
Cuando recobré el conocimiento estaba tumbado sobre una moqueta, rodeado de pedazos de carne y coágulos de sangre. Las paredes estaban salpicadas de aquel líquido viscoso, oscuro. Y allá donde miraba, cuerpos. Cuerpos mutilados. El tren estaba parado en lo que parecía un túnel, o quizá el mismísimo infierno; oscuridad a través de los ventanales del vagón, y absoluto silencio. Aquello parecía una tumba sobre raíles. Sobre mi mente un maremoto de dudas: ¿Qué había pasado? ¿Por qué el tren permanecía parado? ¿Quién o qué asesinó de tan cruel manera a aquellas personas?
¿Por qué tenía el presentimiento de ser el único superviviente?
Intenté en vano buscarle explicación alguna a lo ocurrido, mientras me reincorporaba. Recorrí el tren, vagón a vagón, y en todos lados el mismo espectáculo macabro, de sangre y carne. Una auténtica carnicería humana, cuyo dueño se debió despachar agusto. Llegué al principio del tren, a la locomotora, y tras verificar el estado de los cadáveres de los maquinistas, observé un brillo plateado - fino y ténue - a través del parabrisas. "Debe ser la salida del túnel, o el final de esta pesadilla", pensé, esperando que fuera lo segundo. Sin dudarlo, me apeé del tren de la muerte y me dirigí a la luz. Lo que parecía cercano se convirtió en más de quince minutos de caminata. El miedo me impedía mirar hacía atrás; quería eliminar de mi recuerdo aquellas fotos horribles y regresar al mundo real cuanto antes.
Y cuando por fin llegué a la salida del túnel, fui bañado por la luz que tanto tiempo en mi caminata estuve observando. Luna llena sobre cielo estrellado. Una noche perfecta. Me sentí aliviado por un instante, sólo por un instante, pues en pocos segundos di respuesta a todas mis dudas iniciales, cuando vi mi cuerpo agrandarse, cuando una especie de pelaje grueso y que quemaba como el fuego brotó por toda mi piel, cuando aullé de forma instintiva, cuando deseé volver a probar aquella deliciosa carne humana.