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27 octubre 2009

Vidas en sueño - 50 (Limonada)




A través de los pequeños agujeros de la puerta, en su refugio, observa a Sofía: está sentada en uno de los bancos de la iglesia junto a un grupo de niños, tocando la guitarra. Todos cantan sin coordinación, pero sus voces infantiles rebosan entusiasmo e inocencia. Están ensayando para la misa del domingo; es el coro infantil, y Sofía su catequista. Sofía. Su pelo rizado y castaño derramado por los hombros, su blusa azul celeste, sus ojos negros, su nariz fina y alargada, y aquella sonrisa de labios estirados tan peculiar le envolvían, le hacían sentir bien; quizá demasiado bien.
Se santigua y con las yemas de sus dedos acaricia el crucifijo que lleva sobre su toga, esperando que el tacto con la madera áspera le dé FUERZAS para desviar la atención y volver a sus oraciones. ¡No puede espiarla! No de ese modo... ¡ni de ese modo ni de ninguno!... ¿o sí? Incertidumbre. El Padre Camino alza la cabeza, y contempla el techo del confesionario; quiere traspasarlo con sus ojos, y llegar hasta Él, hasta Dios, y poner su mirada a juicio, descargar su conciencia, sus fantasías, sus temores y sus dudas. Desea encontrar el consuelo que nadie puede darle. Siente un bombeo de sangre frenético, el sudor recorrer su frente. Se escuchan voces de niños que se alejan hasta silenciarse la iglesia. Le llega un olor intenso a incienso. No necesita volver a escrutarla a través del enrejado para saber que aquellos pasos tan marcados que se acercan pertenecen a Sofía. Es coja. Agacha la cabeza, encoge los hombros, une sus manos, y con un hilo de voz suplica fuerza. Nota la garganta arder.

El Padre Camino llevaba unos tres años viviendo en aquel pueblo, los mismos desde que el obispo le ungió con aceite, le mandó tumbarse en el suelo, y le bendijo como pastor del Señor. Llegó ilusionado, con una maleta pequeña rebosante de ideas buenas, y con la ansiedad del novato por hacer bien su trabajo. Desde pequeño supo cuál era su vocación, sentía en su interior la necesidad de ayudar al prójimo, de ser un apoyo para el necesitado, de ser brújula de almas. Se granjeó el cariño y respeto de los parroquianos con relativa facilidad. Eran personas humildes, algo brutas pero con muy buen corazón. Tenían una fe inquebrantable, sabían escuchar, le pedían consejo, mostraban sus emociones sin tapujos y se dejaban consolar como si fuesen niños dóciles: le hacían sentir útil y necesario. Un par de meses después de su llegada, Sofía empezó como catequista de un grupo de chavales. Ella era de allí. Terminados sus estudios universitarios, vino de la capital para quedarse una temporada indefinida; quería ayudar a los vecinos, implicarse en las cosas del pueblo, en su gente. Desde el primer día que les presentaron, el Padre Camino siempre la vio sonriente, y esa sonrisa le contagió.

Se llevaban un par de años de diferencia. Tenían caracteres distintos, sin embargo se complementaban con suma facilidad: la seriedad del cura la contrarrestaba el optimismo de la catequista, y el espíritu inmaduro de una lo arrebujaba el otro. Unidos por el amor a la vida, poco a poco fueron indagando más el uno sobre el otro, adentrando con paso firme en sus parcelas remotas. De este modo, empezaron a compartir sus vidas: ella le acompañó al campo a por musgo para el belén de la parroquia, él no soltó en ningún instante su mano durante el velatorio de su madre, ella compuso una canción dedicada a él y se la hizo cantar a los niños en una de las misas, él la sacó a bailar en la verbena del pueblo, ella le enseñó a tocar la guitarra, él latín, ella le cuidó cuando tuvo gripe, él solía repetir que su cojera era hermosa, que ella era hermosa. Limaron complejos, despellejaron sus pieles. La gente del pueblo nunca habló acerca de aquella relación si no era para elogiarlos, por todo lo que hacían por ellos; les pusieron un mote a cada uno: Pedro y Heidi.

