tu piel caliente, la comisura de tus labios, tus pechos, tu vientre, tus piernas. Voy a besar tus hombros, tu oreja, la ternilla de tu cuello, voy a susurrarte lo que sueñas, lo que sueño. Voy a chupar tus dedos regordetes que tan poco te gustan, voy a amasar tus gemelos de futbolista, y te agarraré de la cintura cuando te penetre, cuando de una embestida destruya el muro, una noche más. Y mientras perforo tu fragilidad, escrutaré tu frente arrugada, tus ojos enrojecidos, tus labios humedecerse. Me tumbaré en la cama, de perfil tras de ti, y agarraré tus pechos de algodón, frotaré el ariete de cabeza de carnero por tu arcilla perezosa. Eres mía, yo soy tuyo; tus sueños, tu fragilidad, tu carne es mía.

¡Está decidido! ¡Comienza el asalto a Claudia!

30 octubre 2009

Vidas en sueño - 51 (Versiones)




Sobre la mesa de su despacho el comisario Rebollo distribuyó como si fuesen naipes de una baraja varios documentos con declaraciones de testigos, recortes de prensa, opiniones de su equipo de investigación y un informe del médico forense. Cada uno de ellos estaba grapado, y en sus encabezados se leía el mismo mensaje de inicio: “Expediente 03-009/B…”. Todos ellos formaban parte de la investigación sobre el crimen de la calle Logroño, sucedido días atrás

Tenía que sacar pistas que le llevasen al asesino. En su cuaderno había escrito unos apuntes; los leyó:
“Sobre las tres de la madrugada, Manuel Carmona Cisneros, de veinticuatro años, apareció muerto a la altura del número sesenta y seis de la calle Logroño. Presentaba varias contusiones y un par de huesos rotos. La causa de la muerte, como reza el informe del médico forense, fue un fuerte traumatismo craneoencefálico, producido supuestamente al golpearse la víctima con el bordillo de la acera. Según testigos presenciales, un anciano huesudo -que aseguró en todo momento haber sido mano derecha de Franco- y un muchacho gordo, sudoroso y enfundado en una capa negra, Manuel Carmona fue atropellado por un ciclista, el cual –afirmaban los testigos-, se dio a la fuga. El asesino vestía con chándal y mocasines. El color del chándal no se pudo definir, y derivó en una fuerte discusión entre los dos testigos, donde hubo cruce de insultos, y si no llegamos a intervenir, hubiese acabado en pelea callejera en toda regla. Cada cuál juró haber visto ese chándal de un color distinto: amarillo uno, rosa chicle el otro. También llevaba el asesino unas gafas de sol y una gorra. Le describieron como una persona delgada, de brazos alargados, encorvado. Otro dato de interés: pedaleaba con una cadencia de ritmo que les recordó a ambos a Miguel Indurain. Llamamos a Miguel Indurain, y éste tenía coartada. En ese momento se encontraba en la ceremonia posterior a la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Se inspeccionó la escena del crimen y aledaños, sin hallar ninguna pista física.”

Rebollo se enjugó el sudor de la frente. Tenía a un asesino disfrazado de drogadicto y montado en bici, sin un dato concreto, siquiera para esclarecer el color del chándal. Los dos testigos dieron positivo en una prueba de alcoholemia voluntaria que les hicimos. Era todo un marrón. El Comisario Jefe llamaba cada cierto tiempo preguntando acerca de novedades, y Rebollo estaba hasta los cojones del Comisario Jefe y sus ansiedades. Así que decidió estudiar de nuevo las versiones de los testigos. Se encendió un puro, y con el humo brotando a través de la comisura de sus labios en forma de cortina, empezó leyendo el dossier que tenía a mano izquierda.


