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15 abril 2007

El tañer del destino





El frío se apodera rápidamente de mí tras poner un pie en un charco aún húmedo tras varios días de lluvia. El cielo está despejado, con la omnipresente esencia de la luna llena que me mira, intensa y reflexiva; ella rellena el rincón que el alcohol intentó hacer olvidar, ella recuerda en silencio besos prohibidos tras el umbral de la locura, ella enseña a las estrellas la oscuridad y las obliga a permanecer calladas.

Miro a un lado para advertir la presencia de un gato negro, el cual con sus ojos amarillos me observa fijamente, tejiendo con astucia un halo de soledad, que me obliga a retroceder. El animal no aparta su mirada de mí; prosigue su estudio, lento y pausado. No hay prisa, en la soledad nunca hay prisa. Me pongo a su nivel, planto fuerte los pies en tierra y enfrento mi mirada contra la suya, para más tarde descubrir que se ha ido a por otra alma solitaria de la que poder alimentarse.

Ahí sigue mi amiga, bañando en plata las ruinas de una antigua iglesia, objeto de mi presencia en aquel solitario lugar. He de estudiar el porqué me desperté anoche, con un sudor frío que recorrió todo mi cuerpo, habiendo soñado con esas mismas ruinas y con algo que me juré no recordar. Lo que en su tiempo fue una majestuosa edificación se ha convertido en un esqueleto raquítico y ensombrecido por el pasar de las noches. Nadie existe ya en aquella zona, ni tan siquiera la amargura, que pudo ser representada sobre centenares de lápidas enmohecidas y olvidadas.

Recorro con sumo respeto la estrecha distancia que separa mi coche del recuerdo amargo; a cada paso mi mejilla izquierda siente una leve punzada gélida, provocada por el llanto indiferente de la luna. Ya no hay vuelta atrás, ya no hace falta perdonar a la misericordia, ni a la suerte; estoy maldito por el mero hecho de abrazar a la oscuridad. Hasta el momento nadie se ha reído de mi desgracia, pero aquellas piedras mal colocadas en el portón desvencijado de la iglesia me recuerdan que mi destino está escrito, que soy parte de ellas, que ella no resucitará, que la esperanza nunca existió, que seguirá muerta en aquel bello jardín de rosas rojas que esmeradamente me dediqué a cuidar.

De pronto me giro brusco; estoy nervioso, inquieto, ¡qué estoy haciendo! ¿Por qué he invitado a mi sombra a entrar? ¡Hay alguien, hay algo, lo presiento! No se oculta, pero es invisible. Corro todo lo rápido que puedo hacia el altar, cegado de rabia y miedo, apartando obstáculos que se me presentan repentinamente. Por fin he llegado, y no puedo dejar de vigilar mi espalda; miro al frente y me arrodillo ante un centro de malvas y miles de momentos desgraciados.

No termino de maldecir mi mala suerte cuando un sonido profundo empieza a llenar el vacío; el tañer de unas campanas, lento y pausado, que me hace estremecerme aún más. Una corriente de aire helado penetra en la sala, con la misma tensión que aquellas campanadas, y me levanto con las ideas nubladas, y el corazón embrujado. Lucho contra aquello, protegiéndome de la fé de los cobardes, de la casualidad. Sigo luchando, pero no acaba, no llego a la puerta, no lo lograré, más si aquellas malditas campanas no dejan de azuzar la tempestad. ¡Y por que no asumir la derrota! Porque un rayo de plata alumbra las escalinatas de acceso al campanario, ¿mi salvación?

Subo aquellas escaleras oxidadas, peligrosas, escurridizas, con valentía, ¡no tengo nada que perder! Mis ojos se abren al máximo, las campanan dejan de resonar, y la luna se apaga; allí esta ella, pálida, iluminada con una frágil aúrea, y con la mirada perdida. Huele a tierra mojada y su alargada mano ordena mi cabello, enfriando mi alma, saciando mi sed, descubriéndome la solución.

Me ofrece su mano y no dudo en cogerla mientras lloro sin cesar. Intepestivamente tira fuerte de mí y me lanza al vacio, impactando contra una roca, dando sentido al final. Una oscuridad creciente va apoderándose de mi ángulo de visión, y lo último que observo, con tristeza, es su mueca torcida de dolor. Escribo el punto y final de un libro que dejó de tener sentido el día que la enterré.

A escasos metros un gato negros, sentado sobre sus cuartos traseros, observa con interés la escena, se relame una de sus zarpas, y con un andar despreocupado se envuelve de oscuridad.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya lo he leído, menos mal que no lo leí anoche porque no me hubiese enterado, muy denso, pero esta bien, a ver para cuando una historia feliz con personajes reales, si es que eso existe. Besotes

Diana dijo...

Como te gustan las descripciones tragicas amigo!! Me gusta, q decir...ya sabes q adoro el rincon lúgubre y sombrío de tu paranoica mente.
Mil besos

Anónimo dijo...

Espléndido, tus descripciones bien podrían se del mismísimo Poe (y no he leido nada de él), pero lo ke mas me gusta es como creas la atmósfera perfecta.
Lo malo, ke significa ke en alguna parte de ti, te sientes perdido, tal vez abandonado.
Animate, vale?
SOPD