AUMENTA LA LETRA DEL BLOG PULSANDO LAS TECLAS "Ctrl" y "+" (O Ctrl y rueda del raton)

18 marzo 2011

Parpadeos - 58 (Zambullida)




El agua debe estar helada. Unos cuantos escalones más. Muchos. Segundos son los que me separan de la piscina. El agua me va a erizar la piel. Frío. Ya lo siento en la planta de mis pies, en mis muslos, en los pechos al aire, en la nariz. Un descansillo. El agua de la piscina forma ondas suaves. Mis pezones duelen. Pero todo aquello es divertido. Claro que lo es. Al menos mientras lo pienso, antes de bajar y, por supuesto, mucho antes de zambullirme dentro. El agua, como sorbete de limón. Otro escalón. No queda demasiado. El talón debe estar congelado. Será solo al principio. Luego nadaré. Mucho. Estoy desnuda. Sonrío. La piscina está desierta. Todas las mañanas lo mismo, bien prontito, para que nadie se escandalice. Casi he llegado. Mi madre cree que duermo. Yo misma creo que estoy sola en el pabellón. El agua deberá estar helada, no me cabe la menor duda. Me meteré de cabeza, con los pechos desnudos, bajo el objetivo de una cámara que no deja de fotografiarme, como todas las mañanas, mi descenso hacia la piscina.

15 marzo 2011

Vidas en sueño - 77 (Desmontando Madrid)




Avanzo por la Gran Vía con dirección a Plaza de España. Es una tarde de octubre filtrada por las nubes del horizonte. El humo lo tapa todo: bocacalles, sonrisas, pensamientos, libros y vehículos. Atardece sobre la Gran Vía. Cada paso que doy me aturde, me equivoca; así, pienso que voy paseando por el Paseo de la Castellana con el tráfico en plena hora punta de la mañana; en otros momentos, la calle de Concha Espina, la calle de San Bernardo, la calle Príncipe de Vergara en el cruce con la de María de Molina. En todos mis paseos virtuales me siento dilapidado por el hormigón de los cimientos, por el gris apagado de las fachadas; por la mierda de paloma. Humo sobre la Gran Vía.

A lo lejos, en mitad de la bajada, veo una parte del edificio Torre de España. Un trozo que bien podría ser cualquier otro trozo de vete tú a saber qué fachada anónima de Madrid. Humo y asfalto en octubre. Poco asfalto para demasiado humo; ¿o son nubes? Trozos de ciudad que creo andar, y ahora no estoy en la Gran Vía porque intento cruzar el paso de cebra que hay en un punto indeterminado de la calle Serrano. Los árboles de El Retiro son de papel. Las nubes han empañado Madrid. ¿O soy yo que estoy confundido entre balcones de otro siglo?

Humo, calles sin fin que se unen en un monólogo, pájaros oscuros, nubes, silencio, ruido. Un sabroso pensamiento de huida en un puzzle que procuro dejarlo tal cual, fragmentado, bajo custodia del tiempo, que todo lo empaña. Ya no avanzo. Ya no rodeo este perímetro. Ya no atardece, porque el tiempo nunca existió. Los coches avanzan a golpe de bocina; los peatones, a golpe de nómina a fin de mes y da gracias si no te han bajado el sueldo con el jodido IRPF. Freno. La Gran Vía mantiene el ritmo de noria. Freno y monto, pieza tras pieza, una calle sin urbanizar, camino, Dios quiera que sea así, a la ausencia de puzzles: alquitrán, cemento y nubes bajo la tierra.

11 marzo 2011

Parpadeos - 57 (Sin sentido)




Hasta hace un par de siglos, en el treinta y cinco, el hombre olía, saboreaba, era sensible al tacto. Eso es lo que podemos leer en las enciclopedias virtuales de historia. Hoy en día nos limitamos a observar y a escuchar. Hay casos, excepciones de la naturaleza, capaces de percibir lo que nos rodea con los cinco sentidos. Los llamamos escritores. Se dedican a inventar historias de mares que huelen, banquetes donde todo lo servido es delicioso, caricias que hacen estremecer los cuerpos. Y aunque la gran mayoría de ellos son unos farsantes, es muy complicado diferenciarlos. Se quejan siempre de las mismas cosas: del tufo de las ciudades, de los alimentos insípidos, del sexo con robots.

