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25 marzo 2009

Vidas en Sueño - 46 (Ascensor gaucho)





Querida madre,

Tal y como te prometí hace una semana te escribo esta carta para contarte cómo fue la presentación de mi libro. Me hubiera encantado que hubieras podido venir, pero entiendo que tantos miles de kilómetros se hacían imposibles. No esperes que me centre en describirte el ruido de aplausos protocolarios de todos aquellos que se hacían llamar críticos, ni del cocktail de recepción —que por cierto, dejaba bastante que desear—, ni mucho menos los elogios huecos que mi editor escupió por la boca en el acto. No, todo aquello pasó a un segundo plano. Un camarero argentino se encargó de hacer de aquella tarde una de las que no se olvidan jamás. Sé que lo que te voy a contar seguramente no te agrade, incluso que me respondas sobre lo que es correcto o no, pero eres mi madre, y la seguridad de la carta me da valentía para desahogarme; como todas aquellas noches en la cocina, tú y yo, y los guisos como únicos testigos. Con quién mejor que contigo, que me pariste y dedicaste tanta paciencia y cariño.

Sobre la presentación de mi novela, poco que contar. Llevaba cinco copas de vino, y no conseguía sentirme cómoda en aquella reunión de intelectuales, vestidos con trajes oscuros, que fumaban cigarrillos caros. Sus palabras sonaban a trompetas desafinadas, y sus alientos expelían el mismo olor a podrido y azufre que las tuberías atrancadas de mi fregadero. Sonreían como mercaderes al presentarse como críticos, y según Adolfo, eran los mejores. "Nena, ponte tu mejor vestido, sonríe, asiente cuando hablen, y tu libro recibirá buenas notas en sus revistas y periódicos". No sé por qué siempre hago caso a mi marido. Intenté beber vino para desinhibirme, pero se me pegaba en el paladar como pellejo de melocotón, y su sabor parecido al café me recordaba al mismo vino de garrafa que ha bebido toda la vida papá. Lo único que estaba logrando era emborracharme.

Deambulé por la sala, intentando pasar desapercibida. Los zapatos de tacón me estaban rozando, me apretaban con saña los dedos. Yo con tacones, mamá… lo que hay que hacer para vender cuatro libros. Observé a mí alrededor, buscando una señal quizá, un punto de relajación, una vía de escape. Vi la puerta del ascensor, y de pronto me apeteció irme a la calle a respirar aire puro. Pulsé el botón de llamada, y al abrirse las puertas ahí estaba él, moreno de piel, mangas de camisa remangadas, exhibiendo unos antebrazos grandes y duros comos rocas, semblante juvenil, pelo alborotado, hombros ensanchados, aspecto vigoroso, y un acento tan musical, tan dulce, tan provocador que sentí arder mis mejillas de vergüenza. Con gentileza se hizo a un lado y me invitó a pasar, y yo, que entre los vapores del alcohol y sus ojos fundidos en el rojo del vestido, enganché la aguja de tacón del zapato con la ranura de la cabina y trastabillé; él me sujetó con firmeza y soltó una carcajada. Y contemplando sus dientes blancos como cal escuché la sonrisa más preciosa que recuerdo. Me reincorporé, más avergonzada si cabe, y le di las gracias con un hilo de voz.

Se llamaba Román, nacido en Buenos Aires, y no pude saber nada más de él, ya que, y a falta de tres pisos para llegar a la planta baja, como si mi brazo no respondiera a mis razones, se alargó como si fuera de goma y pulsó el botón de Stop. Román me observó con una ceja enarcada, y vi sus labios despegarse lo justo para escuchar su aliento. Se abalanzó hacia mí, y yo olvidé la presentación del libro, a mi marido y el sentido de la cordura; todo ello lo perdí cuando su lengua rebañó mi boca. Estaba empapada, era carnosa, traviesa y sabía a chicle de clorofila. Ese beso me transportó a mi adolescencia, aquélla que intenté traducirte del mejor modo, y que tú justificabas como etapa transitoria y volátil en la vida. Luego me rodeó con sus brazos, y me giró; no opuse resistencia. Me colocó contra la pared de la cabina, con delicadeza. Mi rostro estaba aplastado sobre la superficie de plástico. Noté el calor de las yemas de sus dedos por mis muslos y mis bragas bajar por mi piel erizada; escuché el bajar lento de una bragueta. Estaba muy excitada, y temblaba como un flan. Él apartó el pelo de mi lado izquierdo, y me susurró casi pegado a mi oreja, con su acento argentino. Me llamó divina, y yo le supliqué que me hiciera el amor.
Le noté profundo de mí, con un empuje de toro bravo que me aplastó del todo contra la pared. La cabina olía a clorofila y a vino del malo. Embestía con fuerza y potencia, con un frenesí que hacía entrar mi cuerpo en combustión. Sus gotas de sudor se precipitaban sobre mis nalgas. Me agarró por la cintura con ambas manos, y de vez en cuando viajaban hasta mis pechos. Los amasaba como si fuesen de arcilla. No paró de penetrarme con la misma fuerza con la que comenzó, y yo me notaba de chicle, elástica, mezclada de saliva y jugos. Varios minutos estuvimos así: mis jadeos estrellados en la pared, y sus palabras argentinas enlazando con un galope de potro desbocado. El placer extremo, salvaje, infernal, constante, me había hecho olvidarlo todo, y el vino se había evaporado. Mamá, volví a saborear el fuego de un orgasmo. Román me susurró al oído "piva adorable, mi turno". Impuso ritmo frenético, y a los pocos segundos se detuvo de golpe, se tensó como las cuerdas de un violín y soltó un gemido que ahogó con un bocado en mi cuello.

Minutos más tarde, acalorada y con la vista un poco nublada, me bajé en la planta baja. Román se despidió con un beso largo y un guiño gamberro. Abandoné el edificio y me fui a tomar un café; necesitaba escribir en la memoria todo aquello.
Al cabo de una hora me llamó al teléfono móvil Adolfo. Me preguntó dónde estaba, y yo le colgué. Luego le mandé un mensaje, donde le pedía unos días de distancia para pensar, y para hablar. Aquel argentino adorable me hizo regresar a lo que siempre he sido, a abandonar la rutina que el matrimonio me había impuesto. No voy a volver con él, pero se lo explicaré. Sé que como mujer y como madre me apoyas en todas mis decisiones —aunque a veces te haya costado—, y con un guiso de por medio, en tu cocina, mirándome a los ojos, también me entenderás.



