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20 septiembre 2010

¡Pasa la mierda! Y que no vuelva




Ejemplo gráfico y sencillo de nuestra situación actual. Pasa la mierda. Pásala; sin miedo ni pudor. Total, siempre ha sido igual. ¿Ahora va a ser menos?

Nota mental: en la siguiente vida firmar un contrato en exclusiva, renunciando al juego del "¡pásala!". Si existe otra vida, claro; si nos reencarnamos sin un fajo de billetes en el bolsillo, por supuesto.

19 septiembre 2010

Vidas en sueño - 73 (Rumores)




A Lucía le gustó mucho el abrigo nuevo que llevó a clase su amiga Claudia. Es por ello que la preguntó dónde compró la prenda y por cuánto dinero. Claudia, esbozando una sonrisa pícara, confesó a su amiga que había robado el abrigo en una tienda del centro comercial, que quedaba en la gran ciudad. Ambas chicas se rieron con la historia de Claudia: de cómo se fue al probador, se puso el abrigo y salió tan pancha de allí. Claudia se despidió de su amiga: se iba a pasar las navidades a Madrid. Lucía, soñó esa noche que iba dando un paseo por el pueblo con el abrigo robado.

Lucía soñó que iba por la calle con aquel flamante abrigo puesto. En sus sueños, Claudia le robaba el abrigo, amenazándola con una navaja. Lloró soñando; también habló. Y de ese modo se enteró su madre del secreto de Claudia. El secreto que había prometido Lucía no contar.

La madre, una cuarentona adicta a los programas de refrito que echaban a todas horas por el televisor, se despachó a gusto con la panadera; le contó el robo de Claudia, incluyendo en la narración la saña con que Claudia amenazó al guardia de seguridad, hasta el punto de herirlo en un brazo. La madre de Lucía odiaba a la de Claudia: le vino al pelo para distribuir su dosis de veneno.

El veneno hizo efecto, y la panadera se lo contó a su amiga Micaela, una viuda de sesenta años, que usaba gafas de diseño y que no se perdía una misa. En la historia de Micaela, Claudia ya no solo robó el abrigo, amenazó con una navaja al guardia de seguridad y lo hirió en un brazo, si no que realmente lo del abrigo era una tapadera, pues ella, Claudia, quiso llevarse el dinero de la caja de seguridad, en el sótano del centro comercial. Utilizó al guarda jurado de rehén. Micaela se ajustaba sus gafas de diseño mientras escuchaba con total atención a la panadera.

Con Micaela la cosa dio un giro inesperado: Claudia era terrorista y, en lugar de una navaja, usó una escopeta de cazar liebres. Pareció divertirle mucho a su confidente, el párroco Ezequiel.

Ezequiel añadió que Claudia era en realidad una musulmana radical, que lo de ser católica era pura fachada; Don Teclo, el dueño de la farmacia, decoró la escena con mucha sangre; la bibliotecaria, añadió más terroristas; Mateo, jornalero de vocación y borracho por obligación social, los nacionalizó pakistaníes; y así, pincelada arriba pincelada abajo, hasta llegar a la última versión, varias decenas de bocas después: Claudia formaba parte de un grupo de pakistaníes suicidas. Su objetivo era atentar en el centro comercial para acojonar a los del pueblo de al lado, que eran todos unos señoritos. Se sospechaba que Claudia, tras atracar el centro comercial y en nombre de Alá colocar una bomba en el sótano, descuartizó a sangre fría al guarda jurado y enterró su cadáver en la misma fosa donde yacía su difunta abuela; más que nada para que nadie sospechara.

El rumor llegó a oídos de un vecino que solo solía ir al pueblo a pasar las navidades. Trabajaba como comisario de policía en Madrid. Rebollo, así se llamaba, dictó orden de búsqueda y captura contra Claudia, tras escuchar con los ojos muy abiertos el relato de su madre, que no dejaba de jadear y temblar. A los tres días de la orden, Claudia fue detenida por un par de agentes de la Policía Nacional mientras daba un paseo por la Plaza Mayor, agarrada del brazo de su chico. Llevaba puesto su abrigo: el robado.

Por supuesto, nadie en el pueblo reconoció haber difundido la historia.

17 septiembre 2010

Parpadeos - 42 (Maneras de tragar)





Y dio otro bocado. Fue la última dentellada: había terminado por devorar aquel salpimentado ensayo.

***

Y dio otro bocado. Engullía letra a letra, casi sin masticarlas: secas, agrias y heladas. Esparcidas sobre un plato, aquellas letras eran las mismas que, semanas antes, soltó con desprecio a su mujer y que ahora, solo y arrepentido, tenía que tragar.

