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21 noviembre 2012

Parpadeos - 91 (Mañana)




Abrió la tapa del contenedor y depositó dentro la bolsa de basura con torpeza. La cerró y fue consciente de que se le había olvidado, nuevamente, tirar las cartas de Carlos. “Mañana, sin falta”, prometió en un susurro.

17 noviembre 2012

Parpadeos - 90 (Conversaciones en el vagón)





En uno de los vagones, de forma espontánea, empezaron a hablar todos con todos; desconocidos entre sí. Se escuchaban risas, frases tiernas, despedidas con miradas lacónicas al abandonar el vagón.

Luego, al llegar a sus casas, abrían un libro y se fundían en su lectura, sin saludar. Hubo quien se puso los auriculares para aislarse; el resto, se sentaba frente a la ventana del salón contemplando el anochecer. Mientras tanto, sus parejas y familiares mendigaban conversación desde el pasillo.

28 octubre 2012

Parpadeos - 89 (Los retrasos de la Parca)




“¡A la cola, como todo el mundo!”, le había gritado la enfermera de recepción. La Parca se sentó en un banco frío de la sala de urgencias, un poco confundida por todo aquello. ¿Desde cuándo tenía que esperar ella? Además, solo quería saber la habitación de un paciente terminal.

Dejó la guadaña apoyada sobre la pared, y de entre las mangas de su túnica negra asomaron sus manos de hueso. Se las frotaba de forma impulsiva; también, de vez en cuando, echaba un ojo a su reloj de arena que marcaba las horas de todos los tiempos.

Parpadeos - 88 (Flores de hospital)





“Los martes no puedo venir —me dijo—, tengo psicoterapia”. Tampoco podía los miércoles porque iba a unos cursos de cocina japonesa; los jueves, taller de teatro con las compañeras de oficina; el viernes yoga y el lunes más de lo mismo. Quedaban los sábados y los domingos, pero Tania los fines de semana se enclaustraba en su piso y se hundía en el sofá, ora para tragarse varias películas románticas ora para leerse una de aquellas novelas que tenían más valor como contrapeso en una grúa.

Así, pasaron los días sin que pudiera venir al hospital. Tan solo me acompañaba en la habitación un jarro con flores, que cuidadosamente colocaba cada tres o cuatro días la enfermera del pasillo en mi mesilla. Gracias al aroma de las rosas, de los claveles, de los gladiolos y de las margaritas se enmascaraba el fuerte olor a lejía y a orín. Era la única persona que venía a verme, a contemplar a un hombre de cincuenta años incapaz de mover siquiera un dedo de la mano. Traía flores por lástima, lo tenía claro, pero el simple hecho que pasara unos minutos a mi lado compensaba el resto del día.

Semanas que fueron meses y años. Tania no daba señales de vida, pero no me importaba porque había una mujer que me ponía flores en mi mesilla todos los días. Sus dedos regordetes, aquellas mejillas hinchadas y los ojos pequeños. Nunca supe su nombre, pero quizá el haberlo sabido habría dotado de realidad todo aquello; yo solo quería vivir en un sueño y despertar de un brinco.

Cumplía cinco años en el hospital cuando apareció Tania. Había cambiado mucho, tanto que hasta estaba embarazada; el padre, el psicoterapeuta de los martes. Recuerdo que cuando me dio la noticia entraba mi enfermera y, con gran disimulo, me dejó un jarrón repleto de rosas rojas y margaritas. Tania se pensó que la sonreía a ella.

24 octubre 2012

Parpadeos - 87 (Expectativas de futuro)




De la rutina insípida de su oficina, pocas expectativas de futuro se dibujaban. Sin embargo, aquella mañana de miércoles algo olía a chamusquina; más concretamente, a papel quemado. Marcos observó el enjambre de cabecitas que asomaban por encima de los departamentos y que empezaban a mirarle fijamente, incluso con alguna que otra boca abierta; sabía que aquel futuro monótono iba a cambiar en cuanto su jefe viese de dónde procedía el humo. ¿Los informes urgentes para antes de las dos y que estaban ardiendo en la papelera? Bueno, aquello no formaba parte de sus expectativas.

