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24 septiembre 2009

Vidas en sueño - 49 (Desbloqueo)




Tras terminar la tercera lata de cerveza, y arrojarla al suelo, miré la pantalla del ordenador, y volví a afrontar mi realidad: llevaba meses sin escribir. No me surgían las ideas, estaba en blanco, y lo que empezó siendo una anécdota poco a poco se tornó en agobio. Mis ojos seguían escrutando el mundo, se detenían ante cualquier acontecimiento mínimo, pero nada hacía saltar esa chispa que precedía a la euforia posterior. Esas ganas de dar brincos por las calles, de besar toda frente que se pusiera por delante, de gritar "¡gracias!" al cielo, llevaban mucho tiempo sin aflorar. El líquido restante de la lata empezó a manchar el suelo, gota a gota, gota a gota, gota a gota… Se me durmió el culo de estar sentado frente al ordenador portátil. Las paredes seguían siendo blancas, y fuera, en la calle, todo era negro; plena madrugada.

Suspiré...
...
...

¿Suspiré? ¿Pero qué clase de demostración de frustración es ésa? Un suspiro, como si con ello desatara un huracán... un suspiro no es agresivo, las guerras no se hacen con suspiros. ¿Se imaginan una guerra dónde sólo se disparasen suspiros? Sería estúpido, irreal, digno de inmolación masiva. Sería igual de absurdo si en lugar de mandar cañonazos al frente enemigo, se pusiese la banda sonora de Titánic...

Retomo la narración. No suspiré, porque regresé al pasado y en lugar de eso decidí sacar el pescuezo fuera de la ventana del salón y gritar fuerte: "¡¡ME CAGO EN LA OSTIA PUTA, COÑO!!". Un par de vagabundos me observaron desde sus cajas de cartón, como si esperaran que me lanzase desde donde estaba. Me observaban sin pestañear, uno de ellos con el cartón de vino entre sus manos. El pájaro pió. Fui a la cocina y cogí otra lata de cerveza. La abrí, y regresé al salón, para hundirme en el sofá. Observé las paredes, como un sargento pasando revista a su escuadrón de soldados. Eran lisas, blancas, sin manchas… sin tan siquiera un maldito cuadro. Un desierto con forma de cubo, con una lámpara de dos focos de luz colgando del techo. Puse cualquier canal al azar, me daba igual. Sólo quería escuchar algo antes de volverme loco. Los contrastes de luz que salían del aparato envolvieron la habitación; parecía una discoteca. De madrugada, pusieras el canal que pusieras sólo había publicidad de objetos raros: una máquina que medía la tensión, una barra que se sujetaba con ventosas donde fuera, una crema que quitaba grasas abdominales... incluso un falo de goma con vibrador y un manual titulado "Las 1000 posturas del onanista". Llegué a la conclusión que el ser humano cada vez daba más muestras de subnormalidad. Le di un trago largo a mi cerveza.

Pasé un tiempo indeterminado en la misma posición, pero cada vez con más latas de cerveza, vacías y dobladas, a mí alrededor. Mi mente estaba en blanco, se resistía a concentrarse con las chorradas que se vendían. Fuera comencé a escuchar a los dos vagabundos discutir entre sí. Les arrojé una lata vacía del suelo, sin moverme del sofá. Escuché un golpe metálico, seco; luego, sus amenazas de muerte. El pájaro volvió a piar. Le lancé otra lata a él, y empezó a revolotear como un epiléptico por toda la jaula.

-¡¡Cállate, coño, que no son horas para dar por culo!!


No sabía la hora exacta, el reloj de mesa estaba sin pilas, y el de pulsera me lo robaron la semana pasada. Vivía de forma atemporal, guiado por el día y la noche. Así que yo determinaba el tiempo. Y para mí, a esas horas, los pájaros debían dormir y soñar con niños sonrientes que le daban alpiste en la mano. Es lo que quedaba al animal, conformarse con fantasías y resignarse a compartir un salón de paredes blancas con una especie de escritor, borracho y trasnochado. Picoteó la barra de madera donde se agarraba, y se quedó quieto de perfil, con su ojo negro fijo en mí. Sus plumas eran grises, y su cresta amarilla; bajo sus ojos, una mancha roja, como si se sintiese avergonzado de algo. Continuó en la misma posición, sin moverse; solemne. Me respetaba, a pesar de haberle lanzado una lata a su jaula; si hubiera ocurrido al revés –él agresor, yo víctima-, le hubiera desplumado y arrojado por la ventana. Observé la ventana. Siempre la tenía abierta de par en par, con la persiana subida. Me gustaba el sol de la mañana, el aire refrescándolo todo, y la posibilidad de poder arrojar una lata o un escupitajo cuando me placiese. A lo mejor algún día acabaría saltando yo también a través de ella; no quería descartar posibilidades. Sin embargo, tuve una asociación de ideas que me desconcertó: desde que vivía en aquel piso destartalado la ventana permanecía abierta, y llevaba sin escribir desde que me mudé. ¡Entonces por la ventana se escapaban mis inspiraciones! Todo se escapaba por ahí…

