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12 noviembre 2008

Vidas en Sueño - 35 (Abismo)



Luis apoyó la pierna, y con ello parte del peso de su cuerpo, sobre una roca, casi al borde del acantilado. Desde ahí contemplaba el manto azul añil del mar, el cuál arrugado, mostraba miles de espinillas en forma de espuma. El viento le traía el aroma inconfundible de aquel agua salobre, que ascendía desde abajo, por el continuo chocar de las olas contra el muro de piedra, y de paso se filtraba por cada escondite de su cuerpo, hasta el punto de sentirse como una enorme esponja. A su vera, Alfredo permanecía quieto y erguido, con el brillo del sol rebotando sobre sus gafas oscuras, y con su gabardina de cuero, abrochada, moviéndose a merced del viento.

- ¿Qué te parece esto? - dijo Luis, mientras jugueteaba con unos pocos guijarros.

Alfredo no dijo nada, simplemente introdujo sus manos en los bolsillos de la gabardina, y gargajeando con cierta violencia, escupió al vacío. Luis sabía que no era hombre de muchas palabras, pero había aprendido a entender sus estados de humor; y casi con total seguridad podía asegurar que su compañero no estaba a gusto en aquel sitio. Él solía hablarle cuando ambos se mezclaban en el bullicio de la gran ciudad, en las columnas de humo de los coches atascados en las grandes avenidas, y sobre todo entre periódicos y aire denso del vagón de metro. No obstante, su compañero muchas veces le acompañaba a sitios tan distintos como en el que se hallaban. Impredecible.

- Lo que no entiendo es qué cojones hacemos aquí. Con la edad chocheas – rompió Alfredo su mutismo.
- ¡Coño Alfredo! ¡Si has hablado!
- Pues claro que hablo, no como algunos gilipollas que te cruzas con ellos y no te dicen ni "hola". Esos merecerían morir... - hizo una pausa, y de nuevo escupió - Incluso tú mereces morir. Mírate, aquí en mitad de la nada, haciendo el memo, creyendo que por ver cuatro olitas tu vida va a cambiar de golpe. ¡Deprimente!

Luis miró desaprobadoramente a su compañero, y éste se encogió de hombros. Odiaba hablar de muerte, más aún con Alfredo; parecía que era el único tema que le interesaba, ver gente muerta y ensangrentada por las aceras, ver niños suicidándose desde las ventanas, perros devorando los cadáveres de sus ancianos amos. Pero sobre todo odiaba que le recordara que su vida era una ruina, que nada le hacía feliz; ¡eso ya lo sabía! No necesitaba que cada dos por tres hiciera de Pepito Grillo.

- No me cuentas nada nuevo Alfredo - suspiró.
- Pues si no te cuento nada nuevo, ¿por qué cojones no haces lo que debes hacer, por una vez en tu vida?
- Porque ésa no es la solución. He de solucionar mis problemas, no esquivarlos.
- Tus problemas no tienen solución. Sabes de sobra que tu mujer te engaña con otro, que estás en el paro desde hace muchos meses y que con tu edad es imposible encontrar empleo, que tu hijo dejó de hablarte hace mucho tiempo (mejor, era un gilipollas más), y que todo lo que haces te sale al revés - giró el cuello, y torció la sonrisa - . Eres pura mierda compadre, pura mierda.


Sus argumentos le habían vuelto a desarmar. Siempre lo lograba. Luis cogió una pequeña piedra del suelo, y la estrujó con fuerza; observaba cómo poco a poco sus nudillos se tornaban blanquecinos, y cómo se agarrotaba su antebrazo. Entre sus mejillas dos lágrimas se deslizaban. Apretó los dientes, y con un violento movimiento de brazo lanzó la piedra a un punto indefinido del mar. Por el rabillo de su ojo pudo ver cómo Alfredo negaba con la cabeza.

- Luisito, Luisito, lanzar piedras es lo que hacen los niños cuando se aburren, y los bohemios porque sí. Y tú no eres ni un niño ni un bohemio. Eres un despojo humano, carroña para buitres. ¡Anda mira, como el que se folla a tu mujer!
- ¡Deja de recordármelo ostia! - Luis se encaró con Alfredo.
- Lo primero de todo, no me vuelvas a alzar la voz. Y segundo, sé un hombre y haz lo que tienes de hacer, ¡imbécil! Tienes ante ti una preciosa caída de muchos metros donde reventar tu cabeza; indoloro, rápido, y que hasta un inútil sabría hacerlo. Si no, ¿para qué coño me has traído aquí? ¿Para contar chascarrillos de ultramar?

Tras ellos, los matorrales se agitaron, dejando claro la presencia de otra persona más. Luis giró el cuello hacia aquel punto, y observó cómo una mujer de pelo castaño rizado, cuerpo menudo, vestida con pantalones vaqueros y sudadera aparecía en escena. Era María, su mujer, y por el bolsillo de su pantalón asomaba la carcasa morada de su teléfono móvil. No necesitaba mirar a su lado, porque sabía de sobra que Alfredo había vuelto a huir; muchas veces le dijo que no soportaba pasar ni un sólo segundo compartiendo el mismo oxígeno que María. Ella se acercó con gesto serio y preocupado, e hizo amago de tocar el brazo de Luis, pero éste lo apartó bruscamente.

- ¿Se puede saber qué mosca te ha picado Luis?
- Una con gabardina de cuero y gafas oscuras.
- ¿De qué narices hablas? - preguntó María, arrugando el rostro como una uva pasa.

Luis no respondió, y tembloroso, tiritando, con los ojos enrojecidos, dio dos pasos hacia atrás.

- Luis, ¡apártate de ahí, por el amor de Dios! ¡Que te vas a caer!

El tercer paso aterrizó sobre la nada, y su propio peso hizo el resto. Cayó al vacío. Durante aquellos metros de caída, suspendidos en el tiempo, lo último que escuchó fue a su mujer gritar, y lo último que observó, ironías de la vida, a Alfredo junto a María, sonriendo.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

vaya tela tiene el argumento, la opcion mas facil es esa para los cobardes q deciden eludir sus problemas, pero hay que saber luchar aunque se te venga todo encima y el mundo resulte una mierda. lo 1ro y m lo enseñaste muy bien es "uno mismo" y lo 2do q t lo enseñe yo es a no rendirte nunca jamas aunque todo sea negro,un dia cambia. pero el mundo es de colores y hay que saber con quien pintarlo nada mas.besotes

Anónimo dijo...

Ufff.. me encanta el relato, es la propia lucha interior de cada uno... cada día lo bordas más.

Besos

RCP

Anónimo dijo...

Me gustan mucho tus relatos, con detalles cotidianos y aparente sencillez, sin ningún aspaviento, creas intriga, tensión, intensidad emocional y, además, creo que describes muy bien y muy fino las situaciones emocionales.

Espero que sigas evolucionando y no te conformes.

Anandamoyi

Anónimo dijo...

He vuelto a releer este relato. Me encanta sentir el sol, la brisa y el agua del mar... un auténtico regalo en Diciembre. Era para decirte que encontré la mano colgada en el perchero de la oficina..buscaba debajo de la mesa, sujetando el mojito.. (digo el café.. hasta hacer algún trenecito con los vasos).
Se describe con tanta intensidad..
de hecho podías hacer un libro con estos micro-relatos.. es una idea.. estúdiala

RCP

Zorro dijo...

Un libro? No sé RCP, no sé... te has convertido en una de mis lectoras más antiguas, que lo sepas ^^

No sé si publicaré algo, y el qué, pero vas a estar invitada. Tenlo presente.

Un besazo!!