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28 enero 2008

Vidas en Sueño - 4 (Pasión de Chocolate)





El bullicio de gente, que atropelladamente se movía, en un carrusel de impulsos y precipitaciones, de un escaparate a otro, causó en Ángela sensación de agotamiento. Unido al estrés, decidió darse una tregua en el maligno mundo de las rebajas, y se dirigió a una cafetería, que a pesar de estar frecuentada, una podía pasar sin apretujones; incluso intuyó que era el único sitio posible para realizar una conversación sin tener que alzar la voz demasiado.

Dejó en una silla las bolsas de las diversas tiendas donde gastó su dinero, y se sentó en otra silla, justo enfrente de las bolsas, planteando un enfrentamiento ficticio, retando con la conciencia su manera caótica de comprar, y el poco ahorro que del dinero hacía. "Total, las rebajas no son todos los días", se atrevieron a susurrar las bolsas de plástico; Ángela las fulminó con la mirada, y girando el cuello dio por terminado el debate.

Al cabo de uno minutos un camarero se aproximó hasta su mesa. Era un chico joven, sudoroso y ligeramente tímido, aunque por su expresión facial era de esas personas que inspiraban confianza. Éste, siendo objeto de la mirada neutral de Ángela, se llevó la mano al pelo y lo echó hacia atrás. Después dejó entrever una sonrisa incómoda y esperó el pedido de su clienta.

- Me gustaría tomar un Ballantines con Sprite por favor - dijo con la mirada relajada hacia un punto indefinido del local
- Lo siento señorita, pero no servimos bebidas alcohólicas - contestó con un ligero temblor en la voz, como temiendo una bronca de un momento a otro.
- Pues menuda cafetería - resopló paciente -. Está bien, ¿y qué me aconsejas?
- Pues puede tomar café de cualquier tipo
- Saltémonos la lista de cafés. Otras sugerencias.
- Puede tomar un helado, son todos caseros.
- Creo que optaré por esa opción, me has convencido - y le guiñó un ojo cómplice -. Tráeme el que más te guste.
- A mí me gustan todos - se revolvió nervioso el muchacho, tembloroso, incómodo.
- Pues entonces tráeme el más caro.
- Está bien, le traeré el Banana Split.
- No tengo tanta hambre - se anticipó a la huida precipitada del camarero con el pedido -, mejor que sea el segundo más caro.
- Ok, "Pasión de chocolate", ¿se lo traigo? - dijo mientras jugueteaba con el bolígrafo y la libreta
- Sí, me gusta el nombre. Trae ése.

Mientras el helado llegaba, Ángela se atusó el pelo y se lo acarició por las puntas. Poco a poco la presión de las masas iba desapareciendo de su cabeza, y notaba sus músculos relajarse poco a poco. Estaba cómoda en aquel sitio, rodeado de humo y con voces y pisadas de fondo. Había logrado aislarse en un microuniverso de calma y de nada. Vio llegar al muchacho con el helado; a pesar de su nerviosismo, manejaba con pericia la bandeja, esquivando a niños-cohete, contorneándose a la hora de pasar por un sitio estrecho, y sin perder el pulso firma de su mano izquierda. Una vez llegado hasta la mesa, y con una sonrisa bastante calmada, dejó el helado en la mesa. "Que lo disfrute, y no deje que se enfríe el chocolate líquido", dejó escapar entre sus labios, en un evidente protocolo, y se dirigió a una mesa lejana a recoger otro pedido.

Una vez se fue, ella cogió la cuchara e hinco la misma en aquella masa enorme de helado de chocolate con una capa de chocolate líquido por encima. Inspeccionó con la vista el trozo, y se lo llevó a la boca. De pronto sus ojos se abrieron en una señal de alerta; ¡quemaba aquel chocolate líquido! Abrasó con delicadeza su paladar y su lengua, y los hizo más sensibles cuando la fría crema helada se mezcló, en una explosión de contrastes. Eran tan dulce aquel bocado, tan tierno, que al derretirse el helado en su boca notó una calidez en la misma, que relajó de improviso su mandíbula. Y el paso de la boca al esófago de aquella crema mezclada fue tan excitante que el corazón comenzó a bombear con fuerza; tanto que su mirada se perdió en un pasado risueño y alegre. Sus fosas nasales se dilataron, sus orejas se encendieron, y noto un creciente calor por el pecho, excitante, poderoso, maravilloso.

Miró aquel plato, e hinco la cuchara, relamiéndose como un niño hambriento al llegar de la escuela. Y de nuevo aquella experiencia se repitió. Se paró el tiempo, y no era capaz de distinguir el bullicio de sus propios suspiros encendidos. Se llevó la mano al pecho, para comprobar los látidos compulsivos de su corazón. "Qué me está pasando", dijo fascinada. Degustó con suma calma aquel nuevo bocado dulce, convirtiendo cada movimiento de la mandíbula en un paso de vals. Y otra, y otra cucharada, y el calor iba subiendo, y el calor-frío que aplicaba aquel helado acentuaba la sensación de relax. Desfogada en la causa, miró con pasión cada uno de los trozos que se llevaba a la boca. Sus labios, disfrazados de rojo carmín se apretaban con impaciencia cuando la cuchara estaba fuera de su boca, y se humedecían y dilataban cuando rozaban el metal de la cuchara y su contenido.

Aquella experiencia de placer escondido terminó con la última cucharada, pero sus papilas gustativas se habían aprendido de memoria aquel sabor, y aún habiendo terminado el helado, estos remitían aquel calor, aquel frío, aquella explosión, aquellos sentimientos encendidos.

Satisfecha consigo misma y con la magia del momento, sacó de su bolso un cigarro y se lo encendió como si fuera lo último que iba a hacer antes de caer desplomada al suelo del local. Dio una calada intensa, expulsando en un filo hilo el humo aspirado. Se recostó en la silla, y poco a poco fue notando cómo el riego sanguíneo volvía a la calma, cómo el zumbido en sus oídos menguaba, y cómo aquella esencia que la atrapó la iba liberando. Sin embargo en su rostro quedó impresa una sonrisa complacida. Una vez terminado el cigarrillo, llamó al camarero y le pagó, dejando una propina generosa.

Y con el vello erizado, las piernas relajadas, la frente alta, recogió las bolsas con energía y avanzó hacia el parking. Aún podía recordar aquella textura, aquellos contrastes, aquella pasión de chocolate.

1 comentario:

Alba dijo...

ufff,,, como me gustaría dusfrutar de cada bocado aunque fuera una milésima parte de lo que lo hace ella.
Se te echaba de menos... pero veo que la espera ha merecido la pena...