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17 noviembre 2008

Vidas en Sueño - 36 (Divino Antonio)





De nuevo he vuelto a quedarme un rato contemplando la foto de mi abuela, encuadrada en un marco de borde plateado. Es un primer plano de su rostro, donde se aprecian unos ojos marrones, de algodón, posando para el objetivo. Observo su nariz, fina, y una sonrisa que arruga en pequeños hoyuelos las mejillas, ligeramente coloreadas. En la zona derecha su mano sostiene la patilla de las gafas. Y como si dicha contemplación respondiese a una lógica metafísica, empiezo a escuchar dentro de mí la canción de Divino Antonio, aquélla que mi abuela tantas y tantas veces me cantó de pequeño, y que yo tantas y tantas veces le solicité. A pesar de los años transcurridos, aún el ritmo alegre y vivo de la canción logra trasladarme hasta su habitación; me arropa junto a ella. Siento el calor de sus manos recorriendo mi cara, el olor de su perfume, su voz, y su pelo blanco como la nieve. Esa melodía, como otras veces, me hace flotar en el tiempo, aterrizar en el pasado, y repasar aquellos meses que compartí a su lado.

Yo tenía por aquel entonces seis años, e iba camino de los siete. Vivía en Marbella, localidad de la Costa del Sol malagueña. Siempre fui un muchacho con muchas inquietudes, y con un saco de cosas nuevas que aprender. Toda decisión adulta provocaba en mí poco menos que curiosidad, y como una ametralladora disparaba sin respiro preguntas de todo tipo. Es por ello, estoy casi convencido, que mi madre se vio obligada a darnos explicaciones detalladas de por qué tomamos un autobús, o tren, no recuerdo, rumbo a Madrid, en lugar de ir a la playa, como todos los días.

De aquella etapa madrileña recuerdo el Ford Fiesta gris de mi abuelo, las mañanas en el parque jugando a perforar el suelo, la ensalada campera que tenía que comerme - a pesar de mi odio reconocido a las patatas cocidas mezcladas con vinagre -, las lecciones magistrales de mi tío para aprender a atarme los cordones, aquel colegio al que asistí durante tiempo, el respeto que me producían los ascensores, mis inicios como forofo de la Selección Española, pero ante todo, recuerdo con total nitidez los momentos pasados con mi abuela. La mayor parte del tiempo ella permanecía tumbada boca arriba en la cama, ligeramente incorporada mediante unos almohadones, y con sus gafas de ver colocadas sobre la nariz. Y cómo no, yo siempre irrumpía como una tormenta de verano en su habitación. El modus operandi era sencillo. Alguno de mis tíos, mi abuelo o mi madre abrían la puerta de entrada, y nada más atravesarla, esquivando a los que cerraban el paso, correteaba hasta su dormitorio, y me precipitaba con un salto en plancha sobre la cama. Eso me granjeó más de una bronca. Pero mi abuela salía en mi defensa, excusándome, y quitándose las gafas, me sonreía, revolviendo los pelos de mi cabeza con su mano. Calmada la situación, yo le relataba qué cosas había hecho en el día, y ella acariciaba mi rostro, sonriéndome; siempre sonriéndome. Luego le pedía que me contase historias, cuentos, pero sobre todo la canción de Divino Antonio. Me la cantaba con tono de voz bajo y relajado, con ritmo, marcando el tempo; y me imaginaba la escena, siendo Antonio, rodeado de pájaros revoloteando y piando. Y por todos lados respiraba el aroma de un jardín plagado de jazmines, de rosas, de lilas, y del césped recién segado. Podía sentir las garras de los pájaros posándose en mi hombro, cuando las uñas de mi abuela acompañaban la historia, y me reía por las cosquillas producidas. Me sentía muy bien junto a ella, era muy feliz.


La noche y día posterior a su fallecimiento es quizá el tramo de tiempo que peor recuerdo de esos meses. No fui al funeral, y a mi mente vienen las palabras de mi madre esa misma mañana; "hijo, la abuela se ha ido al cielo". Recuerdo a mis familiares con los ojos enrrojecidos, cabizbajos, paralizados como estatuas de piedra. La casa permanecía en absoluto silencio, y yo intentaba masticar a mis seis años las palabras de mi madre, dejando de lado preguntas; sabía que no era el momento de preguntar. No lloré, y ni en ese momento ni en ninguno otro de mi vida he sentido mis tripas revolverse, el corazón bombear con fuerza y al rato pararse de golpe, u otras sensaciones que dicen se tienen al perder un ser querido. Todo lo contrario; sólo escucho la canción de Divino Antonio una y otra vez, como ahora mismo, mientras contemplo con una pequeña sonrisa su foto.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

vaya gilipollez.......

MuÑoNeS dijo...

Me parece uno de tus mejores relatos. Si es que cuando te pones sentimental y escribes lo que tienes dentro lo haces de PM.

Por cierto, anónimo, de gilipollas es criticar sin dar la cara.

Anónimo dijo...

Madre solo hay una, pero las abuelas también son únicas, lástima que no nos acompañen toda la vida, aunque lo que nos enseñan si que perdura siempre.
Es un relato muy bonito, porque está cargado de ternura.

RCP

Anónimo dijo...

Eres genial cariño!!! hasta hoy no había leído este relato. Tu abuela fue un ser maravilloso que amaba todo lo bueno y hermoso de la vida con un sentido del humor muy fino que le hacía ver en todo lo que vivía "el lado cómico". Fuiste su primer nieto y te quería un montón. Me alegra ver que no la has olvidado pues gracias a ese recuerdo ella permanece viva.