Pero hasta la confianza tiene su molde, que si se descuida en el horno se resquebraja, y explota. Una tarde de verano Sofía le invitó a una limonada en su casa. Había sido un día muy caluroso, así que la invitación fue aceptada con un SÍ rotundo. Cuando el Padre Camino llegó a su casa, ella le hizo pasar, y le invitó a sentarse en una silla del patio interior, rodeado de jazmines, de damas de noche, de rosas y de lavanda. Cuando regresó de la cocina traía una jarra de cristal, a través de la cual se apreciaban los trozos de limón, la pulpa flotando entre hielo y agua. Y le sirvió un vaso. Él se lo llevó a sus labios, y dio un sorbo largo, saboreando el limón, el azúcar, sintiendo el frío del hielo en sus dientes. “Sofía, esta limonada sabe a Gloria Bendita. ¡Eres Gloria Bendita!”, le dijo, y ella tartamudeó al agradecérselo. Daban pequeños sorbos a sus limonadas sin dejar de mirarse a los ojos, y sonreían; bebían del néctar de sus pupilas. Bebieron su vaso cada uno, y al servir otra ronda, Sofía derramó un poco de limonada sobre la sotana del sacerdote. Se ruborizó, pidió disculpas como si fuese una metralleta y salió apresurada a por trapos limpios. Él se rió; se sentía feliz, extremadamente feliz. Se sentía eufórico. Ella regresó con varios paños, y le empezó a secar la sotana; él, se los intentó quitar y le rogó con una sonrisa, inclinando el cuerpo, que le dejase de limpiar. Entonces sus rizos acariciaron la frente del Padre Camino; fueron unos segundos que retumbaron en sus oídos como el tambor de una procesión. Su corazón le golpeaba con violencia el pecho, su respiración se entrecortó. ¡No pudo evitarlo! El Padre Camino acarició su mejilla, y recorrió con la punta de los dedos su rostro: su frente, sus cejas, su nariz, sus labios. Estaban calientes, húmedos, esponjosos. La respiración de Sofía calentaba su piel; era profunda. Juntaron sus bocas, saborearon la saliva del otro. Se abrazaron. Volvieron a besarse, y con las manos fueron dibujando tantas horas de felicidad juntos. Disfrazaron sus jadeos con el tintineo de los hielos en la jarra de limonada, ahogaron el fuego de sus vientres bajo decenas de macetas con jazmines, damas de noche, rosas y lavanda. Él lamió la miel de sus pechos, ella acarició su sexo bajo la sotana negra. Se amaron toda la tarde, dejaron a sus cuerpos gritar, estremecerse, intercambiar el sudor de una calurosa tarde de verano.

Sofía se está aproximando, y él aprieta con más fuerza sus manos. Pide ayuda, suplica consejo. Lleva un par de semanas evitándola, ¡necesita saber primero a quién amar! ¡A qué amar! No quiere seguir bebiendo el cáliz de vino y agua, creyendo que bebe limonada.

4 comentarios:

Marcos Ortega dijo...

vaya vaya de q me suena esto?? jejeje no leerías este relato el martes en alguna clase??? jejeje me sigue gustando mucho ;)

Alba dijo...

no entiendo el celibato de la iglesia... Pero mejor que el cura deje la iglesia y se siga tirando a la coja... ¡¡¡que disfrute de la vida...!! jajajajaja
En fin,... me vuelvo a mis cosas, ya me vuelvo....
Estio... cuando me ibas a secuestrar en un sitio más bonito???

white dijo...

vaya foto, el caso es que a mí también me suena, ¿qué raro?
besitos

white dijo...

Esto lo he oído yo en algún lado, no sé, me suena, me suena, me suena...