14 octubre 2012

Parpadeos - 86 (Entre amigos)





De corazón y científicamente y todo lo que tú quieras, Tomás, pero si te tiras por esa ventana no vas a recuperar el amor de tu mujer. Sí, soy tu mejor amigo; por eso estoy diciéndote que no te tires, que lo único que vas a conseguir es empeorarlo todo. No es la solución.

Aunque, visto por otro lado, si te tiras lo mismo se acelera el maldito proceso de divorcio.

Parpadeos - 85 (¿Bailas, peonza?)





"Baila, baila, peonza", susurra el niño en el patio interior de un bloque de pisos. Alza su cabeza y sus ojos grandes enfocan la ventana del salón de su casa, en un quinto: hay dos sombras que se mueven de un lado hacia el otro de un modo agitado, como casi todas las tardes. A través de la ventana se escuchan las voces de sus padres: siempre están enfadados. "¿Bailas, peonza?", dice el niño regresando a su juego. Con los dedos un poco entumecidos por el frío vuelve a enrollar el cordel alrededor de la peonza y la tira al suelo. "¡He dicho que bailes, peonza!", grita el niño y de su boca sale el vaho. Nota su nariz helada. La peonza no baila y el niño la lanza hacia la ventana de su piso, donde se siguen escuchando los gritos de sus padres.

10 octubre 2012

Parpadeos - 84 (Demora)





Bernard se levantó de la cama despacio. Echó un vistazo a su mujer, que dormía boca abajo con una pierna fuera de las sábanas, y luego miró el despertador: demasiado tarde.

El tráfico de aquella mañana había sido más intenso de lo normal. Obviamente, llegó con mucho retraso y el jefe le volvió a recordar lo importante que era llegar a tiempo.

Por la noche, su mujer le esperaba en la cocina; estaba cenando, y al plato intacto de su marido. Bernard hizo el intento de abrazarla para pedir disculpas por la tardanza, pero su mujer se zafó del abrazo y le miró a los ojos. Estaba llorando y le tembló la voz mientras le decía que la relación se terminaba. Bernard intentó hacerla cambiar de opinión, pero estaba más atento a las manecillas del reloj: se había pasado su hora de acostarse.

03 junio 2012

Parpadeos - 83 (Dieta saludable)





“Además, el pollo rebozado siempre humea demasiado, amigos. Por todas estas razones les recomiendo que se lo hagan a la plancha con unos tomatitos. Y ya saben: coman frutas y verduras, beban mucha agua, tomen leche de soja y condimenten lo imprescindible con sal del Himalaya. Y todo hervido, que conserva mejor las propiedades”.

Julio apaga el televisor y el salón se queda a oscuras. En la soledad, recordando aquellas discusiones por culpa del colesterol, añora la coliflor, la merluza hervida y las otras porquerías. Su mujer se llevó la olla express y la sal del Himalaya.

28 mayo 2012

Parpadeos - 82 (Camino al altar)




Solo cuando ve a la novia salir del coche, Bernardo se da cuenta de lo mayor que se ha hecho su hija. Le ofrece el brazo derecho y su hija lo toma con dulzura. Frente a ellos, la escalinata que los llevará ante el novio, ante los invitados, ante Dios y ante el futuro. Bernardo procura no caerse en la subida, ya que sus piernas se niegan a obedecer, su cabeza tiran hacia atrás: el cambio de pañales, sus primeros pasos, cuando empezó la universidad, la primera vez que trajo a su chico a casa para cenar. Los pasos que llevan al altar son desiguales: su hija avanza con cierta precipitación; él, lento, arrastrando todas aquellas imágenes. Dios casará, el novio agarra la mano de su hija y, tras unos minutos que fueron eternos, Bernardo sonríe aliviado a su otra hija, la cual pide a su madre que le ajuste el moño.

