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07 enero 2011

Parpadeos - 52 (Buscando la nada)




Nadie, en varios kilómetros a la redonda, sabría decir su nombre. Había escapado de la ciudad, de su familia, de sus amigos y de sus enemigos. También de ella. Había huido para vivir en la soledad de una cabaña a los pies de una montaña y tan solo se acercaba al pueblo a comprar comida. Se sentía relajado, libre de culpa, anónimo.

En la cabaña existió un espejo, hasta que un día, desesperado, lo hizo añicos con un martillo. Cada vez que pasaba a su lado escuchaba su nombre, y eso le hacía recordar el color de la sangre que emanó por la cabeza de su mujer.

2 comentarios:

José Antonio del Pozo dijo...

Hola, sr Zorro: es lo que tienen los espejos, que con el tiempo no queda sino destrozarlos, como sabía bien una famosa madrastra.
Un abrazo, tío

Zorro dijo...

Cuánta razón tienes, amigo, como siempre.

Un gran abrazo