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14 enero 2008

Vidas en Sueño - 3 (Sueño de Luna)




Aroma de pólvora quemada fue lo primero que percibieron mis sentidos cuando salí a la calle a contemplar la madrugada del nuevo año. Decenas de petardos, cohetes, y alguna que otra bocina de aire a presión rellenaban la noche transitoria del 31 de diciembre al 1 de enero; noche despejada, de luna redonda y brillo plateado suave, aderezada con un mosaico de estrellas. A pesar de no haber movimiento de aire alguno podía sentir como la noche me abrazaba en secreto, con un suave balanceo, invitándome a fundirme con el enigma del universo a cambio de una simple contemplación del infinito.

Siempre fui un tipo solitario, asocial por convicción, amante de los anti-protocolos, despistado y caótico. No esperaba nada del mundo, no entendía el significado de la palabra cariño, y ni mucho menos esperaba alguien que me comprendiese. Disfrutaba de la noche como si fuera la primera vez, y no concebía la generosidad de compartir una noche. Sólo la Luna y yo, yo y la Luna; la plata y el acero, el acero y la plata. Era una coalición de mentalidad afrodisíaca. El resto sobraba.

Aún sentía en mi garganta las doce uvas ingeridas con celeridad, como un bloque de cemento que se resistía a ser pulverizado a gravilla. Curiosa tradición, la de empacharse en menos de 15 segundos con un racimo de 12 uvas. Siempre previsor, antes de las campanadas mi ración de uvas estaba escrupulosamente preparada, sin pepitas y sin pellejo; pero de comer lento y taimado, aquel momento estresante ponía a prueba mi sentido del humor muchas veces. Luego un brindis con sidra; varios brindis y muchos besos y abrazos opacos. Algún que otro matasuegras taladrando mi oído, y el incordio del programa televisivo post Campanadas, con el siempre incombustible Raphael y su piel al máximo estirada. Fue en ese momento cuando decidí salir a la calle, y felicitar a quién siempre ha estado junto a mí en la más profunda austeridad, y a su vez majestuosidad: felicitar a la noche y a la luna.

Faltaba una amiga, pero estaba lejos, reventando contra la fina arena experiencias de mil barcos, devolviendo a la tierra lo que el infinito desea compartir con nosotros, coleccionando pisadas temporales que por algo nacieron. Mi amiga no me necesita, pero me comprende, y yo sin embargo me quedo pasmado delante suya, dejando pasar horas. La mar, verde, azul, negra, gris, y esta noche de luna generosa, plateada, me dedicó en secreto su mejor aroma de sal y brisa marina; o eso al menos quise creer yo cuando hasta mí llegó lo que parecía su abrazo.

La gente pasaba frente a mí, abrazándose, besándose, mirándome con curiosidad y alegría de alcohol, y yo, con mi mirada proyectada a la oscura bóveda, viajaba con billete de ida y vuelta, como otras tantas noches, al brillo plateado, y me bañaba en él. Esos primeros minutos, como todos los años anteriores, los quería disfrutar con la noche, con la magia que muchos sabios aún no han logrado descifrar del todo. Aquel embrujo me arrancó una sonrisa torcida, angustiada y a la vez alegre; agridulce combinación de sentimientos estrellándose contra la estratosfera. El frío y un leve toque en mi hombro - de una persona anónima - me sacó del trance, y la luna prometió, como cada año, plata y solemnidad.

- Ha quedado muy buena noche - dijo aquella muchacha, que se había apartado del grupo de amigos con el que iba
- Sí, la verdad es que no nos podemos quejar - contesté con desgana.
- Por cierto, ¿tienes fuego? - preguntó al ver mi cigarrillo en la mano izquierda.