04 mayo 2012

Parpadeos - 81 (La reina en su castillo)





―Ese maravilloso viaje que le habían prometido, madre, es una estafa ―dije con suavidad.

Ella se levantó de la silla y miró a través del ventanal, con sus manos huesudas apoyadas en el cristal. Le temblaban los brazos y no pudo contener las lágrimas. No me gustaba que mi madre llorara; una herencia malgastada en viajes y caprichitos, tampoco. Me acerqué e intenté abrazarla como hizo mi padre tantas y tantas veces, al tiempo que, con mi mejor sonrisa fingida, añadí:

―Madre, ¿para qué quiere irse usted sola por ahí? En la residencia la tratan como a una reina y no necesita pasaporte para salir al patio.

10 abril 2012

Parpadeos - 80 (Rumores)




Numerosas familias del pueblo pudieron escuchar rumores, pero todas se encargaron de quitarle hierro al asunto. Formaron una piña y decidieron seguir en silencio ignorando aquello. Al cabo de los meses, los rumores se extendieron por todo el pueblo y no había nadie que no los hubiera escuchado ya. Algunos callaron para toda la eternidad; otros, muy asustados ante lo nuevo, trataron de plantar cara. Nadie era capaz de comprenderlo. Sin embargo, el alcalde, un hombre que siempre supo mantener la calma en tiempos de crisis, fue el único que recordó el aciago pasado y entendió por qué el futuro vino a romper la tranquilidad del pueblo.

08 abril 2012

Parpadeos - 79 (Pasatiempos millonarios)




Con nuestro mecánico de confianza, en un Jaguar de 1973, viajamos dos meses por toda España. Y no porque aquel tipo de aliento infernal nos cayese simpático, si no porque solo él sabía arreglarlo en caso de avería; a razón de doscientos euros diarios, claro. El Jaguar lo merecía y con tanto millón nos aburrimos siempre. Cuando el coche nos dejó tirados, camino de Antequera, el mecánico hizo lo imposible por solucionarlo. Ahora, viajamos en un Mercedes descapotable hacia la Costa del Sol buscando a otro sustituto, de confianza, que le huela menos el aliento.

10 febrero 2012

Parpadeos - 78 (Doble pago)




Se dibuja una sonrisa mellada tras el cristal empañado del restaurante: le hago señas para que entre y se sienta frente a mí sin perder la expresión.

-¿Qué ha descubierto, señor Beretti? -me pregunta con un hilo de voz.

Dejo de lado las trivialidades y extraigo el sobre del bolsillo del abrigo. El mellado abre el sobre y contempla con gesto serio las fotos: ya no sonríe y yo lo agradezco. Mientras me paga el servicio, recuerdo la cara que puso su mujer cuando le enseñé estas mismas fotos y fijé un precio por mi silencio.

10 enero 2012

Parpadeos - 77 (Embargo)




Al Diablo no le quedó otra que recoger los trastos y observar cómo los del banco le embargaban su hogar: un palacio hecho de fuego, sangre, gritos sin retorno. El Diablo se resistía a volver la vista su padrera y fue el agente de embargos el que le sacó de la ensoñación ofreciéndole su estilográfica.

-Eche una firma y todo este jaleo habrá terminado, caballero.
-Está bien. ¿Firmo esta otra hoja?
-Sí, por favor -contestó el funcionario-. He de agradecerle su colaboración en todo momento: ya no queda gente igual.

El Diablo iba a contestarle con un chiste fácil, pero no estaba el horno para bollos y, de tanto que sudaba por debajo del traje de franela, temió que el agente acabara deshidratándose. Devolvió la estilográfica, se atusó la perilla y, esta vez sí, le respondió con aquella voz de macho cabrío, de Señor de las Tinieblas, de encantador de serpientes:

-Realmente ya no queda gente para nada. Aquí -señaló el Infierno con indiferencia-, solo llegan pecadores.
-¿Quiere decir que la Humanidad se ha vuelto pacífica?