Me levanté de un brinco del sofá, como si me hubiese dado una descarga eléctrica. Con el cambio brusco de postura me mareé hasta casi perder el equilibrio. Iba borracho. Me abalancé sobre la ventana y la corrí hacia la derecha con todas mis fuerzas. Se cerró con un fuerte golpe, y los cristales vibraron. Los vagabundos se habían incorporado de sus cartones, y hacían aspavientos hacia mi posición. Tuve la impresión que serían capaces de subir a matarme si no estuviesen tan borrachos como yo. El pájaro volvió a piar y a revolotear como un endemoniado. Me di la vuelta y me acerqué hasta su sitio.

-Un puto vasito de leche y a dormir, pequeño bastardo -le dije con un ritmo cantarín, y la nariz aplastada entre dos barrotes.

Vertí el resto de mi lata sobre el animal, como si escanciase sidra. Inteligente el pollo, no dejaba de moverse, y eso dificultó el baño. Luego, le metí en un armario; le había encerrado. A veces me daban ganas de reventarlo contra la pared; al menos ésta ganaría algo de colorido. Volví a la cocina a por otra cerveza. Empezaba a ver falos de goma colgados del techo; alargados y poliformes falos de muchos colores. Era como estar en un sex-shop para marujas infieles. Decidí no divagar más, y volví a mi actividad inicial; beber y pensar en blanco, como mis tristes paredes del salón. Justo en ese momento un tipo gordo y sudoroso sonreía sosteniendo en su mano izquierda un cuchillo enorme. Llevaba el típico gorro de chef, y una ridícula rama de perejil sobresalía por su oreja derecha. Otro anuncio más. Sin embargo parecía entretenido; me llamó la atención. El individuo empezó a cortar y despedazar con su cuchillo decenas de cosas, comentando qué partía, y cuánto le costaba hacerlo –nada-. Hablaba como un borracho, tragándose letras, con una lentitud exasperante, balbuceando. Comenzó con tomates y cebollas, y fue subiendo de dificultad hasta cortar una barra de hierro. ¡¡Partió en dos una JODIDA BARRA DE HIERRO!! La gente aplaudía con fuerza, incluso silbaba, como si acabara de interpretar una opereta aquel bollo grasiento con bigote. La mesa estaba perdida con restos de todo tipo. La hoja de perejil permanecía inamovible en su oreja gelatinosa.


Un cuchillo... porquerías partidas en dos... voz de alcohólico… una posible vida lamentable… ¡¡COÑO!!¡¡Tuve un momento de inspiración!! Me emocioné, y me entraron ganas de cagar. Era la señal inequívoca que precedía a una buena idea. Sentado en el retrete, empujando al vacío, todo empezó a moverse; las imágenes se fueron concatenando como un puzzle, y aquello empezaba a tener vida. Me apreté con fuerza las sienes, hasta doler; quería estar concentrado. Una vez cagué me dirigí a la mesa y abrí el ordenador. Abrí una hoja en blanco de mi procesador de textos; la misma maldita hoja en blanco que me estuvo persiguiendo tantos días.

-Jódete pájaro, ahora me toca a mí hacer ruido
-Pi piiiiii piiiii –se escuchaba su trino traspasar las puertas del armario.
-… ¡Jódete pájaro! –arrojé contra el armario lo primero que tenía a mano sobre la mesa; un bolígrafo.
Di un par de giros a mis muñecas. Crujieron y sonaron como el cemento seco en una hormigonera. Terminé lo que quedaba de cerveza y la lancé contra el cristal de la ventana.

-¡Joderos vagabundos, tengo una idea!