Tu hija que te quiere,
Claudia

03 marzo 2009

Vidas en Sueño - 45 (El bucle malva)




La última vez que había visto a Claudia fue en una fiesta en su casa, en plena efervescencia adolescente, cuando las hormonas y el temperamento se mezclaban con alcohol barato en vasos de tubo, y el cóctel resultante se bebía de un sólo trago. Después de catorce años seguía conservando el hoyuelo en su mejilla al sonreír, y esa mirada risueña de antorcha azul. Había entrado en una tienda de ropa, en busca de un abrigo que me defendiese de la bajada del mercurio que azotaba Madrid, y allí estaba ella, doblando unos cuantos jerséis a cuadros grises y rosas. Tarareaba una canción que flotaba a través del hilo musical del local. Estaba sola; no había nadie más. Me acerqué por su flanco, apoyé mi mano en su hombro, y la nombré. Giró el cuello, y con la misma rapidez que la hube identificado, ella hizo lo propio. Se enganchó de mi cuello y me dio un beso en cada mejilla.

Hablamos largo y tendido sobre nuestras vidas y experiencias, haciendo atajos atemporales, buscando asociaciones con el pasado. Claudia dejó los estudios al acabar el instituto, y se dedicó a la vida de nómada; su único equipaje era una maleta -que hacía y deshacía cada dos meses-, y a la que iba añadiendo pequeños detalles de las ciudades que había pisado. Pasaron los años, y su compañero de odisea la abandonó por una mujer que le doblaba en años, pero que según él "le hacía dar otro sentido a su vida". Desanimada, regresó a Madrid suplicando asilo político a sus padres. Ahora estudiaba un curso de auxiliar administrativa y se sacaba un dinero extra trabajando en aquella tienda. Mientras me relataba su pasado yo me limitaba a saborear su perfume; el mismo aroma dulzón de siempre, que me transportaba de nuevo a la fiesta en su casa. Sus mejillas coloreadas, el calor de su piel, sus labios húmedos, y el cuarto de baño donde me metió de un sólo empellón... avispas que habían permanecido infiltradas entre mis bolsillos, y que ahora me rodeaban con su zumbido, me hincaban sus mandíbulas a lo largo de mi piel. Por cada mordisco, una foto montada en marco de reminiscencia.

Claudia se rascó el hombro, dejando entrever la cinta elástica malva de su sujetador, y me pregunté si no era ése el mismo sujetador malva de encaje que se quitó frente a mí, rodeado de toallas y besos babosos. Hasta el momento me limité a escucharla, asintiendo con la cabeza o forzando una mueca. Me tocó el turno de escupir mis penas y alegrías. Narré por la superficie tres o cuatro trivialidades, y ella me miraba casi sin pestañear, con su hoyuelo de la mejilla bien definido. A ratos se mordía el labio inferior, el mismo que mi lengua recorrió. El globo del pasado estalló con un alfiler.

-Y dime, ¿qué es lo que buscabas? -me preguntó Claudia con un jersey arrugado que atrapó entre sus manos.
-Quería mirar algo que abrigue más que esta cazadora -respondí tirando de una de las mangas.

Me guió hasta la sección de chaquetas, cazadoras y abrigos. Había bastantes modelos, que ella misma se encargó de descartar o reservar para mi juicio posterior; sentía intrigar por averiguar con qué abrigo me recordaría otros catorce años. Estaba tras ella, y pude apreciar su cadera, su cintura, sus piernas flexionarse y estirarse. Fantaseé con sus glúteos a merced de mis azotes. De vez en cuando giraba el cuello, y perdía la referencia de la luna creciente que llevaba tatuada en la nuca. Repasé mis labios con la lengua. Al cabo de unos minutos, se giró con el abrigo apretado sobre su pecho y una sonrisa abierta estampada en la cara, mostrando sus dientes.

-¡Éste te quedaría fenomenal! Además, te favorece muchísimo -guiñó un ojo y emitió una risilla tan musical que creí haber escuchado una flauta-. Vente al probador, que allí hay espejo y así puedes ver si te gusta o no, y si te queda bien.
-Vayamos pues- respondí con el sudor de mi frente, que se deslizaba por las sienes.

Abrió la puerta y con un gesto de su brazo me invitó a pasar. Olía a ambientador de coche. Frente al espejo, en primer plano yo –tenso-, y tras de mí Claudia, que me acomodaba la chaqueta. Apretaba con sus dientes la lengua por un lado. Con suavidad me giró, y enfrentamos en un espacio sin aire su rostro y el mío. Con sus manos repasaba los pliegues del abrigo, tiraba de una manga, me bajaba la solapa. Una maza golpeaba mis huesos, agarrotaba mis músculos. Su mano rozó mi cuello; sentí erizarse todos los pelos de mi cuerpo. No dejaba de escrutar como un detective la forma redonda sus pechos insinuados a través de su camiseta negra. Cerré mis manos en puño; los nudillos crujieron, se volvieron amarillentos. Terminó con los retoques y alzó la cabeza.

- Bueno, ¿qué te parece? ¿Te gusta?
- Ya lo creo que me gusta.

Y actué por puro impulso. La agarré por la cintura y la besé. No encontré resistencia, sino fuego al roce con su lengua esponjosa. Se retorció y suspiró con fuerza. Nuestras bocas sangraban saliva. Me empujó hacia dentro del cubículo, y cerró la puerta con violencia. Perdimos la noción del tiempo, del espacio, de la cordura. Nos desnudamos con agresividad, como dos gladiadores, sin dejar de besarnos, de mordernos los labios como lobos hambrientos. Bajo la camisa, el sujetador malva que catorce años atrás vi por primera vez. Se lo quité, y una vez liberados, sus pechos bailaron para mí como si fueran de gelatina. Los acaricié, los junté, los manoseé. Los saboreé con el ancho de mi lengua; sabían a jabón. Claudia pasaba su mano por mi cabello. Me condujo a golpe de cadera a un lado, hasta que mis gemelos golpearon una butaca; el último golpe hizo que me sentase. Estábamos totalmente desnudos, batiendo nuestras pieles en un mismo puré. Sus uñas arañaron la piel de mi espalda cuando sobre mis piernas comenzó a cabalgar. Botaba como un cabrito en celo, con ritmo vivo, acelerado, intenso. Yo la asía con mis manos apoyadas en sus glúteos. Movía mi pelvis hasta doler.

