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02 diciembre 2009

Vidas en Sueño - 56 (Aborto en diferido)




Tres figuras se aproximan al pequeño parque del barrio, al olvidado y viejo parque del barrio, frecuentado por drogadictos, por jóvenes borrachos, por parejas que buscan la intimidad de la noche. Las tres sombras se van haciendo más nítidas: a cada lado una mujer, muy parecidas entre sí, una anciana y la otra con las marcas de los treinta y muchos. En medio, aferrado a la mano de cada una como una bolsa de supermercado compartida, un niño de no más de cinco años. Sentado en un banco del fondo hay un octogenario mascando un palillo de dientes, con la mirada perdida en algún punto de la arena del parque. “Modo Estatua” activado. Los ve aparecer y agita el brazo derecho como si espantase moscas. “Modo Estatua” desactivado. La vieja hace un gesto con la cabeza y el carroza vuelve a su estado inerte; el lenguaje mudo de los seniles. “Modo Estatua” reactivado. La anciana y la mujer se sientan en un banco cercano a los columpios, alejado del carcamal. El niño se tumba en la arena, la coge a puñados y la lanza al aire.

—Mamá, eso que me has comentado hace un rato no me convence —masculla la mujer.
—Cállate Claudia, y hazme caso —la vieja toma la mano de la treintañera—. Va a salir todo bien.
—¡ABUELA! ¡ABUELA! MÍRAME, SOY UN ELEFANTE.
—Si niño, muy bien, muy bonito.
—NO ME ESTÁS MIRANDO ABUELA.
—Manolito, deja a la abuela tranquila.
—PERO YO QUIERO QUE ME MIRE LA ABUELA.
—Nada, que o lo miras o no se levanta del suelo —murmura Claudia a su madre—. ¡Manolo, o te levantas de la arena o te doy un par de guantazos!
—Haz caso a tu madre, Manolito —dice con tono lento la anciana, dejando escapar un largo resoplido—. La abuela te ve, pero está hablando con mamá.
—¿A QUE SOY UN BUEN ELEFANTE, ABUELA?
—Tu hijo a veces resulta todo un coñazo —murmura a Claudia.
—¡MAMÁ! ¡No digas sandeces! —chilla.
—Sí, muy buen elefante eres, Manolito —se dirige la abuela a su nieto—. Y ahora levántate, anda, y vete a jugar con los columpios —señala con su dedo de uva pasa el amasijo de barras oxidadas con forma de cuadrados entrelazados que hay a unos quince metros desde su posición..
—¡Niño, ni se te ocurra montar en el columpio! —replica la madre.

El niño sigue boquiabierto la dirección del dedo de su abuela. Se queda muy quieto, con los codos flexionados y sus manitas suspendidas en el aire, como un perdiguero concentrado en el rastreo del conejo. No se mueve. El carcamal del otro banco no ha pestañeado en ningún momento; ¿escudriña el más allá? Claudia zarandea el brazo de su madre.

—Mamá, ¡hay otras opciones menos contundentes!
—Entonces da al niño a la adopción.
—¡Joder mamá!¡Chocheas! —brama la treintañera— Tiene que haber otras soluciones.
—¡No Claudia! No hay más opciones que internar al niño en un colegio infantil. Las hubo, pero no quisiste llevarlas a cabo, cojones.
—La famosa percha, ¿no?
—Por ejemplo.
—¡Que estamos hablando de mi hijo! ¡De tu nieto! ¡Por Dios Bendito mamá!

Claudia resopla y se aparta de su madre. Cada una está en una esquina del banco. El niño está aferrado a un barrote vertical del columpio; mientras las mujeres discutían él se había acercado hasta allí.


—MIRA MAMÁ, UN ELEFANTE.
—¡Manolito, no te subas ahí!
—Igual de sensiblera y melodramática que tu padre —arrastra las sílabas—. Deberías entender a estas alturas de la vida la forma que tengo de expresarme.
—Sabes que no me gusta que hables así, y menos de mi hijo.
—Hijo del que te quieres deshacer.
—¡NO! Pero siendo madre soltera, con trabajo y sin tiempo para cuidar del niño necesito buscar soluciones. Si quisieras hacerte cargo de él durante el día...
—Ya te he dicho mil veces que a mí no me cargues con tus muertos.
—No tienes corazón mamá. ¡Es tu nieto! —bufa Claudia.
—Me da igual quién sea. Lo siento, soy una abuela atípica.
—¡MANOLITO!

Claudia se levanta como un resorte del banco. Se distrajo discutiendo con su madre, y su hijo logró subirse a lo más alto de los cuadrados oxidados. El niño sonríe divertido. Se lleva una mano a la boca. Se lleva la otra. Da un par de saltitos. Pierde el equilibrio. Se golpea con la barbilla en un barrote, y con la cabeza en cada uno de los demás; hasta el suelo. Cae a plomo en la arena, como un pelele.

—¡¡MANOLITOOOOOOO!!

El anciano del banco del otro extremo del parque se apoya en una pierna y hace esfuerzos para incorporarse; ha escupido el palillo de dientes al suelo. Claudia galopa hacia la posición del cuerpo inmóvil de Manolito. La abuela se incorpora del banco y anda con paso tranquilo hasta el columpio. Llega la madre, se arrodilla y rompe a llorar. Golpea con ambos puños la arena. Zarandea a su hijo. Golpea. Zarandea. Golpea. Zarandea.

La abuela permanece de pie frente a su hija. Apoya la palma de la mano en su hombro. Repite varias veces “Jesús Bendito, Jesús Bendito” de forma acelerada, pero en su fuero interno piensa otra cosa: está satisfecha con lo sucedido. El plan funcionó; sólo había que enseñarle al niño aquel columpio del infierno. Gracias al aborto en diferido —con un senil en el parque como testigo de lujo— su hija tendrá más tiempo para las cosas importantes de la vida, y de paso un buen pellizco del ayuntamiento por daños morales y perjuicios.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Pon un final feliz en algún relato xD..

RCP

white dijo...

si es que con esa cara de angelito donde está mejor es en el cielo (jejejej)

Zorro dijo...

Tiene cara de perverso, como los niños de "Vuelta de Tuerca" XD

Achi dijo...

jajajajjajajjaja

Pobre niño... su madre no se leyó en el folleto de primeros auxilios que a un herido no se le zarandea ¡Ésa lo que quería era rematarle, joderle hasta la última vertebra del cuello!

Pobrecico mochuelo...

Anónimo dijo...

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