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24 enero 2009

Vidas en Sueño - 41 (Lavanda)





Ayer cumplí treinta y cuatro años, razón por la que Sofía me invitó a cenar en su casa. Siempre fuimos muy buenos amigos. Desde pequeños. La vida fue marcándonos desvíos alternativos a la ruta, y aunque a veces uno cogiese un atajo, o el otro se tropezara con algo, siempre estábamos ahí. Ni sus novios ni mis barreras mellaron el cariño y la confianza. Recibí su llamada de felicitación de cumpleaños con la misma alegría que todas las anteriores; aquella mujer sacaba lo mejor de mí. Era mi infusión de valeriana favorita contra los nervios. Intercambiamos sucesos del día a día, alargamos la charla con alguna otra trivialidad y acordamos la hora de llegada a su casa.

Llegué puntual a la cita. Pulsé el timbre, y al cabo de medio minuto, precedido de una carrera atolondrada dentro del piso, Sofía abrió la puerta con tanta energía que el aire a mí alrededor se agitó. Y el aire batido trajo de vuelta su fragancia a lavanda, fresca, intensa, que me envolvió. Luego sentí en mis mejillas entumecidas por el frío de la ciudad el calor de sus labios, y correspondí al saludo recorriendo con el dorso de mi mano su cara, como a ella siempre le gustaba; lento, muy lento. La escuché sonreír. Me invitó a pasar y a esperar "unos minutillos de nada" en el salón mientras terminaba de vestirse.

Escuché sus pasos frenéticos alejarse. Ella comenzó a preguntarme qué tal había ido el día, cómo me encontraba; lo normal. Yo respondía a sus preguntas con monosílabos, más atento en acariciar los cojines del sofá. Adoraba aquel sofá. La habitación mantenía el olor a lavanda de su dueña, que junto con el tic-tac de un reloj parecían marcar el ritmo de vida de todo aquel que se sentase en el sofá. Sofía me dijo que me pusiera cómodo; me quité el abrigo. Tanteé con mis manos la mesa de enfrente; varias revistas, un teléfono móvil, y el mismo bol de caramelos de siempre. Cogí uno, y desenrollé el plástico que lo cubría sin prisa, evitando hacer ruido, como un niño al hacer travesuras. Me llevé el caramelo a la boca. Había acertado; fresa, mi favorito. Mi boca se llenaba de aquel sabor con un toque de menta, allá por donde iba el caramelo. Sentía derretirse en mi lengua, y el sabor dulce llenar todos los espacios.

Unos tacones anunciaban su vuelta al salón.

- Ya estoy lista - dijo Sofía con un resoplido.
- Debes estar preciosa. Como siempre.

Pasaron unos segundos en silencio. Noté su presencia acercarse. Se sentó al lado mío, y sentí una nueva ola de lavanda estrellándose contra mi acantilado.

- Gracias - dijo cogiéndome la mano - ¿Por qué eres tan mágico?
- Parece mentira que no lo sepas después de tanto tiempo - reí -, pero los magos ni las magias existen.
- Pues explícame cómo haces siempre para que sonría, por muy triste que esté.
- Porque es la forma más cómoda que tengo yo para ser feliz.

No era la primera vez que hablábamos con tan poético tono. Un prólogo de novela con intensa trama de amor, que ella quería entregarme y yo no permitía. Tiempo atrás confesó amarme, y desde entonces siempre he luchado por, ironías de la vida, abrirle los ojos y hacerle ver la realidad. Entonces ella juraba que no le importaba, que me quería. Y dudaba. Dudaba de todo y de nada, dándole vueltas a los sucesos y conversaciones como pequeñas bolas dentro de un bombo del bingo. Porque en el fondo el tacto de aquel sofá, el aroma de lavanda, su voz, sus besos en mi mejilla, y la forma de hacerme sentir bien era lo que adoraba.
Esta vez ella no me dijo que me quería, ni sacó ningún tema relacionado. Al oído me susurró "bueno, ahora tu regalo de cumpleaños". Escuché el bajar de una cremallera. Cogió mi mano, y como si ésta fuera un pincel, comenzó a recorrer el lienzo de su piel. Comenzó por la frente, las mejillas, las orejas, la nariz, el contorno de ojos y de labios, el cuello, los hombros, sus pechos, sus pezones, su vientre - que se contraía con vida propia en espasmos -, sus muslos, sus rodillas - redondas como bolas de billar -, sus pies. Su respiración iba subiendo a medida que mi mano bajaba guiada por la suya. "Acaríciame", me susurró al oído. No quise evitarlo. La acaricié como a ella le gustaba, lento, muy lento. Noté su respiración en mi rostro, y cuando besó mis labios el tic-tac del reloj parecía acelerarse. Sus labios eran esponjosos, cálidos, y húmedos. Noté su cuerpo contraerse como una culebra; eléctrico. Ahora sus manos jugaban con mi ropa. Me desabotonó con calma mi camisa, y noté la afilada hoja de carne de su lengua, empapando mi piel en su itinerario recto desde el ombligo hasta la barbilla, mientras con sus manos me aflojaba el cinturón.

Nos acariciamos, nos besamos, y sólo sentía calor. Lavanda y calor. Sobre el sofá que adoraba descubrí el cuerpo de mi amiga, que temblaba, que se imantaba al mío. Imposible de separar. La cena se debió enfriar, pero no nos importó. Sofía me hizo el mejor regalo; conocerla con el blanco de unas manos, no con el negro de mis ojos.

5 comentarios:

MuÑoNeS dijo...

Esto de leerlos después de darte la bendición no es bueno...

Que tal en el garito Friki?

Charles Bukowski, nacido con el nombre de Heinrich Karl Bukowski (Andernach, 16 de agosto de 1920 - Los Ángeles, 9 de marzo de 1994), fue un escritor y poeta estadounidense.

Anónimo dijo...

Los relatos con carga emocional.. son tu especialidad..

RCP

Alba dijo...

wowwww un relato erotico!!!!!!
me encantan!!!!
cierto lo que dice Anónimo... que los relatos con carga emocional son tu especialidad jejejeje
woow wooow wooowww me encanta Pablo!!!

lys dijo...

Es estupendo tener amigos así... de verdad, yo quiero uno que al terminar sólo me deje el papelito del caramelo en la mesa.

Bromas aparte es un relato de los que se sueñan en los cumples y a veces se cumplen.

Un beso, ZORRO.

Julio Verneciano dijo...

Lo más curioso de todo es el tic-tac del reloj, que aparece en dos momentos claves del relato.

Lo del caramelo, el aroma a lavanda,... acierto sobre acierto.

Muy buen relato erótico!!