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26 febrero 2010

Vidas en Sueño - 60 (Números y mesas)




Desde la calle, en plena pendiente hacia abajo tomando el camino desde la boca del metro de Alfonso XIII, el edificio de la oficina de empleo se mezcla con los de alrededor: fachada gris, austera y con amplios ventanales. En la puerta de entrada se arremolinan varios tipos que fuman con pulso tembloroso, como si estuvieran en la sala de espera de un quirófano. Un tipo con su abrigo negro pasa a través de ellos, como si lo hiciera por un trigal. Todos miran al suelo, sosteniendo en la otra mano libre carpetas. Sobre el suelo, un mosaico de colillas pisoteadas y un charco mugriento. Las puertas son rojas, y también están igual de sucias que el suelo. Una carpeta blanca sin elásticos, que arrastra a un tipo de abrigo oscuro, tira de ella.

Al tirar se escucha un rechinar, lento y prolongado, como si se estuviese abriendo la puerta de entrada de una mansión abandonada y siniestra. El tipo observa la reacción de la parroquia. Nadie ha girado el cuello. Decenas de personas están sentadas en una única fila de asientos, como si fuesen golondrinas a lo largo de un cable de teléfono en alguna carretera comarcal. Rostros serios, cejas tensas, repiquetear aislado de zapatos llenos de polvo, respiraciones acompañadas de suspiros, abrigos sin desabrochar; más carpetas sobre muslos. Los hay ancianos y jóvenes; inmigrantes y españoles; tullidos y atletas con brillantina en el pelo; sin embargo, nadie lleva traje, ni zapatos de tacón. Se escucha el sonido del tecleo en varias mesas, y de vez en cuando, como grillos desganados, el chirrido sordo de un timbre, que avisa del número siguiente y a qué mesa ha de acudir. La carpeta blanca está confundida, desorientada; para ella todo aquello es nuevo, aunque se alegra de ver más carpetas, de muchos otros colores, compartiendo aquel sitio con ella. Resuena por todo la estancia la melodía de la última canción de Shakira a través de un teléfono móvil. Una mujer latina, rellena y cuyos pies no llegan a tocar el suelo, saca el aparato de su bolso, arrastrando el sonido metálico de sus pulseras plateadas. Un tipo apoyado sobre una de las columnas de la sala chasquea la lengua y cambia de postura, con la mirada puesta en el cartel luminoso que anuncia el siguiente número. Vuelve a crepitar la puerta, y asoman dos mujeres; van juntas y ninguna de las dos hablan. Se dirigen a un mostrador, y sin mediar palabra recogen un papel que les da la administrativa. Todo está pactado entre ellas.

En el ambiente se confunde el olor a sudor con el tufo a tabaco y a vino de garrafa. No se aprecia ningún perfume; parece como si la parroquia intentase pasar desapercibida. De nuevo la puerta se queja: un individuo en muletas empuja con el pie sano la puerta. Nadie, ni tan siquiera el vigilante de seguridad, le ayuda a cruzar el umbral. El hombre sostiene con la boca su carpeta azul. Parecen estar todos narcotizados, o haberse vuelto subnormales al acceder al recinto. Al otro lado de la hilera de asientos hay ocho mesas con ordenador; tres de ellas están ocupadas. El tipo de la carpeta blanca se planta bajo el cuadrado de una baldosa y como si fuese un explorador intenta enfocar dónde acudir para arreglar la gestión que haya venido a hacer allí. Al fondo, unas escaleras rojas, por las que desciende una pareja, que discute sin mirarse a los ojos. No hay relojes, y las paredes están repletas de anuncios con ofertas de empleo y de cursos; algunas de ellas están amarillentas y crujientes.

Me acerco a contemplar uno de los folletos: “¿Desea trabajar y tener una carrera de futuro, con expectativas? Hágase trabajador del aeropuerto”. El papel tiene en la parte de abajo impresa la fecha del 2007, tres años atrás del actual. Echo un vistazo rápido, con mi carpeta blanca sin elásticos apretada contra el pecho. Estoy perdido, no sé a qué mesa dirigirme o qué hacer. Me aproximo hacia la mesa del vigilante de seguridad, que observa cómo llego hasta él.

―Perdone, ¿para pedir el subsidio por desempleo?
―Diríjase a la planta de arriba, y coja número allí. Ya le explicarán qué pasos seguir.