***

Y dio otro bocado, arrancando de cuajo una pata del pastor alemán que tenía atrapado entre sus garras. El velociraptor no levantó la cabeza en ningún momento, pero debía ser consciente de que le estábamos observando: muy quietos, muy callados. En mitad de la plaza del pueblo, trituraba la pata como si fuese un palo de regaliz. Silencio, roto por el masticar de huesos y los bufidos del dinosaurio. Estábamos paralizados y nadie hizo amago de huir. ¿Teníamos miedo? Bastante. Pero qué narices, no todos los días aparecía por el pueblo un velociraptor.

***

Y dio otro bocado al trozo de queso envenenado, inconsciente de que aquel cuervo al que se lo robó lo había extraído con picardía a su vez de una trampa para ratones, en un viejo cortijo de la colina. El zorro masticó el pedazo con calma, al tiempo que el dueño de la finca se frotaba las manos esperando ver de un momento a otro el cadáver de un ratón.

***

Y dio otro bocado, con la misma apatía que los anteriores. Bocado a bocado, hasta terminar con el niño. Cuando se llevó el último trozo a la boca de porcelana contempló a su madre, una ensaladera blanquecina con adorno de flores y tallos en relieve, con los ojos humedecidos y una mueca. Ella, complacida, permitió al plato para postres levantarse de la mesa e irse a jugar con el resto de la vajilla.

16 septiembre 2010

Parpadeos - 41 (En un piso cualquiera)




Un trueno sacudió los ventanales y se callaron todos en Madrid. Tormenta. En un piso de Hortaleza, uno cualquiera, Claudia se acariciaba la mejilla que instantes antes había golpeado su marido. Silencio en Madrid. Silencio desde Claudia, con el único sonido de la herida frotada por la palma de su mano. Más tarde, cuando regresó Alfredo de la calle, con el rostro serio y aliento de vino a un euro el vaso, un fogonazo iluminó el salón. El trueno no se demoró más allá de unas décimas de segundo: se precipitó el relámpago en un piso cualquiera de Hortaleza. Madrid no rechistaba. Claudia dejó caer la pistola, aún humeante, sobre el sofá.

13 septiembre 2010

Parpadeos - 40 (Matar el tiempo)




Una tarde de hace un año, como otras tantas, en el sofá de mi salón buscaba algo con lo que matar el tiempo. Y con la corriente de aire caliente que entró por la ventana llegó la idea: viscosa, excitante, enfermiza. Recordé al bueno de Proust y me lancé sobre el teclado del ordenador. Dejé el trabajo, las relaciones sociales; hasta casi dejé de comer. Muchas semanas, demasiadas noches, con sus días y sus tardes, sentado frente al ordenador. Rellené ciento de hojas, sin sentido ni criterio. Escritura automática desde las tripas y el recuerdo. Cuando acabé, el procesador de textos me marcaba seis mil páginas. Las corregí y subí las persianas. La luz de una tarde de septiembre me cegó.

Semanas después, mi libro “El mal tiempo” fue publicado. Tuvo éxito. Críticos y lectores llenaban el buzón de mi correo electrónico con quejas, alabanzas y temores. Ayer me entrevistaron en la radio. Entre decenas de preguntas inútiles acerca de mi vida y de mis gustos hubo una que me llamó la atención: “¿Por qué escribió esta novela?”. Respondí que era o eso o destruir todos los relojes que me encontrase por el camino, para así no ser asesinado por el martilleo constante del tiempo, que avanza impune, sobre mi cabeza.

12 septiembre 2010

Parpadeos - 39 (¡Tachán!)




"¡Tachán!", exclamó el conejo blanco mientras sacaba de la chistera a un mago con capa y bigote afrancesado.

10 septiembre 2010

Parpadeos - 38 (Cena de despedida)




La noche que nos invitó a cenar ninguno de los doce se lo esperaba, sinceramente: hablando con Dios era el mejor, pero en cuanto a dinero se trataba, no tenía una maldita moneda. Nos reunió entorno a una mesa repleta de platos con quesos, legumbres, rodajas de carne de ternero, langostas, arenques; jarras de vino y cuencos de leche; bandejas con dulces de miel, higos maduros y sésamo; cestas repletas de panes de trigo y de cebada, crujientes, dorados, calientes. Como es normal, le preguntamos de dónde narices había sacado todos aquellos manjares: había mucha comida y él no tenía ni para comprarse unas sandalias nuevas. Se encogió de hombros y, partiendo el pan, nos lo pasó al tiempo que respondía: “Dinero, dinero. Total, para una noche que me queda”.

03 septiembre 2010

Los bomberos (Mario Benedetti)

Los bomberos, cuento completo escrito por Mario Benedetti.





Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: "Mañana va a llover". Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: "El martes saldrá el 57 a la cabeza". Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.

Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: "Es posible que mi casa se esté quemando".

Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: "Es casi seguro que mi casa se esté quemando". Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.

Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.

Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.

