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24 noviembre 2011

Bitácora de un entrenador (I)

Pensé tres cosas cuando entré en los vestuarios: que no vendría mal un buen frote de lejía al suelo, que me estaba cagando y que a aquel grupo de gente les daba asco. Esperé unos segundos para relajarme y me senté en una silla, frente al resto de jugadores. Los había rubios, morenos y algún que otro calvo; pieles blancas como la leche y otras más negras que mi cuenta bancaria; flacos la mayoría. Nos mirábamos los unos a los otros, como si aquello fuese una jodida reunión de alcohólicos anónimos. Eso me hizo echar de menos un trago de whisky viendo la tarde escurrirse sobre la barra de un bar. Pasaron los segundos en el más completo silencio, encerrados en aquel vestuario de baldosas grises, embriagados por una peste a sudor y humedad. No llevaba una hora trabajando para aquel equipo esloveno y ya me estaba arrepintiendo, pero no me quedaban más opciones. Este era mi último tren: un tren de séptima división, ni siquiera semiprofesional, estacionado en mitad de la Alta Carniola. El presidente, un esloveno aficionado al chocolate y con más pelo que Andrés Calamaro, me ofreció un sueldo de 600 euros mensuales, una cama en una pensión del pueblo y total libertad para dirigir el club. “McLoco, espero que haga un buen trabajo”. Su inglés era penoso y tenía restos de chocolate entre los dientes. Venderme por 600 euros al mes; con todo y con eso, era el mejor pagado de la plantilla. Una plantilla multicultural y que inspiraba lástima.

Se oyeron un par de toses y uno de los jugadores negros suspiró: quizá esperaban a un tipo sonriente, con la carpeta llena de ideas y un talón bancario para firmar renovaciones. A sabiendas de que nadie me escucharía, rompí el silencio.

-Soy vuestro nuevo entrenador y como esto parece la puta ONU hablaré en inglés; quien no me entienda que vaya a clases.

La mitad de ellos miraban al suelo; el resto, al frente, sin expresión alguna en sus rostros.

-Me llamo Jules McLolo y hasta ahí las presentaciones. Seré franco: todos vosotros me parecéis una panda de fracasados, pero como yo también lo soy creo que no habrá problema para entendernos. No espero nada de este equipo, por lo que cualquier cosa positiva que hagáis me parecerá bien; si no, no pasa nada. Nuestro objetivo es existir: ni luchas por la permanencia ni hostias. El presidente del club solo quiere ingresar dinero y para eso tenemos que salir al campo todos los domingos y hacer como si nos gustara esto del fútbol. Somos los payasos del pueblo y se tienen que entretener con nuestras gracias.

Temí haber sido demasiado suave: las cosas claras desde el principio. Callé unos instantes, por si alguien quería añadir algo. Nadie dijo nada, si acaso algún que otro suspiro y crujir de dedos. Luego, con sus nombres impresos en una hoja, fui pasando lista, como si aquello fuera un aula. Les pedí, aparte de un simple “presente”, que me dijeran sus edades y nacionalidades.

Tenía claro que en mi once titular nunca habría un jugador mayor de treinta años ni de nacionalidad francesa o italiana. En anteriores equipos, cuando entrenaba en cuartas o quintas divisiones y era semiprofesional, di con unos cuantos imbéciles que se creían algo en la vida por tener treinta y muchos: se sofocaban con dos carreras y discutían mis órdenes. Cuando me enfrentaba a ellos todo acababa mal: los apartaba del equipo a gritos y a mí me despedían del club por crear mal rollo en el vestuario. Incluso hubo algún caso en el que aprovecharon mis borracheras en los partidos para añadirlo a los malos rollos y así no pagarme indemnizaciones. Lo de no querer a franceses e italianos era porque no me gustan ni unos ni otros. Y punto.

La mayoría de mi equipo no tenía pinta de haber perdido la virginidad. Sobre todo, abundaban los latinoamericanos y los eslovenos. En total, 20 jugadores. Solo hubo un nombre con el que me quedé: VandePutten. Un delantero con espinillas, belga y que parecía hablar con un trapo en la boca. Cosa de belgas. VandePutten pasó a llamarse VandePutas y quizá por ello ganó lo más parecido a una simpatía.