Escribí sobre el mismo individuo del anuncio del cuchillo; le describí, sin obviar la ridícula rama de perejil y sus dedos cremosos. Le pinté sudoroso, con un impertinente ronquido que producía al reír. Le puse en escena, en ese mismo escenario, frente a un público que le aplaudía bajo las órdenes de un regidor. Una vez terminó el rodaje del anuncio, el jefe le llamó a su despacho. Una vez ahí, le extendió un cheque y una carta. Le acaba de despedir. ¿Razones? Por ejemplo, por ser alcohólico… en el anuncio se le notó que estaba borracho, y no era la primera vez que sucedía. Éste, agachó la cabeza, se enjugó el sudor de su frente, se puso el abrigo, recogió el cheque y salió del despacho de aquel tipejo dando un portazo. Se fue directo a un bar. Comenzó a encadenar un whisky tras otro, y al séptimo notó un bulto en el bolsillo de su cazadora de pana: ¡llevaba el cuchillo del anuncio! Siguió bebiendo, y cuando cerraron el bar se subió a su coche y condujo dirección a su casa. Había pagado sus consumiciones con el cheque. A mitad de camino, un coche de policía le dio el alto. El agente rodeó su coche, escupió, y le hizo la prueba del alcoholímetro. Dio positivo, y el policía procedió a detenerle. Llevaba una cantidad absurda de alcohol en su cuerpo. Eso era un delito castigado con cárcel. El gordo, borracho, tuvo una idea, macabra; extrajo del bolsillo el cuchillo y le clavó la hoja entera en el cuello. Extrajo la hoja, y el poli empezó a sangrar como un surtidor de riego sin control. Decidió terminar la faena decapitándole. Se desplomó el cuerpo del agente en la cuneta, como un pelele, con la cabeza rodando a su antojo cuesta abajo. Arrancó el motor y sin limpiarse la sangre fue hacia su casa. Al llegar observó aparcado otro coche distinto al de su esposa. ¡Era el del hijo de puta que se la follaba cuando él no estaba! Su mujer era una zorra, y él se dedicaba a mirar a otro lado. ¡Pero aquella noche él tenía el poder! Comenzó a reír a carcajadas. Entró en la casa con el cuchillo desenvainado; comenzó a partir en dos todo lo que encontraba a su paso: el jarrón que reposaba sobre el mueble de la entrada, su propio abrigo, al perro, un par de puertas, y así hasta llegar al dormitorio, donde encontraba a su mujer con otro. Hizo un montón de ruido. "¿Éste es tu marido... el que anuncia cuchillos?", decía con un hilo de voz el extraño, tapándose la sabana hasta los ojos, temblando como si fuera gelatina. Tenía el pelo echado hacia atrás con brillantina. Su mujer le miraba con ojos muy abiertos. La habitación atufaba a sudor y a loción de afeitado barata. El gordo apestaba a whisky. El hombre de la brillantina se levantó; estaba desnudo. Era delgado, pero con los músculos bien marcados.
Se acercó al gordo, con las palmas de las manos levantadas y con ligero tartamudeo le pidió disculpas. "No es lo que parece, amigo". A pesar de su borrachera, el gordo balanceó hacia un lado su cuerpo, y como un muelle, se lanzó al otro extremo como una centella; de un tajo rápido y limpio le cercenó el miembro. El de la brillantina aulló, y con los ojos muy abiertos empezó a correr despavorido.
Salió en estampida de la habitación, y al poco tiempo se escuchó una consecución de golpes sordos; seguramente se había desnucado al intentar bajar las escaleras. Quedaba su mujer, la zorra que le engañaba con un tipo delgado, y él, el gordo, fracasado y alcohólico. La mujer intentó huir. Él se cruzó en su camino, la cogió por las muñecas, y dibujó un arco en el aire con el arma; le amputó la pierna derecha por debajo de la rodilla. Se desplomó en el suelo y chilló de dolor. No cesaba de golpear con los puños el aire. Sangraba como una cerda. El gordo se quedó contemplando cómo su mujer se desangraba. Se enjugó el sudor de su frente con la manga de su camisa, ensangrentada, y al hacer el movimiento de brazo, de su oreja se desprendió la hoja de perejil. Tomó asiento, y observó en silencio su agonía. El suelo del dormitorio estaba encharcado con sangre de infieles; sobre la capa viscosa y ocre, una ramita de perejil.
Una vez se cercioró de que estaba muerta, el gordo se dio media vuelta y salió del dormitorio, rumbo a la cocina. La sangre del suelo se había empezado a secar, por lo que sus zapatos se pegaban al líquido viscoso, dificultando el paso. Bajó por las escaleras y ahí vio al tipo de la brillantina con el cuello roto, y aún manando sangre por su entrepierna. Decidió cortarle la cabellera. Sería su trofeo. Llegó a la cocina y se puso un whisky. Sobre la encimera, reposaba el cuero cabelludo del amante. Llamó a la policía y lo confesó todo, con mucha calma, como si encargase la compra por teléfono en un supermercado. Mientras llegaban, apuró la botella de whisky. A medida que vaciaba la botella hizo un balance de su experiencia con el cuchillo. Había cortado todo lo que quiso cortar con aquella herramienta. Con el dedo repasó su filo; se cortó, y del dedo mano una gota enorme de sangre. Lo había cortado todo. Todo salvo una cosa, a él mismo. ¿Podría cortar algo indestructible? Cuando llegaron los agentes de policía a la casa, muchos de ellos vomitaron. Aparte del tipo de la escalera -sin cabellera ni miembro-, del perro partido en dos, y de la mujer sin una pierna -recubierta de sangre reseca-, sobre la mesa de la cocina, tumbado boca arriba, yacía el cuerpo del gordo, con una profunda incisión realizada desde la barbilla hasta el culo; a través de ella asomaba una capa densa de sangre, huesos, trozos de carne, y una especie de gelatina azulada. Eran sus intestinos, y se deslizaban poco a poco hacia el suelo. Clavado en su corazón, hasta el fondo, el cuchillo.