Saqué del bolsillo del abrigo un mechero, y extendiendo el brazo se lo ofrecí. Ella, con el cigarrillo en la boca lo aceptó con una sonrisa sincera y tras varios intentos logró hacer brasa con el cilindro cancerígeno. Dio una calada corta, expulsó el humo hacia un lado, y encontré su mirada; abierta, sincera, penetrante. Cinco segundos que pasaron como una eternidad; silencio forzado entre actos que nos supo cómodos, como si aquello fuera lógico. La observé con detenimiento, como el que se encuentra con el misterio, y poco a poco noté cierta inquietud interna; ojos brillantes y abiertos, melena morena suelta y generosa, tez ligeramente aceitunada, labios carnosos, nariz redondeada, vestido negro que se ajustaba perfectamente a sus piernas esbeltas, las cuales terminaban en unos tacones negros, brillantes y preciosos. Y escuchaba cómo alguien picaba granito en la cantera.

Luego di una calada a mi cigarro, manteniendo la mirada y una falsa calma, y ella rompió el silencio, devolviéndome el mechero.

- No me he presentado. Me llamo Alicia, no soy de este barrio, y también soy amante de la noche; como tú.
- ¿Bohemia?
- Simplemente lunera - y de su rostro moreno brotó una sonrisa amplia
- Yo me llamo Julio, soy de este barrio, odio a Raphael, echo de menos el mar, y además de la luna he encontrado un brillo mágico que no puedo dejar de mirar con gran interés.
- ¿Te refieres a mí?
- Tus amigos se empiezan a ir - dije, señalando hacia el grupo, que seguía con gran alborozo lanzando confetis. De repente, por un instante, me arrepentí de aquella respuesta.
- ¿No quieres contestarme? - dijo Alicia, clavando su mirada en mí, esperando alguna reacción, una timida sonrisa, un pestañeo.

No contesté, me quedé paralizado ante aquella pregunta, sabiendo que mi silencio confirmaba su teoría. Un sudor frío asomó por mi frente, cayendo por la misma en un filo hilo delatador. Aquella muchacha sonrió, y sacando un pañuelo del bolso, con una ternura que me erizó el vello, secó el sudor de mi frente. Podía sentir el vaho de su aliento, podía sentir su perfume, podía sentir el sabor de sus labios; podía sentir como mis principios estaban derrumbándose cuando la agarré del brazo, y la sentí estremecerse. Sus pupilas se dilataron, y las mías debían estar en ebullición. Otros diez segundos parados, en silencio, respirando entrecortadamente. Me acerqué a sus labios, carnosos y sabrosos, totalmente a la deriva de mis certidumbres; ella también se acercó. Dos rostros con unos pocos milímetros de separación; podía sentir perfectamente su respiración, nerviosa y agitada. Se me volvió a erizar el vello y se me tensaron todos los músculos del cuerpo cuando mis labios se fundieron con los suyos, en un baile de pasión y suspiros encendidos.

De pronto nos separamos, sin soltarnos del brazo. Cruce de miradas con aroma de sorpresa, batalla de sonrojos, y de nuevo otro beso. Se cayeron los cigarrillos al suelo cuando la agarré por la cintura y ella entrelazó sus brazos por mi nuca. No sé el tiempo que estuvimos besándonos, pero cuando terminamos aquel segundo beso, sus amigos se habían ido.

- Ven, vamos a bailar. Me apetece mucho - dijo Alicia con el rostro totalmente iluminado
- No sé bailar.
- Está bien, yo te enseño a bailar y tú me enseñas a contemplar la luna con el mismo cariño y pasión conque lo hacías antes - contestó con un guiño cómplice de su ojo.

Asentí, sorprendido conmigo mismo. "Besando a una chica, yendo a bailar, compartiendo la Luna; ¿en qué me estoy convirtiendo?", pensé para mis adentros, con cierto desasosiego, sin dejar de coger su mano derecha. Y como un eco, como un susurro extendido por una ligera brisa marina, hasta mis oídos llegó el canto de la Luna:

"En un soñador, te estás convirtiendo en un soñador"

2 comentarios:

Alba dijo...

Una forma mágica de empezar el año. Me ha encantado. Ya era hora de verte por aquí, se te echaba de menos.
Espero que pronto nos sorprendas con tus historias... son preciosas
Un beso

Zorro dijo...

Hola amiga cordobesa.

Pues sí, ya hacía tiempo que tenía esto descuidado...

Esperemos que con el 2008 sigamos dándole duro a la madriguera jejeje.

Un abrazo y feliz año nuevo!!