02 septiembre 2010

Parpadeos - 37 (Dame un minuto)




―¿Tienes un minuto, Alfredo?
―Tengo un coche abollado, cerveza en la nevera, panchitos y un par de latas de atún; tengo sueño, una soberbia erección y dolor de estómago; tengo un trabajo de pacotilla, un jefe que salió del vómito de un sapo y un compañero de trabajo que me recuerda a Chicho Terremoto; tengo carácter, una sonrisa llena de caries, detergente barato, música de ascensor en el ordenador, un váter más o menos adecentado. Tengo todo eso, y mucho más, pero tiempo no.
―Ya.
―¿Qué es lo que quieres de mí? Al grano, que me estoy cagando.
―Eso mismo, un minuto.
―¿Me tomas por gilipollas?
―No.
―¿Entonces?
―Un minuto. ¿Lo tienes?
―Dime lo que tengas que decirme. Tienes un minuto.
―Dámelo entonces.
―Claudia, no me jodas, que me duele el culo de tanto apretarlo. Cuéntame tu problema, y que sea rápido.
―No tengo ningún problema ni nada que contarte. Solo te pedí un minuto.
―Ya entiendo: quieres sacarme de quicio.
―No voy a repetirte lo que quiero.
―Pero vamos a ver. ¿Qué coño es lo que quieres? ¿Un minuto? Todos los que quieras de mí; si quieres te doy el reloj por si no te fías. Un minuto, el coche y el divorcio, si es preciso. ¡Pero aclárame eso del minuto, coño! El minuto que pides no sé qué es si no es una forma de pedirme que te preste atención. Será que me estoy cagando y no capto la ironía, la broma o lo que pollas sea.
―Ya veo. Siempre pensando en tus intereses. Te pido un minuto y mira cómo te pones.
―¿Que cómo me pongo? No me jodas, Claudia. ¿Qué es lo que quieres?
―Un minuto.
―Toma este papel y haz que es un minuto.
―Sabes que esto no es un minuto. Pero déjalo, da igual. Llevo años conociéndote, y nunca has tenido tiempo para mí. Caga en paz.

30 agosto 2010

Parpadeos - 36 (Animaladas)




Juan se despertó, como todos los días, a las ocho de la mañana. Unos cuervos graznaban a través de los altavoces de la radio, entre anuncios y señales horarias. Golpeó el radio-despertador: el mismo puñetazo adormecido de todas las mañanas. Los cuervos se callaron. Una vez desayunado, cogió el coche y se puso rumbo a la oficina. Durante una hora y trece minutos compartió asfalto y sol con a una manada de rinocerontes, perros de presa, marmotas, serpientes, escarabajos peloteros, tigres y gacelas en puro frenesí. Una vez en la oficina, Juan pasó dos horas encerrado en el despacho de una pantera, con traje azul marino y pelo engominado hacia atrás. Salió de la sala lleno de arañazos y mordeduras; se olvidó de las magulladuras recorriendo con la mirada, poco a poco, las piernas estilizadas de la jirafa, colocada en su puesto de secretaría. Tomó el café de las once junto a un corro de cigarras y hienas, que se espulgaban a su lado y trillaban sus patas con el mismo chirrido agudo de todas las jodidas mañanas. Almorzó sin muchas ganas, aturdido por el continuo rumiar de una pareja de búfalos que escondían sus corbatas bajo servilleta. De vuelta en la oficina, la tarde se convirtió en una persecución de leones y cebras por el pasillo, de aullidos de lobo en celo y relinchos de potro salvaje. Se vio envuelto por el mismo olor a piara de cerdos de todas las tardes cada vez que cruzaba al lado de la puerta del lavabo. Cansado y con los ojos enrojecidos, Juan apagó su ordenador y salió a la calle en busca de una cerveza fresca. Siguió el caudal de hormigas silenciosas hasta dar con un bar, en el que un oso servía los botellines por encima del mostrador, entre contorsiones de barriga y gruñidos de hibernación. Cuando salió del local, un par de macacos chillaban y daban pequeños botes alrededor de la chapa doblada de sus vehículos. De vuelta a casa, cacería de coyotes desde el arcén de la autopista, armados con un radar móvil. Dejó atrás el barruntar de autobuses cansados, el trinar de niños a la salida del colegio. Un vagabundo balaba sus penas enfrente de su portal.

Juan llegó a casa y se quitó el traje y la corbata. En calzoncillos, sudoroso y aún resonando el eco de ruidos en su cabeza, abrió el ventanal del dormitorio: la selva escupía al calor de agosto. Contempló el cielo encapotado de Madrid. Extendió los brazos y los batió arriba y abajo. Cada vez con más insistencia, hasta verse rodeado de plumas. Una vez metamorfoseado en albatros, voló todo lo alto que pudo: allá donde las nubes siquiera tosen por miedo a ser distinguidas de las demás.