No ha dudado en la respuesta y ha sido conciso. Ese hombre debe llevar muchos años respondiendo la misma pregunta. Me despido de él con un gesto de la mano y un “gracias”, y subo a la planta de arriba. Desde ahí observo la fila de golondrinas, aburridas y somnolientas, y el croar de las máquinas que anuncian el siguiente número en ser despachado. Me giro: asientos con golondrinas y una trabajadora ocupando una de las seis mesas disponibles en la sala. Cojo número de una máquina, tras intentar averiguar qué letra de espera hay que coger. Mi número es el 91, y el cartel anuncia el 78. Toca esperar. Intento leer algo, jugar con el móvil, ¡lo que sea! No me concentro, ni me distraigo. Seguramente esto tiene que ser así: hacer que la espera sea una agonía para no venir muchas veces a dar por culo al personal. Pasan los minutos, como una losa de granito sobre una fosa de cementerio; tan lentos pasan que no dejo de consultar la hora de mi teléfono móvil. Los segundos son minutos; los minutos, crujir de puerta y toses aburridas. El timbre suena de nuevo, y destella mi número; me levanto como un resorte y sonrío. Me encamino hasta la mesa de la administrativa. A ninguno de los que esperamos nos hizo falta consultar qué mesa tocaba. Las otras cinco seguían vacías.

―Buenos días, venía a pedir el subsidio por desempleo.
―¿Está usted dado de alta en la lista del paro?
―Pues no.
―Pues debería estarlo para pedir el subsidio ―replica la mujer atenta al monitor―. Déjeme el DNI, por favor.
Le extiendo el carnet. La mujer me observa un instante.
―No sabía que tenía que darme de alta en el paro antes. Suponía que se hacía todo en el mismo momento.
―No ―escupe a la pantalla―. En esta mesa le daré de alta y le generaré la demanda de empleo.
―¿Y el subsidio?
―Eso no es aquí.
―¿Y dónde se supone que es?
―Tiene que bajar ―estira el brazo sin apartar la vista del monitor― y sacar número para la mesa A. Ahí le entregarán unos papeles que tiene que rellenar usted. Pero antes ha de ir a recepción y pedir el resguardo ―sigue tecleando― que justo ahora mismo voy a enviar para imprimir.
―Cuánto follón, ¿no?
―Esto ha sido así desde siempre.

La mujer termina de teclear los datos de mi DNI. Me devuelve la tarjeta y pulsa el botón para llamar al siguiente. Le doy las gracias y me dirijo a la ventanilla de recepción. Al llegar he de guardar cola. Delante mía, cinco personas con sus carpetas y sus abrigos atornillados al cuerpo. “¡Alfredo Marini!¡Alfredo Marini!”, oigo gritar mi nombre a la de la mesa de recepción. Me da vergüenza identificarme delante de toda aquella chusma anestesiada. Me adelanto y cojo el papel que me extiende la secretaria. Le doy las gracias, pero no se escucha, porque ya está berrando otros nombres por la sala, acallando a la puerta oxidada. Me acerco hasta la máquina expendedora de pérdida de tiempo, y cojo billete de espera para la mesa A.

Aguantando los treinta números que me preceden para la mesa A, me uno a la hilera de golondrinas. Tengo el A―068. Intento de nuevo leer algo. No puedo. Imposible. Tengo ganas de salir huyendo, de dar un grito y mandar a la mierda a todos esos imbéciles sentados en sus mesas, con sus cuarenta minutos de desayuno incluidos. Seguro que alguna de estas almas en pena se unen a mi aullar. Giro el cuello de un lado hacia el otro y decido salir a la calle a fumarme un pitillo, o el paquete entero. A la vuelta solo han avanzado cinco números. Sigo esperando, y manoseo mi carpeta blanca sin elásticos, donde va el certificado de despido y el papel de la liquidación firmado. El grillo anuncia mi número. Me incorporo del asiento y a ritmo de procesión llego hasta la mesa. La señorita que me atiende da golpes a la mesa con el capuchón de su bolígrafo.

―Buenos días, venía a pedir el subsidio por desempleo.
―Muy bien, ¿me deja su DNI y el certificado de despido de la empresa?

Se los doy en el mismo orden que me ha pedido las cosas. Teclea con velocidad, concentrada en la pantalla, hechizada por ella. Alarga el brazo hacia la cajonera y saca una carpeta verde con el escudo del Estado y lo deja caer entre ella y yo.

―Ahora tiene que rellenar esto, firmar aquí, y aquí, y aquí, aquí no, y aquí también. Y cuando lo haya hecho se va a esa otra sala ―encañona con el capuchón del bolígrafo una de las puertas del fondo― y coge número para que le atiendan.
―¿Más mesas?
―Oiga, yo no soy la que ha organizado esta oficina así.
―Esto es un mareo.
―Ya solo le queda esperar ahí.
―Está bien. Gracias.