Olía a sudor. A mi propio sudor, y al suyo, que nos empapaba. Sus mejillas estaban enrojecidas. Sus ojos parecían salirse de las órbitas. Gemía y reía de forma alterna, con la misma energía. Yo no dejaba de repetir "¡dios!", "¡joder!", con rabia, con furia. Apretaba los dientes, tensaba las mandíbulas. Sólo sentía agua y calor. Eché mi cabeza hacia atrás, en el momento en que sus gemidos retumbaban escupidos desde un altavoz y un placer que arrancaba mis entrañas se abría pasos a puñetazos. Gritamos fuerte casi al mismo tiempo. Durante unos segundos nos paralizamos. Nos convertimos en estatuas de granito. Luego Claudia se desplomó sobre mí, escurriendo su melena por mi rostro. Jadeábamos exhaustos con descoordinación.

Tras pagar con mi tarjeta de crédito, me despedí de Claudia con un beso largo. De aquella tienda me llevé el abrigo que me aconsejó, el cabello alborotado, su número de teléfono móvil y el eco dulzón de una fiesta, catorce años atrás.

02 marzo 2009

Vidas en Sueño - 44 (Frenesí)




Estás muy agitado. Llevas todo el viaje mirando de un lado al otro, sin dejar un segundo tus ojos quietos en un punto. Frotas tus manos una sobre la otra; están congeladas y secas, pero no tienes frío. Te llegan todo tipo de olores: a sudor, a varios perfumes, a orina, a chicle mascado, a plástico nuevo. Has observado a todos los que te rodean, porque en el fondo los desprecias. No te has perdido detalle alguno del vagón. Chasqueas la lengua y tamborileas con tu pie sobre el suelo sucio y pegajoso como si estuvieras reventando cucarachas. El tipo de enfrente te observa desde hace un rato. Sostiene un libro abierto. En su rostro observas una mueca, y la interpretas como si se estuviera compadeciendo de ti. No te gusta que te reten con la mirada, y aunque intentes disimular, tus labios mordidos, tus músculos de la cara tensos, y tus fosas nasales más abiertas de lo habitual te delatan. ¡Admítelo! Te encantaría levantarte y darle dos hostias, las mejores de tu repertorio. Disfrutarías reventándole el cráneo de un puñetazo, o despedazándole como plastilina; o mejor aún vaciándole la sangre de sus venas, como un sediento bebe con saña una botella de agua hasta retorcerla. Sangre… te relames.

Respiras hondo, bajas los párpados, giras en círculo el cuello, y escuchas madera podrida crujir. Es lo único que retumba dentro de ti, y ya no eres capaz de discernir en qué te has convertido. El corazón no golpea el pecho, los intestinos no se retuercen como lombrices, el estómago no resuena, el aire que absorbes no lo respiras. Estás rodeado de impertinentes mosquitos, que te rodean con zumbidos que te producen escalofríos, que te desconciertan. Una voz dentro de ti te incita, te provoca; quiere que actúes. Sigues conteniéndote.

No aguantas más la mirada del payaso de enfrente. Y no te lo piensas dos veces; nunca lo has hecho -reflexionar las cosas-, y no tiene pinta que sea hoy el día de la conversión. Te has levantado, y avanzas un par de pasos. Él reacciona devolviendo con cierta torpeza su atención al libro, y con mano temblorosa pasa una página. Te tomas unos segundos, y el individuo se ha convertido en estatua de arcilla. Tu voz interior grita “¡destrucción!”. El metro frena con brusquedad, la gente se desplaza como péndulos de un lado al otro. Al tipo se le cae el libro al suelo, y al agachar su cuerpo para recogerlo descargas una patada frontal, con tu empeine, sobre su cabeza. No notas dolor alguno en el pie; él emite un gemido lastimoso al mismo tiempo que escuchas un chasquido a la altura de su espalda, que se pliega como una lámina de cartón. Se derrumba sobre el suelo. Como un surtidor, de su cráneo brota la sangre a chorros.

La gente se aparta despavorida de tu lado. Ojos muy abiertos, suspiros, incluso pequeños sollozos emiten. Es su forma de decirte que te tienen miedo. Algunos se mantienen paralizados. Sueltas una gran carcajada. Un charco de sangre te cubre los pies. Te agachas y hundes uno de tus dedos en el líquido viscoso. Rebañas como si fuera mayonesa, y contemplas tu dedo, bañado en flujo ocre que gotea, como un helado derretido. Te lo llevas a la boca. Te sabe a miel. Una anguila eléctrica serpentea por tu cuerpo; te notas eufórico, ¡muy eufórico! Sientes calor, tus músculos endurecerse como hormigón armado. Muchos de tus vecinos de vagón prorrumpen en alaridos, otros aporrean las puertas y ventanales. Has probado el sabor de la sangre, y ahora sólo piensas en darte un festín a costa de esos desgraciados.

El metro reanuda su marcha, y sentado en tu sitio, con la gabardina perdida de sangre, y acompañado por un puñado de cadáveres, desmembrados unos, secos como uvas pasas otros, recorres tu mano izquierda por los labios húmedos. Estás saciado, y por fin te sientes reconfortado; ahora, dentro de ti, oyes vivir.