10 marzo 2011

Parpadeos - 56 (Telefantasía)




Treintañera y cansada de ligar en el mismo bar de copas. No tenía nada que perder. Se creó una cuenta en una página de contactos y buscó perfiles de hombres interesantes. En algunos dejó una invitación para chatear; en otros, los que más le excitaron, un mensaje privado. Hubo un perfil que le maravilló: divorciado, ojos claros, barba de tres días, sonrisa sin manchas en los dientes. Le escribió un mensaje lleno de sensualidad, sugerente y muy directo: “¿Quedamos?”.


En la otra punta de la ciudad, un chaval de catorce años aprovecha los minutos que restan para irse a la cama. Inicia sesión en una página de contactos. Un nuevo mensaje en su buzón: otra mujer. Soltera, pelo rizado, barbilla redonda y no demasiado alta. Sobre la bragueta, la imagen de sus pechos, bien apretados, en un escote de esos que solo se ven en ocasiones especiales.

08 marzo 2011

04 marzo 2011

Parpadeos - 55 (El pollo de los domingos)




Con este amargor tan extraño es imposible comerse el pollo. Creo que lo he asado mal; quizá se haya estropeado de haberlo dejado tanto tiempo fuera de la nevera. El caso: me sabe igual que masticar una pipa de limón. ¿Falta de sal? Aunque también puede ser que no haya añadido suficientes rodajas de zanahoria, cebolla y ajo. Claudia tenía buena mano para el pollo con verduras. Me abandonó la semana pasada y se llevó el libro de recetas. Todos los domingos asaba un pollo realmente cojonudo. ¿Me habré pasado con el vino de jerez?

28 febrero 2011

Vidas en sueño - 76 (El abuelo)




A Lori, por su apoyo y amor.
A Margarita, que tan feliz me hizo.



Sara se ducha. Es una ducha de agua fría, de lágrimas, de recuerdos del abuelo. Imágenes que se montan en un carrusel. Desde el salón, una pieza para piano, seguramente, conociendo los gustos de Alfredo, de Chopin. El abuelo se le representa a Sara sobre el alicatado del cuarto de baño: rostro de arrugas, de días de sol, de una playa viguesa barrida por la marea, de intercambio de balas en el frente ruso, de barbacoas todos los domingos, de una arteria rota, de nietos que se dejan frotar el pelo y besar las mejillas.

Sara acaricia con la yema de sus dedos la porcelana de la pared. Se sorbe los mocos y le pide al abuelo que no la olvide, que no piense que esto se ha acabado, porque dentro de un tiempo que tan siquiera ella es capaz de abarcar se volverán a juntar los rostros y los brazos, y las palabras, y las risas. Volverán a escucharse y a sonreír. En otro momento; en otro lugar, quizá. "Tú y yo", susurra Sara, con las gotas de agua salpicando sus labios. El agua chorrea por su cuerpo en un abrigo que no consigue eliminar el tacto rugoso de las flores lanzadas sobre su lápida. Tampoco consigue olvidar el doblado de sus pantalones de pana, guardados en el fondo del armario. El desagüe traga jabón, agua fría, lágrimas.

Abuelo, te echo mucho de menos.
Sus rodillas no se tensan, el cuerpo no responde. En consecuencia, el vapor del abuelo inunda el cuarto de baño. Un vapor que no se pega a la ropa ni al cristal del espejo. Un vapor que reproduce cada día de los que no pudo estar. Es un vapor sin densidad, pero la piel de Sara se eriza. ¿Vapor? ¿O acaso el no haber sujetado su mano en sus últimos minutos?

Cierra el grifo y se cubre con el albornoz: el castañeo de sus dientes mengua. Cuando descorre la cortinilla, Sara cree ver la bicicleta del abuelo cruzando enfrente de la puerta. Es entonces cuando intuye el sonido agudo de su timbre, el mismo que hacía sonar cuando se cruzaba con su nieta en las calles de El Trébol. Pasan los años, calcula Sara secándose la espalda con la toalla, pero todo ha quedado congelado en su momento justo. Es por ello que el vapor imaginario de la ducha pese mucho más que el albornoz, que la bicicleta sin pedaleos, que la realidad de un piso en Madrid: muy lejos de su origen, todavía más de su abuelo.