El Diablo mostró sus afilados colmillos mientras se reía.

-Para pecar hace falta una tentación; para que haya una tentación, acceso fácil a lo poderoso, a lo lujurioso y, sobre todo, al dinero. Diga, sin opción al dinero, ¿quién vive de deseos?

El agente se secó con un pañuelo el sudor de su frente, sin perder atención a lo que el Diablo contaba. Su silencio era la única respuesta inteligente. El Diablo volvió a reír, cogió su maleta de piel de cabra y, antes de emprender el camino a otro olvido sin amenaza de deshaucio, se despidió del agente como a él solo le gustaba hacerlo:

"Solo llegan pecadores al Infierno,
y ustedes manejan el poder, la lujuría y el dinero.
Que me aspen si sus almas, al morir, no firman conmigo el ingreso."

29 noviembre 2011

Parpadeos - 76 (Espejismo)




Y nada más existió hasta el próximo tren: los niños alegres volvieron a sus chozas dejando miles de flores tiradas por la calzada, la banda de música regresó a la cárcel, los coches se escondieron en los garajes y alguien apagó las farolas. El pueblo quedó en penumbra y en silencio.

31 octubre 2011

Parpadeos - 75 (Correr hacia atrás)




Como tantas veces había hecho de niño, Álvaro correteó por el camino junto al estanque de El Retiro, echó migas de pan duro a los patos y juntó monedas con ansia para comprarse una nube de algodón. Lo había decidido en la oficina, después de darse cuenta de todas las carreras que se había dado sobre el suelo enmoquetado de su empresa, por no sé qué historias de su jefe.

El pelo cano y las ojeras se disimulaban con su sonrisa; los tacones de sus mocasines hacian un sonido peculiar al golpear el asfalto. En el parque, la gente debería tomarlo por un perturbado. No obstante, Álvaro, con el nudo de su corbata perfectamente colocado, quería revivir aquellas tardes en las que nada importaba salvo disfrutar del parque. Eso y que estaba harto de su rutina laboral. Mientras Álvaro correteaba bajo las acacias, hubo quien se giró y le dedicó una de esas miradas que dejan pringue de otras épocas.

27 octubre 2011

Parpadeos - 74 (La máquina)




El jefe echa sus treinta céntimos en la máquina, que comienza su ritual de ruidos, y hace su selección. Al rato, el jefe se da cuenta que no lo pidió becario.

14 octubre 2011

Parpadeos - 73 (Maldita impuntualidad)




No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento, aunque se había prometido a sí misma, como última voluntad, que no lo haría. ¿Una anciana, con tanta clase como ella, inquieta por una cita? Ni que fuese una quinceañera. ¡Maldita Parca y su desorganización! Tendría que haberse ido en la cama del hospital, junto a sus hijos y nietos, pero la Muerte tenía otros compromisos más urgentes y lo tuvo que aplazar. ¡Maldita sea! La anciana se roció un poco de perfume de rosas por el cuello, atrajo hacia sí el bolso con sus arrugadas manos y refunfuñó por aquella impuntualidad.

09 octubre 2011

Parpadeos - 72 (Hora prohibida)




El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral de su piso entre las ocho y las nueve de la tarde. Ese era el acuerdo. Martina le había amenazado con abandonarlo si alguna vez incumplía. El comandante quería mucho a su mujer y, quizá por amor, quizá por miedo a la soledad, trató de olvidar las infidelidades de su mujer. Siguió haciendo su vida normal: un jefe exigente y tirano dentro de los muros del Vaticano, un marido callado y mustio dentro de las paredes de su casa.

Sus sentimientos y su forma de comportarse no le sonaron convincentes al comisario cuando le interrogó. Sobre la mesa, las fotos de su mujer y del amante muertos. El comandante se sentía vacío. Observaba el rostro desencajado de su mujer y le surgió una pregunta del mismo sitio donde arrojó su tristeza años atrás: ¿qué haría a partir de ahora, entre las ocho y las nueve de la tarde?