24 febrero 2009

Vidas en Sueño - 43 (Una caja de cerillas en el limbo)




El cielo de Madrid se cerró con negro candado, y sin previo aviso derramó sobre la ciudad humo en forma líquida. Alfredo acabó calado. Había salido a la calle, buscando el aire que un montón de papeles arrugados esparcidos por todos lados le robaron en su apartamento. Necesitaba dejar de pensar en blanco, desprenderse de la nada sobre las baldosas desgastadas de las calles. Salió sin paraguas y con el cuello de su gabardina alzado. El viento soplaba con fuerza, y Alfredo forcejeaba por avanzar. Ululaba como una jauría de perros. Rugía, y estampó en su frente la foto de Carolina; un bofetón de matón. El viento y ella, cuando se enfurecían, lo hacían de verdad. Silenciaban todo lo demás. A cada paso las gotas de agua se le clavaban en el rostro como agujas. Un paraguas se dirigía hacia él como un pelele; detrás, un par de chicas corrían como quinceañeras histéricas. Esquivó el convoy como pudo. Deambuló por un par de manzanas más, sin cartas de navegación. Comenzaba a oscurecer, y las farolas anaranjeaban el recorrido. La lluvia arreció, y Alfredo decidió entrar en el primer bar que vio abierto.

Entró al local, sacudiéndose el agua como un perro. Sentía la ropa adherida a su cuerpo; piel indeseable. Los pies los tenía helados, al igual que las manos; las juntó y se las acercó a la boca, calentándolas con su aliento, calido. Con paso torpe se aproximó a la barra, tomó asiento, y acodado sobre la barra le hizo una seña al camarero. Éste dejó en la encimera un trapo con el que secaba vasos, y se acercó.

—¿Qué le pongo?
—Un café corto de leche —respondió Alfredo frotándose las manos.
—Menuda mierda de día.
—Es lo que tiene el invierno.

El camarero chasqueó la lengua y se dirigió a la máquina de café. Alfredo escrutó a su alrededor. No había demasiada gente, y los que había parecían haberse dejado el alma en sus casas. Un puñado de miradas que se perdían más allá de la cristalera detrás del mostrador, y desprendían una aureola de humo de tabaco y cerveza. El televisor estaba encendido, pero nadie prestaba atención a la pantalla. Un cowboy descargaba sus revólveres sobre unos tipos embozados con pañuelos a cuadros, que estaban parapetados tras una diligencia. Entre sus labios sostenía un cigarrillo liado. Cambio de cámara y primer plano a su ceño fruncido ¡Cómo le hubiese gustado estar ahí, disparando a unos y a otros, sin distinguir amigos de enemigos, sin miedo al plomo ajeno! Se escuchaba en volumen muy bajo los disparos, los silbidos de las balas chocando contra las piedras. La cafetera anuló por completo el tiroteo.

Alfredo extrajo del bolsillo interior de su gabardina un bloc de notas; le encantaban los bloc de notas. Aquél tenía su cubierta de cuero negro, y sus hojas eran suaves, casi sedosas. Repasó con su mano la cubierta, lo abrió por el marcador, y hojeó el contenido. Había frases sueltas, garabatos, círculos y aspas, y ninguna idea. ¿Dónde se habían quedado sus ideas? ¿Dónde se escondió el pirómano que quemaba antaño sus bosques? Se lo imaginó montado de copiloto en el coche de Carolina. Ella huyó, tomándose la molestia de borrar su rastro. Suspiró, y con el puño de su mano golpeó la barra. Tembló el palillero, y observó a su diestra la mirada extrañada de un individuo, de cartón, que había sido sacado de su ensimismamiento. Se sintió parte de un cementerio de elefantes. El tintineo de la taza de café sobre el platillo le devolvió la mirada al frente.

—Usted no es de aquí, ¿no? —preguntó el barman mientras colocaba la taza a su vera.
—¿A qué se refiere?
—Que no es de Madrid, o al menos pertenece a otro barrio.
—Llevo toda mi vida viviendo aquí. Pero no, no soy vecino.
—A este bar viene siempre la misma gente, y como observará —bajó drásticamente el tono de voz, y movió su brazo en abanico— son más bien parcos en palabras. Quizá hoy sea el día que más he hablado en todo el mes. A nadie le interesa entrar aquí, empezando por éstos. Pero ya les da igual. Sólo hay que observar sus caras de amargados y cruzar cuatro frases para conocer sus perfiles; jubilados, divorciados, putas por cojones, depresivos,... todos ellos unos asociales.
—Es invierno, llueve, y tiene sintonizado en la tele una película de vaqueros. No es el mejor ambiente para charlar.
—Tiene razón. No será usted poeta...

El tipo sonrió con gesto torcido. Se giró y retornó al fregadero. "Silencio; unos a través de sus palabras, otros de su imaginación", pensó Alfredo. Llevaba semanas buscando cerillas para encender los fogones. Y él lo sabía, que sin fuego nunca cocería pan. La abstinencia le mantenía sobre un nido de víboras, le revolvía las entrañas con bisturí. De nuevo se escuchaban disparos a través del televisor. Todos los enmascarados habían muerto, y el cowboy, limpiándose los tejanos del polvo del desierto, escupía al suelo. Carolina siempre mostró despreció por el Western; según ella era machista y salvaje ver esa clase de películas. Alfredo bebió de un trago el café, que abrasó su garganta. Sentía una bola de calor bajando por su esófago. Pero lo que ardían eran sus ojos atentos al cowboy; con todo en contra, aniquiló a sus adversarios, sin importarle las formas. Sin esperar nada a cambio que el simple placer de escupir una vez más. Y ese personaje encendió su horno a golpes; "¿por qué no?", se animó ante la expectativa. Extrajo un bolígrafo, lo desnudó por la capucha, y comenzó a deslizarlo sobre las páginas del bloc de notas. Estranguló el blanco de aquellas hojas, estrellando la punta del bolígrafo contra el papel. Escribió sintiéndose alud. Arrastró consigo ideas, intuiciones, hasta locuras. Trazos de demente, con la lengua fuera apretada con sus dientes. Por momentos sentía que sus ojos escribían por él, a tal velocidad que le dolía la muñeca. Alguien en el bar tosió, dejando entrever unos pulmones al borde de la extinción. Extinguirse, o morir; disparar sin cuartel, sin misericordia. Hacer de una hoguera el mejor de los infiernos. Sus pupilas estaban llorando tinta azul. Una vez notó la mano extenuada, cerró el bloc, escupió a la papelera, pidió la cuenta, y salió del bar. Un resplandor iluminó la calle, y sin tiempo para tomar una bocanada de aire, un estruendo de mil millones de petardos sacudió baldosines y autobuses. Lluvia torrencial bañada en naranja eléctrico. No le importunó llenarse de arena de Madrid. Sonrió, se subió las solapas de la gabardina y encogió el cuello.