No tenía cuerpo técnico ni falta que hacía. Aquella pandilla de perdedores se había aferrado al fútbol en aquel pueblo de mierda, en mitad de la Alta Carniola. Pueblo de nombre indescifrable: Caljinhais, Calijankis, Canlijhas,… como mierda se llamase. Yo lo llamaba Canillas, y así me sentía como en casa, cuando era un quinceañero haciendo botellones en el barrio de Hortaleza de Madrid. El club tenía otro nombre que daba miedo tan solo leerlo, así que lo rebauticé: Atlético Canillas. Con las cosas claras, sin entrenadores ni ambiciones, señalé a VandePutas:

-Tú, el belga. Quedas nombrado capitán.
-Pero, entrenador, ya tenemos capitán. Es Izak, el portero.

VandePutas se había levantado como un resorte. El tal Izak alzó la cabeza con orgullo y hubo gestos de aprobación. No me gustaron sus ojos bizcos ni su frente con forma de martillo. Escupí al suelo y esperé a que dejaran de murmurar.

-Me importa una mierda lo que hubiera antes de que llegara yo. A partir de ahora –me dirigí a todos-, VandePutas es el capitán.
-Pero yo no quiero ser capitán –respondió con el rostro desencajado.
-¡Serás lo que yo te diga! ¡O a la puta calle, belga de los cojones!

Los murmullos se transformaron en miradas de odio y asco. Al fin conseguí la perfecta sintonía con mis hombres. VandePutas se sentó cabizbajo.

-Y ahora, empecemos. Hoy, que es nuestro primer día juntitos, seré condescendiente: cincuenta vueltas al campo y para casa. VandePutas, serás el encargado de que todos y cada uno de ellos den sus cincuenta vueltas. Y quien rechiste que vaya cogiendo sus cosas y se largue.

El olor a sudor ya no me molestaba tanto como al principio. Un tipo alto y ancho de hombros levantó la mano con un ligero temblor. Nada bueno iba a decirme, supuse, pero le di permiso para hablar.

-Entrenador, yo estoy lesionado.
-¿Quién más está lesionado o incapacitado para dar cincuenta vueltas al campo? –pregunté en voz alta.

Aparte del que habló, otros dos más alzaron la mano. Los tres eran eslovenos. Eché de menos el whisky y un buen puro. Decidí que lo haría después, nada más salir de aquel nido de ratas.

-Pues vosotros tres, a la puta calle. Estáis despedidos.

No me entretendré en la discusión que se desencadenó con aquellos tres malparidos; el resto, curiosamente, ya estaba trotando sobre el césped helado. Al final, se largaron gritando en esloveno. Me asomé para ver cómo mis pequeños fracasados daban vueltas al campo, algunos de ellos cojeando. Pero me estaban obedeciendo y eso me gustaba. Había empezado a nevar y el césped fue desapareciendo poco a poco. No me gustaba en absoluto la nieve. Me abroché el abrigo, salí del estadio y decidí ir a visitar el primer bar de Canillas que encontrara por el camino. Me había ganado el sueldo del día.

2 comentarios:

José Antonio del Pozo dijo...

¡Genial, señor Zorro!, de verdad, me encanta la historia y el tono que le has sabido dar, ya sabes, la construcción del ambiente, rico en detalles, el ritmo de las frases, la pintura tan viva de los personajes... todos los ingredientes que yas ha metido ahí, muy bueno, y promete mucho el nervio de esta historia... ah, y el inicio de la nevada que pones al final me pareció total y maravilloso. ¡Felicidades, sr Zorro!
saludos blogueros

Unknown dijo...

La verdad es que siempre he querido hablar de este mundo del fútbol; más allá del famoseo, galaxias y millones de un lado a otro. Y te agradezco tus palabras, cuyo valor para mí es mucho. Un abrazo, amigo José.