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17 noviembre 2010

Choped Madrid (Prólogo y 1)





Prólogo

El bocata de Nocilla que comí la noche anterior, no solo me atragantó si no que estuvo toda la noche repitiéndose.


1
Me desperté sobresaltado, con el ojo de un caracol gigante persiguiéndome por todo el dormitorio. Menos mal que las arañas de las esquinas acabaron con él. Casi lo hicieron conmigo. Yo no me había duchado. Llovía. Salió el sol. Llovían soles y vecinos alcohólicos que se estampaban contra el cemento. Todos gritaban, sobre todo los soles. Aquella letanía de puro agonizar me dejó seco, imberbe y sin bautizar, más aún cuando comprobé que iba a llegar tarde. Tarde en la mañana de Madrid, con un frío que pelaba hasta el mismo granito. Pero el caso es que llegaba tarde. Me tropecé con la concha del caracol, y me la puse de gorro camino del cuarto de baño. La alcachofa de la ducha estaba limpia, la bañera estaba limpia, los espejos relucientes, el cepillo de dientes a estrenar y las toallas olían a suavizante de rosas del Carrefour. Ducha caliente, densa, humeante, con mucha espuma de jabón; tanta espuma que hasta la raja del culo desapareció entre pompas traviesas. Limpio y aseado me puse el abrigo.

-¿A dónde vas ahora, Joe MacLindo? -gritó horrorizado el pájaro.
-donde me sale de los cojones.
-¿Desde cuándo te has vuelto grosero?
-Desde que hablo con animales.
-¿Por qué no me cambias el agua antes de irte? -dijo con tono de súplica, con su cresta amarilla bien erguida.
-¿Cómo quieres el agua, con gas o sin gas?
-Con gas: yo también quiero eructar.
-Bohemio.
-Soñador.
-Pajarraco.
-Adefesio.
-¿Por qué no te quedas y me acaricias un poco? -Agachó el cogote y sus ojillos negros apuntaron el fondo de la jaula. Me entraron ganas de meter el dedo entre las rendijas y tocarle con la yema, como a él le gustaba.
-Porque no me da tiempo. -Arrojé sobre la mesa un par de euros en monedas de cincuenta-. Toma, con esto te llega para comprar una botella.
-¿Y a dónde se supone que te vas? -suspiró-. Seguro que a coquetear con las palomas de El Retiro.
-Voy a una conferencia literaria.
-¿De quién?
-En principio de nadie: el conferenciante principal viaja mucho y no se dio cuenta que hoy tenía que estar en Madrid, así que ha presentado sus disculpas desde Alcobendas.
-¿Y el suplente? -Aleteó con tanta fuerza que tiró las flores que contenían un desgastado jarrón-. Porque todo el mundo sabe que en las conferencias siempre hay un conferenciante suplente, que desconferencia al desconferenciador, en este caso el de Alcobendas.
-El suplente declaró su amor hacia su madre y se fueron a celebrarlo a un restaurante japonés, de los caros.
-¿Entonces?
-Entonces me voy, no quiero llegar tarde y que la nada se sienta demasiado vacía. -Con la yema de los dedos acaricié su cabecita emplumada-. Hasta la noche.
-Siempre haces lo mismo. Adiós, Joe, adiós.

Me eché crema en las manos, boxeé con el otro yo del espejo (que se llama Filipo, era camboyano y soltaba unos ganchos de órdago) y me largué de aquella casa, de mi casa, del no hogar del pájaro. ¿O sí? Lo pensé hasta el primer peldaño de bajada a la calle. Continuaba el aguacero de vecinos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¿más que de la nocilla, no arrancará de la bolsa de vómito?
Hermi

Zorro dijo...

Si ese tipo ha escrito un libro de gilipolleces yo no voy a ser menos; con las ganas que tenía de hacerlo jajaja

No sé de dónde arranca, pero lo ha hecho. Será una buena distracción para el proyecto.