El ascensor se paró en la séptima planta. Alfredo fue el último en salir, dejando paso a tipos de pelo engominado, y señoras bañadas en mil perfumes. El reloj marcaba las diez de la mañana. Se acercó hasta una puerta, donde rezaba un cartel:
"Sr. Adámez, editor jefe". La golpeó con sus nudillos; muchas veces, bastante fuerte. Fue invitado a pasar. Una vez dentro del despacho, avanzó hasta la mesa, le saludó con un apretón de manos, y tomó asiento, aceptando su ofrecimiento. El editor sacó del cajón unos folios, y los alineó con pequeños toques sobre la mesa. Alfredo le escrutó; calva sudorosa, cejijunto, traje oscuro, corbata roja, gafas de cristal grueso, dedos rechonchos, orejas sin lóbulo, labios finos y apretados hasta hacerlos blanquecinos, fosas nasales limpias como un silbato. Desprendía un fuerte olor a sudor.

—Puede quitarse la gabardina —habló con tono ausente, sin dejar de hojear los folios.
—Gracias, estoy bien así.

Pasaron unos segundos indefinidos. No se escuchaba nada; olía a pipa. Encima de la mesa, un lapicero con bolígrafos de muchos colores destacaba sobre montones de carpetas y papeles. A través del ventanal observó los aviones recorriendo la pista de aterrizaje, que se perdía por un flanco. El sol se proyectaba a través del cristal. A ambos lados, estanterías repletas de carpetas grises. En una de las paredes, el cuadro de un galeón toreando una tempestad. Entre ambos, un sobre abierto que dejaba entrever un puñado de billetes. Adámez tamborileó la mesa, probando varios ritmos. Levantó su mirada de las hojas, y la depositó en Alfredo, que conservaba su espalda recta y tensa.

—Felicidades. Quizá éste sea uno de los mejores relatos haya leído en mi vida —se quitó las gafas, se llevó una de las patillas a la boca, y se recostó en su silla. Sus ojos eran oscuros y pequeños; los tenía entrecerrados—. Me ha gustado la trama, me han emocionado sus personajes, y sobre todo, me ha fascinado la puesta en escena tan fantasiosa que ha creado; un bar que huele a incienso, con sus paredes empapeladas de posters de playas tropicales, el televisor apagado, cristales relucientes, donde hay una anciana nonagenaria que bebe whisky mientras sus hijas toman café, un tipo vestido con camisa de flores cantando bulerías, el camarero que afirma haber sido abducido por los extraterrestres, un perro que no deja de dar vueltas sobre sí mismo, intentando morderse el lomo, niños tocando la pandereta, y una avispa que se zambulle en la salsa negra de una ración de calamares en su tinta... todos ríen y derrochan felicidad, hasta que un tipo entra con una escopeta y fríe a tiros a la parroquia, comenzando por una muchacha que osa llamarle salvaje. Y con todos muertos, se lía un cigarrillo y escupe en el suelo. Intenso, ambicioso, y muy original —repasó con su lengua la comisura de los labios, como un pervertido sexual—. Y dígame, ¿realmente ese bar existe?
—Seguramente exista, pero como no lo encontré me limité a imaginarlo.
—¿Es usted un poeta?
—No, soy un forajido, de esos que nunca tienen cerillas a mano.

10 febrero 2009

Mi abuelo es un cerezo (Ana Cordón)




Una persona que ha trabajado de cara al público durante tanto tiempo como yo, atesora muchos y variados recuerdos. Siempre me he caracterizado por sacarle el lado positivo a todo, y además me considero una sentimental. Cuando trabajaba en la librería, a menudo me ocurría que unos zapatos mal abrochados o el pestañeo de unos ojos que no conocía me provocaba ternura. Creo que el pestañeo es algo inevitable en el ser humano. Hasta el más cruel lo hace, como una característica intrínseca que le devuelve a lo que es: tan hombre como el de al lado. Ni más ni menos. Y con los zapatos me pasa un poco lo mismo que con el abrir y cerrar de ojos. No se por qué, pero siempre me fijo en el calzado de las personas, porque dice mucho de su personalidad, de su forma de ser.

Aquel hombre llevaba los zapatos más sencillos posibles. Marrones, con cordones, gastados por el uso, un tanto humildes pero limpios. A esa hora de la tarde, creo que eran más o menos las siete, el aburrimiento y las ganas de acabar mi turno solían llevarme a matar el tiempo con los entretenimientos más absurdos. Como no veía posibilidad de escaparme al departamento de informática a charlar con mis compañeros, ni tampoco podía recolocar las guías de viaje más veces, me dispuse a observar aquellos pies que me habían llamado la atención. Muy pronto me encontré inmersa en un análisis comparativo de ese calzado con el de otro cliente que lucía unos horribles zapatos puntiagudos con imitación a piel de serpiente. Tan metida estaba yo en mi particular estudio que me sobresalté cuando el hombre del calzado sencillo me habló:
-Perdone, señorita…
Le miré. Se trataba de un hombre de avanzada edad, con aire de quien ha vivido toda la vida en un pueblo. La camisa blanca, y los pantalones de tela marrones vestían a aquel señor de una digna humildad a juego con su calzado. Pero lo que más me atrapó fue su tímida sonrisa. Como un anciano de cuento, pero sin barba, ni bastón ni perro al lado. Le pregunté qué deseaba.
-Estoy buscando un libro para mi nieto-respondió. Pero no un libro cualquiera. Quiero uno acerca de la relación entre abuelo y nieto. Yo no entiendo nada de estas cosas, y no leo, así que necesito ayuda.

