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14 marzo 2008

Vidas en Sueño - 9 (El visitante fatal)



Era una tarde de otoño apacible, o al menos eso se intuía en los rostros tranquilos de los ancianos del asilo "Nueva Vida", nombre que chocaba en una paradoja imposible con la finalidad del negocio. Estos, estaban en su mayoría reunidos en la sala de ocio; una habitación amplia y luminosa, bañada con los colores del crepúsculo, los cuales daban a los azulejos de las paredes un toque anaranjado o rosado, según el capricho de las nubes. Como elementos decorativos, unos cuantos cuadros de paisajes de montañas y mares, un jarrón sobre una mesa redonda, y cuatro plantas típicas de edificio tranquilo, alargadas y de hoja generosa. Al fondo había una mesa de billar americano, cubierta de polvo, y con el tapete de la superficie - verde - arrugado y envejecido; estaba abandonada al mismo destino que la gran mayoría de los allí presentes. Sofás un tanto antiguos, mesas circulares y gastadas por el paso del tiempo, sillas chirriantes, y un televisor un tanto anticuado - y que por supuesto funciona a golpes - conformaban aquel espacio, donde se supone había que entretenerse y olvidar las penas por un rato. Y sobre la cabeza de todos, una fina nube de polvo que se filtraba por la luz.

Y en aquella sala estaban todos, juntos pero sin fuerzas siquiera para revolverse. Unos jugaban mecánicamente al tute, otros al dominó, otros veían un programa de sucesos en la televisión, otros hablaban con mirada de ceniza, y el resto simplemente se limitaban a estar allí, a mantener lo mejor posible el ocaso de sus vidas, a través de los grandes ventanales de la sala. Era como una gran obra de teatro; cada uno tenía su papel, el mismo que repetía tarde tras tarde hasta el anochecer. Nadie improvisaba haciendo algo fuera de lo normal, como saltarse las normas internas del centro y liarse a escondidas un cigarrillo. A veces daba la impresión que el reloj de la pared acompañaba en el mismo compás al ritmo lento de sus residentes.

Pero cuando la noria giraba en su máximo apogeo, el buey que tiraba de ella tropezó, y dio con su hocico en la arena; la noria se paró. Todos se giraron hacia la pequeña y ágil figura de un gato pardo, que como si disfrutara ser el centro de atención, irguió el cuello y la cola con majestuosidad. Unos segundos más tarde de haber barrido con sus brillantes ojos el recinto se puso en marcha, con un suave trote, haciendo paradas técnicas para rebozar sus hormonas de macho dominante sobre cada objeto con el que se cruzaba.

Nadie sabe de dónde vino, ni a qué se dedicaba en sus interminables ausencias, ni cuando volvería a marchar. Matías, un viejecito nonagenario, de mejillas rosadas y sonrisa eterna, vestido con traje, boina verde y corbata amarilla, aseguró una vez que Óscar - así se le llamaba al gato - era un ayudante de la mismísima Muerte, y que era el encargado de seleccionar a su libre albedrío al próximo de ellos en morir. Y así ocurría cada vez que irrumpía con sigilo en sus monótonas vidas. Óscar entraba con suma tranquilidad, reforzaba su territorio, y se subía sobre las piernas de un anciano, golpeando con suavidad su rabo. Días más tarde aquella persona expiraba, de pura vejez, en todos los casos. Todos tenían gran temor al felino, porque se lo ganó a pulso, en el mismo momento en el que que acomodó su cuerpo cálido en el regazo de un anciano con boina verde y corbata amarilla; Matías murió al cabo de unas horas, en plena noche.

Óscar maulló, y se sentó sobre sus cuartos traseros; su presencia había vuelto a causar intranquilidad y una serie de rezos susurrantes, y como si disfrutara de ello comenzo a ronrronear, cerrando parcialmente los párpados; "¡ya está aquí este gato del diablo!", rompió aquel silencio brutal una señora encajonada en su silla de ruedas, mientras enarbolaba con energía una revista enrollada. Óscar salió de su trance, y giró el cuello hacia la anciana, con sus orejas en alto, con la máxima atención. Los rostros de sorpresa se volvieron hacia la vieja, que a su vez desafiaba con su mirada al animal. Un cruce de miradas que se prolongó durante minutos, hasta que Óscar se reincorporó y se dirigió a donde la evidencia apuntaba desde hacía tiempo. Paró a escasos centímetros de la anciana, y ésta, abrió sus brazos y con sonrisa torcida se limitó a decir, "ven aquí gatito, ven aquí".

6 comentarios:

MuÑoNeS dijo...

Tú y los gatos!!!!

Tremenda la comparación del teatro con la vida del asilo, aunque no hace falta ser viejo para estar en una obra de teatro y repetir la función cada dos por tres.

Un final de lujo para un post currado. Entrañable.

Gato Negro, Gato Muerto (o este dicho0 era con los tunos?)

Zorro dijo...

Muchas gracias guapo!!

Y por cierto, el gato era pardo, no negro jajajaja

Alba dijo...

Ese es el gato que salio en la tele no?? que miedo me daría encontrármelo. Por un momento me he imaginado que trabajaba ahí, mas tarde que estaba tumbada en una cama de esas de hospital con sábanas blancas y aparatos raros en la cabecera y el gato se echaba en mis piernas...
Seguro que acabo soñando con eso =(
Que te iba a decir? Por casualidad no estarias en ninguna terracita a la hora de la comida el Jueves cerca de la boca de metro de pinar del rey no?
Bueno, un besote!!!

Alba dijo...

Hey tu!!! que de tiempo!!! que tal todo??? jejejejeje
Por aquí bien, un tiempecillo de vacaciones no viene mal a nadie...
Y para reflexionar y soltar todo lo malo que llevamos dentro... =D
Un besote crack!!

MuÑoNeS dijo...

Figura que tienes esto muerto. A ver si te escribes alguna vida en sueño...

Por favor la comunidad del choped no!!!!!

A cuidarse

Zorro dijo...

Menudos dos impacientes!! jejeje. Es que he estado liado con mil cosas por hacer, pero ya vistéis que al final acabo posteando de nuevo.

Abrazos a los dos, mis más fieles forofos jejeje.