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07 abril 2010

Vidas en Sueño - 61 (Un capítulo negro)



Cuando llegue a los muelles del puerto, Martínez me esperaba junto a un coche arrugado, mojado y repleto de algas. Cuatro o cinco tipos, seguramente del área científica de policía sacaban fotos como si fueran japoneses. Era una tarde calurosa. La humedad y el sol de mayo castigaban la ciudad de Málaga. El mar estaba en calma, repleto de queroseno y trozos de madera que flotaban en la superficie. A lo lejos, un carguero se perdía entre el vapor de agua. A mis espaldas, el Castillo de Gibralfaro, quizá lleno de turistas enrojecidos, se imponía a la ciudad. No había nubes; tan solo mar, montañas al fondo y una manta de fuego de la que uno se empezaba a acostumbrar. Me apeé de mi coche con la sensación de llevar pegado junto a mí el maldito asiento del conductor. Martínez me hizo un gesto con la mano. Asentí y retorcí los brazos para intentar quitarme la chaqueta. Se acercó hasta mi posición, sudoroso y con una libreta en la mano.

-Ya son horas de llegar.
-¿Es un reproche, Martínez? Recuerda que os ayudo en este caso porque el coche está matriculado a nombre de un cliente mío. Y porque él me lo ha pedido. Así que encima no me metas prisas.
-Te podrías haber dado brillo. Me he perdido el desayuno por tu culpa.
-Tenías algas para desayunar -señalé las hojas y tallos que cubrían parte del techo del vehículo.
-Ya veo que te has levantado con sentido del humor.
-Si te resulta esto muy violento hablamos del calor, nos tocamos las camisetas y nos vamos a un bar a que me cuentes tu penosa vida de policía y yo la mía como detective privado.

Señalé el coche rescatado y me encendí un cigarro. La brasa del pitillo partía en dos la nariz de Martínez. Me observaba con los ojos abiertos. En su rostro se podían apreciar un par de pequeños cortes. Martínez no sabía afeitarse. Algún día su mujer, su madre o su puta de club de carretera tendría que regalarle una maquinilla de afeitar.

-Vayamos al grano, Martínez. ¿Qué ha sucedido? -dije.
-Anoche este coche fue arrojado a los muelles del puerto. Testigos que paseaban por la alameda nos informaron que primero escucharon un disparo de bala y luego vieron precipitarse el coche al agua. Nada más.

Martínez se paró, y con su brazo derecho se frotó la frente. Al hacer el movimiento, quedó visible su placa de policía. Parecía estar tomando aire.

-¿Ya está? Los testigos oyen un disparo y luego observan un coche arrojándose al agua. ¿No hay algo que falta? No sé, alguien que empujara el coche hasta el borde, o un tío saliendo del automóvil antes de que este cayese al agua.
-Supongo que te refieres al asesino.
-Muy agudo, Martínez. Nadie sería capaz de dudar que eres inspector.
-Déjate de coñas, Rebollo. El asunto es que tenemos un coche arrojado al agua y un disparo. Los testigos no vieron a ninguna persona empujar el coche, ni salir del mismo.
-¿Y los cadáveres?
-¿Qué cadáveres?
-Los de la Guerra Civil, no te jode. Los muertos del coche, Martínez. Espabila, que hace calor y estoy empapado.
-No hay cadáveres. No hay asesino -dijo muy bajo-. Tan solo un coche arrojado al agua. El coche de uno de tus clientes, para ser más exactos.
-Esta mañana hablé por teléfono con mi cliente. Asegura estar en Santander estos días por motivos de trabajo.


Martínez apuntó la información en una libreta. Su letra me recordó a la mía cuando aprendía a escribir en la guardería.

-Rebollo, ¿puede tu cliente confirmar esta coartada?
-Sí. Telefoneé a su jefe, y está dispuesto a confirmar su historia. Él está limpio.
-¿Y su mujer?
-Mi cliente no está casado ni tiene amante, Rebollo. Sin embargo, tiene un hijo, de unos veinte años de edad, del que mi cliente no sabe nada.
-Deberíamos localizarlo.
-Ya lo ha intentado su padre. Dice que está su teléfono móvil apagado o fuera de cobertura.
-¿Y dónde crees que podría estar el chaval? -preguntó.
-Estará en algún after a estas horas, poniéndose hasta el culo de speed y cocaína.
-¿Su hijo es un drogadicto?
-No. Le sobra el dinero para malgastarlo -repliqué.

Martínez anotó mis palabras. Unía frases con flechas. De vez en cuando dibujaba un círculo, o subrayaba con pulso firme una palabra. Parecía un doctor recetando un jarabe para la tos. Dio unos cuantos toques a su libreta con el bolígrafo y me encañonó de nuevo con sus ojos de sapo.