Con esa petición, aquel hombre acababa de conquistarme. Le pregunté qué edad tenía el niño. Se trataba de un chaval de 9 años, así que nos pusimos a buscar. El anciano me observaba en silencio, y de vez en cuando se reía, un tanto confuso, todo hay que decirlo, porque tengo cierta tendencia a hablar muy rápido y a moverlo todo. Me seguía con la mirada mientras yo revolvía entre estanterías y polvo en busca del libro perfecto. Miramos en varias colecciones, y por fin, al cabo del rato, encontré uno del Barco de Vapor llamado “Mi abuelo es un cerezo”.
-¡Creo que este podría ser!-Exclamé. Mis compañeros, entre tanto, me miraban desde lejos con ese gesto de impotencia que esbozaban irónicamente siempre que se daban cuenta de que un cliente me había llegado al alma. Nunca entendieron que perdiera tanto tiempo con ventas que no merecían la pena.

El anciano echó un vistazo al libro, de tapas azules, con una ilustración en la portada referente a un abuelo y un árbol que debería ser un cerezo, y me lo volvió a entregar.
–Yo no entiendo de lectura. Si usted me dice que este libro vale, yo me fío.
-Definitivamente, este libro sí que le va a servir.
-Muchas gracias por su preocupación, señorita. Tratándose de mí, este libro debería llamarse “Mi abuelo es un alcornoque”.
Le volví a observar, entre divertida y extrañada por esa afirmación y mientras me dirigía hacia la caja le respondí que en todo caso podría ser un pino, pero que de alcornoque no tenía nada. El anciano se detuvo y me dijo: -Lo siento, debe pensar que soy un paleto.

-¿Un paleto?-acerté a responder-de paleto nada. Yo no creo que un paleto se entretenga en buscar libros que hablen una relación tan bonita como es la de abuelo y nieto- le dije. Y no pudiéndolo evitar, añadí: Ojala tuviera yo un abuelo como usted.
El hombre se fue de la librería con el regalo bajo el brazo, y yo me quedé con un nuevo recuerdo que atesorar.


Escrito por Ana Cordón

03 febrero 2009

Ayer te besé en los labios (Pedro Salinas)




Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
-¿adónde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.

Poema extraído del libro "La voz a ti debida",
de Pedro Salinas

02 febrero 2009

Vidas en Sueño - 42 (Imbatido)




De entre una pasta de piernas y barro se abre paso el esférico, directo a mí. Un maldito misil del diablo. Ha cogido una trayectoria curva, directa al poste izquierdo. Cojo impulso y me lanzo al encuentro. Estiro el brazo hasta sentirlo salirse de mi cuerpo. Noto el impacto en mis dedos, y del choque, éste se desvía hasta salir por la línea de fondo. La grada prorrumpe en vítores. Yo sigo masticando el recuerdo de anoche, y tu decisión de no querer volver a verme.

Es el partido clave de la temporada; si ganamos, ascendemos de categoría. Eso supondrá más ingresos, campo de césped natural, y un aumento en nuestras nóminas. Es vital ganar. Observo el marcador; uno a cero a favor, y quince minutos de la segunda parte. En el primer tiempo marcamos en claro fuera de juego, y de momento estamos dando la sorpresa. Restan treinta minutos para el final del encuentro, y el equipo rival domina el juego. Tienen más calidad, mejores jugadores. Asedían mi portería. Treinta minutos, el tiempo que empleaste en sacar mierda de años atrás. Llorabas mientras ibas enumerando uno a uno aquellas veces que te hice sentir mal. Me hablabas de unas vacaciones - en las que según tú - me dediqué sólo a tomar el sol en la playa - sin prestarte atención -, de una noche en la que me quedé dormido en el teatro, de todas aquellas veces que me hablabas de tus libros leídos y yo subía el volumen de la tele, que nunca tuve un detalle contigo, y entre otras actuaciones, cómo no, mis silencios cuando me proponías tener un enano. Yo te miraba a los ojos, y tú me esquivabas. Intenté tomarte la mano, y la retiraste hacia atrás, como si te hubiera atizado con un palo. No me dejaste hablar. Intentaba defenderme; ¡todo aquello era ridículo! ¿Por qué no me lo dijiste cuando actuaba mal? ¡No soy adivino! No me querías escuchar. Me entraron ganas de mandarte a la mierda.

Un balón por alto se aproxima al área. Se disponen a saltar el delantero y un compañero para disputarlo. Me apresuro hasta el punto de acción y salto con todas mis fuerzas. Golpeo con mis puños el balón, arrollando en el camino a rival y compañero. El delantero cae al suelo y pide penalty. El árbrito nos contempla y gira el cuello, señalando con su brazo saque de banda. Eso no fue penalty, pero si hubieras sido tú la del silbato seguramente me hubieras expulsado del encuentro; del mismo modo que me echaste de casa a empujones. Sin dejarme hablar. Estabas histérica. Dijiste que ya no me querías. Tus ojos estaban enrrojecidos. Cuando intenté dar cordura a todo aquello me plantaste la puerta en las narices. Desconectaste el móvil, ignoraste mis llamadas al telefonillo. Escruto alrededor. El juego se desarrolla en el centro del campo. Las gradas repletas de gente que nos aplaude. El marcador señala el minuto veintiseis. Veinteseis de mayo, tu cumpleaños.

Falta al borde del área. El memo de mi equipo, un defensa lento en la anticipación, ha derribado al delantero. Al menos no lo hizo dentro del área. Coloco la barrera con siete hombres; siete años de relación... El árbitro se lleva el silbato a la boca y sopla con fuerza. El adversario corre hacia el balón y chuta. Éste supera por alto la barrera. Rosca imposible. Me retuerzo como una carpa. Bloco el balón. Siento la grada adherida a mi oído. Un compañero me frota la cabeza, y cuando lo hace me acuerdo de tus masajes capilares sobre el sofá, en casa de una de tus amigas. Fue en aquella fiesta donde nos presentaron, donde tonteamos, y donde intentamos apagar nuestros fuegos con gasolina en el cuarto de las escobas. Aún me duelen los labios de tus besos, que ardían. Me incorporo con la bola entre las manos; cojo carrerilla, arqueo mi brazo izquierdo hacia atrás, y lo lanzo hacia delante, propulsando el balón lejos del área. Todos se dirigen hacia la zona de juego que he habilitado. Y me quedo solo. Brazos en jarra. Jarra de barro apunto de desplomarse en el suelo. Minuto treinta y cuatro. Me dijiste que ya no estabas enamorada.