Se anuda la toalla entorno al pelo y con el pulso, tembloroso, no acierta a ajustarse el sujetador blanco. Las rodillas se agitan por el frío. Un síndrome de infancia ata los tobillos al mármol del suelo. Sara se detiene ante su reflejo, impreciso y tenue. Contempla el presente, huele lo que nunca pudo oler. Su nariz nunca olió; hasta esa misma noche, que de tanto desearlo, percibe el perfume de su abuelo Justo.

Sara sigue atenta a las señales que no existen; imagina que sueña con Argentina, quiere soñar que respira el mismo humo de chimenea que su abuelo. Estática, en el centro del cuarto de baño. Asoma por el marco de la puerta Alfredo, con los hombros caídos y una sonrisa que le evoca al Alfredo que comprende, que escucha y que no resopla con aires de hombre independiente del siglo veintiuno. Sara desliza un esbozo de sonrisa y siente el aire que llega de fuera del cuarto como un intruso. Alfredo abre los brazos y ofrece su pecho. Intenta consolarla, porque la escuchó hablar y no quiere que piense que no le importa su pena. Sara esconde la cabeza en el pecho de su novio. Deja escapar unas poquitas lágrimas. Quizá son muchas. A lo mejor, la mano de Alfredo no es tan áspera. El abuelo Justo no se ha borrado del alicatado y continúa soplando vapor. Calor en el cuarto de baño. Poco a poco, sin contar el tiempo, Sara se calma. El pecho de Alfredo, sus manos. El presente. ¿Y el pasado? ¿Qué va a ser de mañana?

Abuelo, espera. No te difumines de la pared.

Necesita hacerlo. Al cerrar sus ojos, sienta alrededor de una mesa al abuelo Justo y a Alfredo; a ella misma, también; a sus hermanos, a los padres. Comensales en una cena silenciosa, de sonrisas porque cada cuál narra una historia que busca la carcajada. Hay que reírse del tiempo pasado. En su cabeza bailan las conversaciones, las voces encenderse y apagarse ante otra que retoma el hilo. El pecho de Alfredo, ella y la bicicleta, que no deja de pasearse. La boca de Sara se llena de sabores: un buen chorizo de parilla, churrasco al punto, alfanjores rellenos con dulce de leche, una chupada a la pita de mate con el agua hirviendo y el azúcar justo para mecer el sabor.

Nada ha cambiado. El calor sigue siendo el mismo. Los besos de Alfredo arropan al abuelo. Al levantar la cabeza, Sara comprende que él seguirá pedaleando por las mismas calles.

Perlas (XVII)




"En una revolución, como en una novela, la parte más dificil de inventar es el final."

(Alexis Tocqueville)

10 febrero 2011

Denominaciones




Un barco que atraviesa el lienzo
y navega hasta cualquiera de tus sonrisas.
Llámame marinero.

El árbol que se agita con el frío,
con el maullar del suspiro tras uno de tus besos.
Llámame rama.

Una carta bien escrita, de papel cebolla y tinta ocre,
con la que me envuelves por las mañanas.
Llámame perezoso.

Quizá un mar verde y tamizado
que se fusiona con el horizonte de tus sueños.
Llámame caracola.

Nuestros roces bajo el edredón discreto.
Calor en la silenciosa madrugada de Barajas.
Llámame hielo derretido.

Llámame,
susúrrame.
Silba en cada esquina sin mirar
ni hacia atrás ni hacia delante.
Porque estoy en continua definición por ti.

01 febrero 2011

Dos palabras (Alfonsina Storni)





Esta noche al oído me has dicho dos palabras
Comunes. Dos palabras cansadas
De ser dichas. Palabras
Que de viejas son nuevas.

Dos palabras tan dulces que la luna que andaba
Filtrando entre las ramas
Se detuvo en mi boca. Tan dulces dos palabras
Que una hormiga pasea por mi cuello y no intento
Moverme para echarla.

Tan dulces dos palabras
—Que digo sin quererlo— ¡oh, qué bella, la vida!—
Tan dulces y tan mansas
Que aceites olorosos sobre el cuerpo derraman.

Tan dulces y tan bellas
Que nerviosos, mis dedos,
Se mueven hacia el cielo imitando tijeras.
Oh, mis dedos quisieran
Cortar estrellas.