Una vez terminé el boceto, me encendí un cigarro, y recliné hacia atrás mi asiento, con los brazos apoyados en la nuca. Di una profunda calada al pitillo, mientras releía el escrito, saboreando cada palabra. Joder con el gordo del anuncio, no pensé que me fuese a dar tanto juego; había presenciado accidentes de tráfico, robos, peleas, había contemplado escenas de la vida cotidiana, incluso fantaseado con mujeres que veía en el metro.... pero nada... tuvo que venir un subnormal a partir cebollas y barras de hierro por la tele para motivarme. Aplasté el pitillo sobre la mesa, y chasqué mis dedos crujiendo los nudillos, tanto en una mano como en la otra, y viceversa. Supongo que tardé un par de horas más en corregir fallos y mejorar el relato.

Apagué el ordenador portátil, y en lugar de suspirar de satisfacción, grité algo, como un desahogo, y me serví otra cerveza. Era la última, y luego me iría a dormir. Ya era bastante. Me asomé a la ventana. ¡COÑO CON LOS VAGABUNDOS! Estaban empujándose, dándose puñetazos... una auténtica pelea de marginados sociales; pura supervivencia. Las hostias volaban de un lado al otro. Decidí ver cómo acababa el combate; habría apostado toda mi fortuna por el más alto de los dos. Se le veía más ágil y robusto. Éste mismo, en un momento del combate, sacó de su bolsillo un objeto brillante y alargado. Aplasté la cara en el cristal de la ventana. ¿Qué coño era? ... no se veía bien del todo... ¡Era un machete! Aquel vagabundo tenía un jodido machete en la mano, y con él comenzó a sesgar trozos de ropa y carne al otro desgraciado. Dejó de ofrecer resistencia en unos pocos minutos, y cayó fulminado sobre la acera de la calle, en mitad del haz de luz de una farola parpadeante. Hubiera ganado la apuesta. Éste, limpió con el abrigo del cadáver la hoja del machete, lo volvió a ocultar entre sus ropas, y salió huyendo de la escena.

Me quedé un rato observando el cuerpo inerte del vagabundo troceado, hasta que escuché de fondo ruido de sirenas. Me aparté de la ventana y me dirigí a la cama.

Antes de quedarme dormido, rebobiné en mi cabeza parte de la noche, hasta donde el alcohol me dejó recuperar memoria. Había presenciado un crimen, pero no fue eso lo que me llamó la atención, si no la posibilidad de que aquel anuncio de cuchillos hubiera despertado en todos la misma inspiración de despedazar y partir la vida en dos.

3 comentarios:

fefedi7 dijo...

Vaya historia!! Enhorabuena!! Sabes, no es por peloteo ni nada, pero son las únicas historias que no leo solamente, cada vez que leo una es como si estuviera viendo una película. Si tuviera la habilidad de dibujar lo que me pasa por la mente no ibas a tener ilustraciones de tus historias! Un abrazo!

Zorro dijo...

Felipillo!!

Muchas gracias por tus palabras amigo, y me alegro que veas las escenas tan claras.

Sigue practicando con el Photoshop, que ya sabes quién hará cierta contraportada ^^

white dijo...

Cada vez que sacas tu ingenio de la madriguera me parto de risa, ya tenía agujetas desde esta mañana con la vieja del bar y ahora es que creen que me he vuelto majara, riendo y riendo sin parar y eso que con tanta sangre... Jejejeje, un placer leerte. Sigo.