Expediente 03-009/B – Testimonio de Don Fulgencio Seco Empinado
Iba camino de mi casa, helado de frío. ¡Qué puto frío que hacía, coño! ¡Me estaba congelando! No había un alma por la calle, sólo el muerto y el gordo ése de la capa negra, que estaba sentado en un banco bebiendo “vete a saber qué mierda de ésas que beben los jóvenes”. Están todos iguales de tontos, como mi nieto, que ahora le ha dado por leer unos libros muy raros. De repente pasó un coche a toda pastilla que casi me tira al suelo y todo; otro capullo de esos del botellón. ¡Esto con Franco no pasaba coño! ¿Sabe que yo fui uno de los asesores de Franco? Gracias a él España fue a mejor, el país consiguió volver a ser igual de poderoso que con Felipe II. Gente con disciplina, ¡joder!, que amaba a su pueblo, y no la mierda de políticos que tenemos ahora. Políticos y jóvenes… ¡menuda mierda de país! ¿Dónde están los grises?
Como le iba contando, estaba yo pasando por aquí cuando apareció el tipo de la bici, el que se cargó al pobre desgraciado ése. Parecía un psicópata, con esos colores amarillos, esos mocasines tan repugnantes, además de la gorra y las gafas puestas. ¡Me acojonó, joder! Creía que se bajaría de la bici y me mataría; hay mucha gente loca, ¿sabe usted? Cuando yo fui asesor de Franco le propuse quemar a todos los locos, a todos los maricas, a todas las putas y a todos los poetas; quemar a toda esa mierda, como cuando se quema la paja que no sirve ni para tomar por culo. ¿Y sabe lo que me dijo? Que estaba de acuerdo, ¡coño!, pero que de momento había que acabar con los comunistas sueltos.
Lo que le iba diciendo… pues aquel demonio atropelló al chaval; que también digo que la culpa es del chaval por no mirar, ¡coño!… ¡si es que van sin mirar! El chaval salió despedido por los aires, y cayó no sé cuántas decenas de metros más allá. Parecía que se había caído de un rascacielos, porque aterrizó con la cabeza y se escuchó su cabeza crujir como las nueces cuando le pegas un martillazo.
El de la bici no se paró y siguió su rumbo; parecía una apisonadora. Yo si fuera usted investigaría a ver si no atropelló a más desgraciados, o a algún coche o algo. Esa gente con Franco acababa fusilada, ¡hostia puta! Por cierto, el de la bici pedaleaba igual de bien que el Indurain ése. ¡Joder, Indurain era cojonudo!



Expediente 03-009/B – Testimonio de Don Ezequiel Rivas Márquez
Estaba yo en ese banco, ausente y nostálgico, bebiendo vino. El viento ululaba como un fantasma, y el frío se filtraba por los poros de mi piel, descarado, temerario. Mis negros ojos escrutaron al anciano aquél, que venía dando arriesgados zigzagueos cerca del bordillo de la acera, haciéndole carantoñas al duro asfalto, donde presumí acabaría su faz pegada a él. Osado él, estuvo apunto de ser atropellado por un ruidoso bólido ¡OH ancianos, aburridos seres, apáticos espíritus, tristes boinas! Observaba con mis pupilas fijas en aquel anciano cuando este pobre muchacho, que yace inerte y frío como una piedrecilla en un riachuelo, apareció en mi ángulo de visión, como la gaviota asoma por el horizonte del océano.
Fue escalofriante, sucedió en un instante, como el granizo de una tormenta de verano. Mis tersas manos se abrigaron la una a la otra por el frío, al mismo tiempo que, como espectador de una obra teatral de dramático final, vi a un delgado hombre, pedaleando como el espigado y risueño –y perdone que le ponga un tratamiento antes del nombre- DON Miguel Indurain, adalid del olimpismo nacional.
Y le atropelló, como si fuese una vulgar hormiguita. El muchacho, el pobre mártir de esta ruda ciudad, se desplomó sobre el frío pavimento. Bebí de mi cartoncito de vino con mucha honda pena, intentando ahogar con ese dulce licor la amargura de haber presenciado tan pavoroso acontecimiento.
El ciclista, asesino de inocencias, desgarrador de almas anónimas, llevaba un chándal de color rosa chillón, muy chillón, extremadamente chillón, como si fuera goma de mascar de ese tono rosáceo tan vivo y atractivo, como la falda de plástico de una meretriz. También llevaba unos mocasines, una gorra y unas gafas, caracterizado como un bufón. Nunca se paró, nunca se parará, y todos seguiremos notando el pudrir de nuestra carne por una persona muerta.



Rebollo puso los codos sobre la mesa y siguió leyendo los informes. ¡Nada! ¡Ni una pista, ni una maldita pista! Y como estaba muy estresado, como estaba hasta los cojones del Comisario Jefe, y como –aunque no venga a cuento del relato-, le habían embargado su piso, su madre le retiró la palabra, su hija murió de sida, su hijo se volvió homosexual, y su mujer se escapó al Caribe con un negro millonario, sacó del cajón de su escritorio un revólver, hizo girar el tambor, colocó el cañón sobre su sien –derecha-, y apretó el gatillo. Sobre las versiones, trozos de carne, sangre y sesos.