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01 marzo 2008

Vidas en Sueño - 7 (Empatía)




Habían pasado más de las ocho de la tarde cuando irrumpí con estrépito en el bar La Esquina de Auckland, bajo la atenta mirada de la parroquia, que por unos instantes salió del embobamiento del partido de fútbol televisado para fijar sus ojos bovinos en mí. Aquel sitio se escapaba del prototipo de local puramente español; no había mesas atestadas de jubilados hundidos en frenéticas partidas de tute o de dominó, ni una nube de humo producido por los puros, ni mucho menos el olor perenne a fritanga y a cerveza desparramada en el suelo. Cierto es que conservaba cierto aire patriótico, pero sin pasar a los extremos de lo casposo ni de lo altamente sofisticado. Era un bar normal, y quizá por eso me gustaba tanto. Su principal característica era un amplio ventanal, el cual cubría todo el lateral, en paralelo con la barra, en esos momentos atestada de forofos y pasionarios.

Tras efectuar un rápido oteo en busca de una cara conocida me acerqué a saludar al camarero de siempre, un tipo divertido y muy mujeriego. Chocamos la mano como dos viejos amigos, y guiñándome un ojo me sirvió un botellín de cerveza. La fuerza de la costumbre evitaba protocolos tales como "dame un botellín". Le pregunté con desinterés acerca del resultado de fútbol, e intentando controlar el tiempo, a la vez que le escuchaba alguna anécdota de mujeres y fiestas - por lo visto relacionada con el 0-2 que reflejaba el marcador del encuentro - , escudriñé más a fondo el local, hasta que fui consciente de un par de luceros azules clavados en mí.

Era Rodolfo, y aquélla - mirada directa y endurecida, acompañada por una sonrisa torcida, y hombros echados hacia atrás - su manera de reprocharme la tardanza. No dejé pasar un segundo más, y me dirigí hacia la mesa donde estaba sentado mi amigo. Desde el primer día que pisé la ciudad por primera vez, hacía ya trece años, él y yo hicimos muy buenas migas, derivando en una profunda y gran amistad. Su rostro de buena persona, su mirada transparente, su sonrisa, y el cómo conducía las conversaciones - con humor y naturalidad - provocaban un nivel de carisma muy alto sobre su persona. Físicamente no era gran cosa, pero sabía usar muy bien sus armas dialécticas, y acompañarlas con gestos de ternura y cariño; pocas eran las personas que le podían negar su confianza.

"Vaya horitas de llegar, compañero", dijo mientras señalaba el reloj de la pared. "Lo siento, me liaron a última hora en el trabajo", mentí. Luego estuvimos hablando sobre el trabajo de cada uno, Claudia - su novia -, la familia del policía que le multó por aparcar en zona de carga y descarga, y otros temas que ambos sabíamos eran el preludio del verdadero motivo por el que le convoqué aquella tarde de invierno en el bar La Esquina de Auckland. Quería agradecer a mi modo su amistad incondicional hablando de temas más profanos y divertidos mientras nos tomábamos nuestras cervezas. Aprovechó para enseñarme un par de fotos de su sobrino - del cual se sentía profundamente orgulloso - , y tras elogiar al chaval, mi amigo me regaló su mejor sonrisa; me sentí reconfortado.

Tras un breve silencio, en el que ambos nos habíamos quedado siguiendo el partido de fútbol, y que me sirvió para estructurar un poco lo que quería contarle, rompí el silencio existente. He de reconocer que nunca fui bueno contando las cosas tristes y negativas que en mi vida pasaban, pero poco a poco le relaté mi pena, huérfana de confidentes. Repasé todos los motivos y presentimientos, que llevaron a mi ya exnovia Laura a romper la relación, y sin poder remediarlo mi sonrisa de maniquí se fue transformando en un rostro frío y apagado. Recordar todo aquello de nuevo estaba resultando bastante amargo, y en todo momento me acompañaba un nudo en la garganta, que más de una vez me hizo tartamudear. Rodolfo adoptó un gesto preocupado, y en varios momentos suspiró con angustia implícita; había pasado de una sonrisa cálida y mirada brillante a contemplar con los párpados caídos y labios apretados la superficie de la mesa. Realmente le estaba viendo sufrir, y eso hizo que mi historia se impregnara con un grado más de desamparo. También le conté cómo lloraba todas las noches hasta conciliar el sueño, entre ataques de hipo y congestión nasal; y no pude obviar el estado desastroso en el que se encontraba mi ánimo, mi felicidad, y sobre todo mi corazón. No podía soportar aquella mirada ausente, e intenté relajarme mirando a través del ventanal varias veces, pausando y acelerando la historia; y en ningún momento él dejaba de escucharme. Al cabo de unos diez minutos, y ya con mi boca seca de tanto hablar, di por finalizado mi desahogo, y pedí otro par de botellines.

Fueron unos segundos eternos los que pasaron desde que paré de hablar hasta que levantó la mirada y enfocó mi rostro. Su mano izquierda apretó con firmeza mi contrapuesta derecha, y dejó escapar un suspiro que hablaba por sí solo. Más que la frase, fue el tono empleado en la misma lo que me hizo tambalear: "No sabes cómo lo siento, no lo sabes. Sabes que no tienes un amigo, tienes un hermano, para lo bueno... y también para lo malo". Se levantó de la mesa, y con gesto abatido recogió las dos cervezas, las pagó, y se volvió a sentar frente a mí. Apenas volvimos a hablar del tema, y noté que a él también le flaqueaban las fuerzas para sonreír; no pude evitar sentirme culpable por dejarle en tal estado.

Acabó el partido, y decidimos irnos a nuestras respectivas casas. Nos despedimos del camarero, y agradeciendo el no tener qué explicar el porqué de nuestros rostros, salimos del bar. De nuevo un nudo de angustia se había alojado en mi garganta cuando sentí el cálido abrazo de apoyo de mi amigo Rodolfo. No dijimos nada como despedida; hoy no era el día adecuado para absurdos chistes. Nos miramos, y descubrí parte de mi pena alojada en sus pupilas, por lo que le di una palmada de afecto en el cuello, y alzándose el cuello dio media vuelta y se fue hacia el lado contrario, arrastrando los pies. No necesité verle el rostro para saber, que como a mí también me estaba pasando, por sus mejillas recorrían, dolorosas, un par de lágrimas.

3 comentarios:

Alba dijo...

Qué bonito es tener amigos así y poder compartir con ellos momentos como ese, sabiendo que, al final... podrías obtener una respuesta acertada.
Desde luego, como no éstas "vidas en sueño" me están encantando. Si algún día publicas una recopilación de todas ellas, desde lo tendré entre mis manos. Eso si; con una firmita no? jajajajaajaja

Zorro dijo...

Alba, muchísimas gracias por tu comentario, y ten en cuenta que te firmaré y te dedicaré un libro si llego a publicar alguno jejeje.

Besos guapa

Alba dijo...

no habia visto tu comentario hasta hoy...
mi msn es: nenika1989@hotmail.com
Un besote...
ah y gracias por lo del libro jajajaja
Besos!!