-Cojonudo, Rebollo. Anoche, el coche de tu cliente se precipita al mar, unas personas escuchan un solo disparo de bala, tu cliente está en Santander y su hijo está desparecido. Cojonudo. ¿Pero sabes lo que es más cojonudo? Estos de blanco -señaló con el bolígrafo a los de la científica- han encontrado restos de pelos y de sangre adherida en uno de los asientos del coche. No son muchos, pero será suficiente para sacar el ADN de ellos.
-Entonces ha habido un asesinato, o al menos un intento de asesinato. ¿Y los buzos han encontrado algo?
-Tan solo basura y un par de cadáveres de gaviotas.
-¿Y la bala?
-No hemos encontrado ni el proyectil ni el casquillo por la zona.
-Los restos de sangre y pelos, ¿en qué asiento lo hallaron?
-En el del contuctor -contestó con disciplina Martínez-. Y si vas a preguntarme acerca de algún orificio de bala te diré que no hemos hallado ninguno. Las ventanillas de las puertas estaban bajadas; las cuatro.

Sentía la nuca arder como maderos secos en una hoguera. Hasta podía sentir el chasquido de mis músculos, retorciéndose por el sol. Martínez volvió a pasar la mano por la frente, de la que caían en cascada ríos de sudor. Era complicado todo aquello. Intente recrear la escena, pero sin muertos iba a ser complicado. Quizá un ajuste de cuentas, o un secuestro. Lo que estaba claro es que el hijo de mi cliente debía estar involucrado, bien como asesino, bien como víctima, bien como rehén.

-Martínez, ¿qué hipótesis tenéis?
-Es ambiguo, pero por el disparo y el hecho de haber lanzado el coche al mar, nos decantamos por un asesinato. Necesitaré que tu cliente se persone en la comisaría para hacerle la prueba del ADN y contrarrestar el resultado con el ADN hallado en el coche.
-Y esperarás que sea yo el que se lo comunique, ¿no? ¿Por qué cojones no lo habéis llamado a él?
-Porque ya lo hizo contigo. Además, necesitamos que venga a la comisaría para tomarle declaración.
-En este país hacemos todo como nos sale de los huevos.
-Rebollo, solo estamos autorizados para llamar cuando presentamos un informe en Comisaría de los hechos. Y es lo que estamos haciendo ahora mismo.

Un buque bufó a lo lejos.

-En fin. Es vuestro caso, es vuestro trabajo. El mío ya está hecho: llegar aquí, hablar contigo de mi cliente, confirmar que ese coche es el suyo y prometerte que intentaré ponerme en contacto con el hijo.
-Rebollo, nos vendría bien que nos echases una mano. Es tu cliente, y será más sencillo que consigas información a que lo hagamos nosotros. Estamos demasiado limitados.
-Yo también estoy limitado. ¿Qué ganaría yo con todo esto?
-El comisario estaría dispuesto a olvidar ciertas rencillas del pasado si colaboras con nosotros en este caso. Y seguro que alguna comisión te llevarías.

Ya está. Me tenían agarrado por los huevos. El pasado es como una mancha de vino. Cuesta arrancarla de la ropa, y por más que la laves nunca desaparece. Ser detective privado y llevarse bien con la policía es igual de complicado que casarte con una joven puritana y ganarse los afectos de su madre, igualmente puritana. El coche comenzaba a secarse, y sobre su chapa roja se estaban formando pequeños círculos grisáceos a causa del salitre

-Martínez, esto es un chantaje en toda regla.
-Míralo como quieras. Pero sería bueno que aceptaras a ayudarnos.
-No me queda más remedio.
-¿Es un sí?
-Es un “iros a la mierda, tú y el cabrón de tu comisario” -resoplé para apartarme el agua salada de los labios-. Dile a tu jefe que intentaré localizar al hijo. Pero la llamada a mi cliente la tenéis que hacer vosotros. No me seáis chapuzas, coño.
-De acuerdo: tú el hijo, nosotros el padre. Nos mantendremos en contacto.

Nos callamos. Martínez guardó su libreta en el bolsillo interior de la americana. Yo despegué los brazos del cuerpo. Me sentía empapado. El sol estaba golpeando duro. Algún turista nos estaría fotografiando desde el Castillo de Gibralfaro, como si fuésemos unos actores en una función lamentable. Me di la vuelta, y en los alrededores del Castillo no había nadie: demasiado calor para sus británicos sesos. Un coche, un disparo de bala y un hijo desaparecido; una panda de policías incompetentes, y yo, chorreando como un helado de crema en el desierto, junto a un caso complicado de resolver. Me dirigí al coche con la idea de llamar a mi cliente; el primer paso habría de ser conocer un poco el entorno de su hijo, para así poder localizarlo. Aunque tenía la intuición de que no lo hallaría, al menos con vida.

2 comentarios:

white dijo...

diálogos literarios, novela negra: cuando te pones, te pones y ese es un buen registro, (sirve para Javier, que supongo que será lo próximo y para ALfonso y por supuesto como inicio del proyecto)¿puedes pedir más?

Zorro dijo...

Bueno, hay que pulir esto un poco más, pero la idea ahí está :)

Era para la clase de Lit. y experiencia