Coincidimos un par de veces en la cafetería "Platero", donde ibas a escuchar a bohemios recitar poesía. Yo me dejaba caer por el garito. No me interesaba nada aquel mundillo, pero un chivatazo de tu amiga me puso en pista, y decidí jugar en tu estadio. Jugaba como visitante. Visitante... rival... El delantero se ha zafado de la marca endeble de la defensa, y encara la portería; un mano a mano. Aprieto los dientes, y salgo con brazos extendidos, tapando el ángulo corto. Me intenta driblar, pero adivino sus intenciones. Me arrojo al suelo, y entre sus piernas atrapo el cuero. El tipo cae al suelo. Se revuelve y con aspavientos reclama penalty. El árbrito le muestra cartulina amarilla por simular. Todos simulamos. Unos acaban amonestados, otros suspendidos indefinidamente. Me levanto, pido con gritos al equipo más concentración. La parroquia corea mi nombre. El entrenador me aplaude con una gran sonrisa, como al niño que le compran un helado; "¡minuto treinta y ocho, campeón! ¡Aguanta siete minutos, que lo estás haciendo de cojones!", me grita desde la banda. Asiento, lanzo al aire el balón y lo golpeo de volea. Éste se vuelve a perder metros más allá.

Siempre me contabas tus problemas, me hablabas de tus inquietudes, de tus gustos; y yo no escuchaba. Si no era la tele, era que me aburría lo que contabas. Te prefería acurrucada a mi lado, arropada con una manta, durmiendo. Estabas preciosa cuando dormías. Resoplabas de tal modo que parecía que estabas inflando globos. Me acomodé a lo que yo quería. Acaban de expulsar al imbécil de mi compañero, el defensa. Ha derribado a un tipo en el área, por detrás. El árbrito se alinea junto al punto de castigo. Derribé tu felicidad. Directamente me desentendí de nuestro juego de pareja. El entrenador me grita algo. No sé qué dice, gesticula mucho. Un compañero me pega un puñetazo en el hombro para animarme. El delantero coloca con mimo el esférico sobre el punto de cal. El público le silba, le increpa. Me acerco hasta su altura, escupo al lado del balón. "Tíralo a la izquierda, valiente", le susurro a mi rival. Éste me devuelve una sonrisa torcida. Vuelvo a la línea de gol, doblo rodillas, tenso brazos en horizontal. Minuto cuarenta y cuatro.

Recuerdo aquellas noches de baile latino en la "Banana Eléctrica". El delantero coge carrerilla. Recuerdo el día que te prometí ser más atento y considerado contigo. El árbrito se lleva el silbato a la boca. Recuerdo aquella noche en la que me dijiste que me querías, enredando tu dedo meñique entre los pelos de mi pecho. Se oye un pitido seco. Recuerdo el libro de poemas que me regalaste, y que días más tarde encontraste tirado entre la ropa sucia. El delantero se acerca con trote rítmico al balón. Recuerdo tu cara brillante cuando conseguí que el pianista de aquel restaurante tocase tu canción favorita. Golpea el balón. Recuerdo las veces que me juré a mí mismo cambiar aquello que odiabas de mí. Me tiro hacia el lado contrario del que le insinué al delantero rival, con los brazos estirados. Recuerdo todos aquellos momentos que desempolvaste anoche, y se me juntan en la espalda como losas de granito. Capto la trayectoria del balón; lo he atrapado. El público ruge. Asimilo la razón que tuviste en lo que me dijiste. El entrenador abraza a medio banquillo. Comprendo que me mandaras esta mañana un mensaje diciendo que fuera a recoger mis cosas el fin de semana, aprovechando que tú te ibas a visitar a tus padres, y que dejase las llaves bajo la alfombra. Me reincorporo, escupo el barro que se ha metido en mi boca. Saco lo más largo posible.

Minuto cuarenta y siete. El árbitro señala el final del partido. El respetable se abraza, brinca, salta, entona mil cánticos. Me veo rodeado por mi equipo; me abrazan, me besan, palmean mi espalda. El entrenador ríe a carcajadas, habla atropelladamente, y me escupe de vez en cuando en la cara. Acaban manteándome. De nuevo la afición corea mi nombre. ¿Y todo este baño de gloria es por permanecer... imbatido?

Me dirijo al vestuario lo más rápido que puedo. Me espera el que quizá sea partido más importante de mi vida. Comenzaré por comprar un buen ramo de rosas rojas, las que ella adora.

27 enero 2009

Parpadeos - 3 (¿Muerte?)




Despertó como si de su cuerpo expulsara un demonio; gritó con todas sus fuerzas. Y retumbó el sonido en sus oídos con violencia. Sentía la garganta seca, le dolía la cabeza, y en vano intentaba mirar a través de la oscuridad. Abrió mucho los ojos, hasta sentirlos casi fuera de sus cuencas. No veía nada. Sólo tinieblas. El aire estaba viciado, no había corriente alguna.

Estaba tumbado, brazos estirados a los lados, piernas semiflexionadas. Sentía sus extremidades entumecidas. Apenas podía moverlas. La cabeza le dolía mucho; como si una pandilla de matones estuvieran descargando sus martillos sobre su cráneo. Parpadeó. La imagen de un doctor con su bata blanca aparecía de pie junto a él. le cubría el cuerpo con una sábana blanca. "Hora del fallecimiento, las 4:57". El doctor se difuminó, y aparecieron su mujer y sus hijos. Rostros congestionados y lágrimas que recorrían sus rostros, observándole asomados a una caja. Escuchó voces de un cura en la lejanía; parecían bendiciones.

"No podía ser... no podía ser...", se dijo. Él estaba vivo, aunque le doliese todo el cuerpo. Se quedó en silencio. Tragó saliva. Empezó a temblar. Notó un frío intenso que le agitaba. Tembló mucho más. Angustia. A cada segundo que pasaba, con más certeza que el anterior, totalmente aterrado, tenía la impresión que le habían enterrado ... ¿vivo?