Ella no tiene la culpa de la organización ridícula de su empresa estatal. Me dedica una sonrisa fugaz y dirige nuevamente la vista al mural de golondrinas bajo entramado amarillento de anuncios caducados. Con el capuchón del bolígrafo picando la mesa de nuevo pulsa el timbre para llamar al A―069. Me encamino a la nueva sala. ¡Más asientos negros, más payasos esperando su turno, más carpetas sobre los muslos, más mesas para funcionarios vacíos, y tan solo dos personas atendiendo! Pulso el botón: el número B―123. Sobre el monitor, se señala el B―087. Salgo a la calle para buscar un bar y tomarme un par de cervezas, y quién sabe, fumar hasta escupir trozos de pulmón.

Al cabo de veinte minutos regreso a la sala. Observo el monitor: faltan quince números aún. ¡No me da la gana sentarme! Salgo al descansillo a fumar. Tras tres cigarros y la garganta un poco irritada me reintegro en el nido de los cuervos. Faltan cinco números. Cuatro. Tres. Dos. Ahora se nos ha colado una señora que iba a preguntar algo y al final se ha terminado sentando. Uno. ¡Mi turno! Dos un puñetazo a mi carpeta blanca sin elásticos. Me levanto y no dejo opción a que otro capullo se pueda colar.

―Buenos días, venía a pedir el subsidio por desempleo.
―¿Trae el papel de demanda de empleo, el certificado de baja de la empresa, el DNI y el impreso relleno que le han debido dar en la mesa A?
―Sí ―digo con ilusión, y le extiendo todos los papelajos.
―Muy bien, muy bien ―va revisando las hojas―. Aquí le falta poner su número de la Seguridad Social y firmarme esta otra hoja. Lo demás está correcto.
―Se lo relleno en un momento.

La administrativa sujeta con una mano la montura de sus gafas, y con la otra observa cómo escribo en el casillero del número de afiliado de la Seguridad Social.

―Tome.
―Gracias.
―Madre mía la de papeleo que hay que hacer para pedir el subsidio.
―Esto no lo hemos organizado nosotras ―sonríe―, pero no se apure, porque ya en esta mesa acaba la gestión.
―¡Aleluya!
―Ahora vamos a ver si la empresa le ha dado de baja.

La mujer está tecleando. ¡Pues claro que estoy dado de baja, imbécil! Si no, ¿qué puñetas hago aquí? La mujer arquea las cejas, endurece el rostro.

―¡Vaya, pues aquí veo que su empresa anterior aún no le ha dado de baja!
―¿Cómo que no me ha dado de baja? Si me dieron el papel hace un par de días.
―Ya, pero tienen cinco días de plazo para formalizar su baja.
―¿Y entonces qué hago?
―Nada, tiene que esperar a que le den de baja, y cuando se lo confirmen viene usted y completamos el proceso.
―¿Tengo que volver a pasar por todos esos sitios?
―No, no hace falta que haga de nuevo la demanda de empleo. Pero deberá ir a que le den otro impreso en la mesa A, y completar el proceso aquí, en la mesa B.

Consulto el reloj, calculo cuándo entré en la oficina esta mañana. Llevo cuatro horas, y en cuatro horas nadie me ha dicho que aún no estoy dado de baja en la empresa. Cuatro horas desperdiciadas entre toda esa basura de pajarracos ausentes y oficinistas grises, en un lunes de mierda, lluvioso y frío.

En la mesa B, un tipo con abrigo negro abre la carpeta blanca sin tirantes y mete los papeles con el certificado de despido de la empresa, la demanda de empleo y el impreso para la solicitud de subsidio por desempleo. Se reincorpora de su asiento y da las gracias a la señorita que le ha atendido. Suena el timbre que llama al próximo. Apenas lleva unos metros recorridos, el individuo de abrigo negro se detiene. Abre su carpeta blanca sin elásticos, y coge el impreso para la solicitud de subsidio por desempleo. Lo rasga, y se mete en la boca un pedazo. Lo mastica y lo traga. A través de su nuez se intuye la lija del folio arañar su garganta. Repite el proceso, pedazo a pedazo, hasta que sus manos solo sostienen una carpeta blanca sin elásticos.

3 comentarios:

MuÑoNeS dijo...

Por fín pude ponerme al día y leer todo lo atrasado.

Me gusta la línea del texto. De la "ilusión" de ir al INEM a la malahostia cuando sales, aunque esperaba un final más "sangriento" ;)

Zorro dijo...

Tenía que buscar un final que huyese de lo previsible, que es precisamente, liarse a hostias jajaja.

Ejercicio narrativo y tal ya sabes jajaja

white dijo...

Me parece uno de tus mejores relatos, siento la indigestión.
Has dado un gran paso, en serio, me gusta muchísimo. Besos.