24 enero 2009

Vidas en Sueño - 41 (Lavanda)





Ayer cumplí treinta y cuatro años, razón por la que Sofía me invitó a cenar en su casa. Siempre fuimos muy buenos amigos. Desde pequeños. La vida fue marcándonos desvíos alternativos a la ruta, y aunque a veces uno cogiese un atajo, o el otro se tropezara con algo, siempre estábamos ahí. Ni sus novios ni mis barreras mellaron el cariño y la confianza. Recibí su llamada de felicitación de cumpleaños con la misma alegría que todas las anteriores; aquella mujer sacaba lo mejor de mí. Era mi infusión de valeriana favorita contra los nervios. Intercambiamos sucesos del día a día, alargamos la charla con alguna otra trivialidad y acordamos la hora de llegada a su casa.

Llegué puntual a la cita. Pulsé el timbre, y al cabo de medio minuto, precedido de una carrera atolondrada dentro del piso, Sofía abrió la puerta con tanta energía que el aire a mí alrededor se agitó. Y el aire batido trajo de vuelta su fragancia a lavanda, fresca, intensa, que me envolvió. Luego sentí en mis mejillas entumecidas por el frío de la ciudad el calor de sus labios, y correspondí al saludo recorriendo con el dorso de mi mano su cara, como a ella siempre le gustaba; lento, muy lento. La escuché sonreír. Me invitó a pasar y a esperar "unos minutillos de nada" en el salón mientras terminaba de vestirse.

Escuché sus pasos frenéticos alejarse. Ella comenzó a preguntarme qué tal había ido el día, cómo me encontraba; lo normal. Yo respondía a sus preguntas con monosílabos, más atento en acariciar los cojines del sofá. Adoraba aquel sofá. La habitación mantenía el olor a lavanda de su dueña, que junto con el tic-tac de un reloj parecían marcar el ritmo de vida de todo aquel que se sentase en el sofá. Sofía me dijo que me pusiera cómodo; me quité el abrigo. Tanteé con mis manos la mesa de enfrente; varias revistas, un teléfono móvil, y el mismo bol de caramelos de siempre. Cogí uno, y desenrollé el plástico que lo cubría sin prisa, evitando hacer ruido, como un niño al hacer travesuras. Me llevé el caramelo a la boca. Había acertado; fresa, mi favorito. Mi boca se llenaba de aquel sabor con un toque de menta, allá por donde iba el caramelo. Sentía derretirse en mi lengua, y el sabor dulce llenar todos los espacios.

Unos tacones anunciaban su vuelta al salón.

- Ya estoy lista - dijo Sofía con un resoplido.
- Debes estar preciosa. Como siempre.

Pasaron unos segundos en silencio. Noté su presencia acercarse. Se sentó al lado mío, y sentí una nueva ola de lavanda estrellándose contra mi acantilado.

- Gracias - dijo cogiéndome la mano - ¿Por qué eres tan mágico?
- Parece mentira que no lo sepas después de tanto tiempo - reí -, pero los magos ni las magias existen.
- Pues explícame cómo haces siempre para que sonría, por muy triste que esté.
- Porque es la forma más cómoda que tengo yo para ser feliz.

No era la primera vez que hablábamos con tan poético tono. Un prólogo de novela con intensa trama de amor, que ella quería entregarme y yo no permitía. Tiempo atrás confesó amarme, y desde entonces siempre he luchado por, ironías de la vida, abrirle los ojos y hacerle ver la realidad. Entonces ella juraba que no le importaba, que me quería. Y dudaba. Dudaba de todo y de nada, dándole vueltas a los sucesos y conversaciones como pequeñas bolas dentro de un bombo del bingo. Porque en el fondo el tacto de aquel sofá, el aroma de lavanda, su voz, sus besos en mi mejilla, y la forma de hacerme sentir bien era lo que adoraba.
Esta vez ella no me dijo que me quería, ni sacó ningún tema relacionado. Al oído me susurró "bueno, ahora tu regalo de cumpleaños". Escuché el bajar de una cremallera. Cogió mi mano, y como si ésta fuera un pincel, comenzó a recorrer el lienzo de su piel. Comenzó por la frente, las mejillas, las orejas, la nariz, el contorno de ojos y de labios, el cuello, los hombros, sus pechos, sus pezones, su vientre - que se contraía con vida propia en espasmos -, sus muslos, sus rodillas - redondas como bolas de billar -, sus pies. Su respiración iba subiendo a medida que mi mano bajaba guiada por la suya. "Acaríciame", me susurró al oído. No quise evitarlo. La acaricié como a ella le gustaba, lento, muy lento. Noté su respiración en mi rostro, y cuando besó mis labios el tic-tac del reloj parecía acelerarse. Sus labios eran esponjosos, cálidos, y húmedos. Noté su cuerpo contraerse como una culebra; eléctrico. Ahora sus manos jugaban con mi ropa. Me desabotonó con calma mi camisa, y noté la afilada hoja de carne de su lengua, empapando mi piel en su itinerario recto desde el ombligo hasta la barbilla, mientras con sus manos me aflojaba el cinturón.

Nos acariciamos, nos besamos, y sólo sentía calor. Lavanda y calor. Sobre el sofá que adoraba descubrí el cuerpo de mi amiga, que temblaba, que se imantaba al mío. Imposible de separar. La cena se debió enfriar, pero no nos importó. Sofía me hizo el mejor regalo; conocerla con el blanco de unas manos, no con el negro de mis ojos.

23 enero 2009

Una frikada poderosa




No suelo postear en el blog vídeos o enlaces sin ton ni son, pero ayer jueves recibí en el buzón de mi correo un enlace que me llevó a una página donde vi el potencial de frikismo que es capaz de adoptar la gente. Reí a carcajadas, lo disfruté, y ahora lo comparto en la Madriguera con vosotros. Espero que os guste. En cuanto lo abréis, y si habéis estado atentos a la imagen, sabréis de qué va.


Enlace: http://www.dabontv.com/animations/whatislovecollection.swf

Enlace del videoclip del temazo dance: http://www.youtube.com/watch?v=nsCXZczTQXo